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16.1.2018

Llamas platenses en el zoo privado del sultán de Omán

La historia de Gustavo Maluéndez, un emprendedor de 23 años que supo hacer de las llamas una empresa con proyección internacional

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Llamas platenses en el zoo privado del sultán de Omán

Las llamas prestan variados servicios, desde remolcar carritos hasta hacer trucos para entretener al público

Gustavo Maluéndez tenía once años cuando 1998, durante una visita a la Exposición Rural de Palermo, su papá aceptó regalarle cinco llamas. Se trataba acaso de un capricho infantil, pero un capricho que iba tener derivaciones impensadas. De la mano de aquel chico, los animales se convirtieron en el punto de partida de un emprendimiento que alcanza hoy desde La Plata proyección internacional.

A sus 23 años, Gustavo -que vive en City Bell y estudia Ciencias Políticas- no sólo se convirtió en el primer exportador de llamas a Uruguay, sino que sus animales han llegado hasta Medio Oriente. El sultanato de Omán acaba de comprarle una docena de ellos para una exhibirlos durante una fiesta nacional.

Difícilmente algo así hubiera pasado por la cabeza de Gustavo cuando de chico se entusiasmo con las llamas porque "eran vistosas". "En ese momento no pensábamos en buscarles una veta comercial -explica-. La idea era apenas criarlas como mascotas en un campo que tiene mi viejo entre La Plata y Magdalena".

Pero el hecho es que "enseguida se corrió la voz de que criábamos llamas: algunas personas empezaron a preguntarnos si les vendíamos una yunta y a partir de entonces una cosa nos fue llevando a la otra", cuenta Gustavo, recién llegado de Omán, donde sus animales desfilaron para conmemorar un nuevo aniversario de la asunción del sultán Qaboos bin Said.

UNA COOPERATIVA EN LA PUNA

Cuenta Gustavo Maluéndez que la primera vez que vio en las llamas la posibilidad de hacer algún negocio fue cuatro años después de haber adquirido las primeras. "Para entonces habíamos comprado algunos animales más en un remate y habían empezado a reproducirse. Con la primera esquila obtuvimos unos veinte kilos de lana con los que se hicieron algunos ponchos de regalo para la familia y los amigos. Y como a todo el mundo les gustaron mucho pensé que tal vez se podían vender".

Con esa idea en el año 2003, Gustavo, quien estaba terminando por entonces el secundario, contactó en Cieneguillas -una pequeña localidad de la Puna jujeña- a un grupo de mujeres con experiencia en tejido en telar. Las contrató para que le confeccionaran algunas prendas y las alentó a que formaran una cooperativa de trabajo. Así nació Gulla, la empresa con la que hoy fabrica sweaters, ponchos, ruanas y otro productos textiles con la lana de sus animales.

"Son productos muy apreciados porque trabajamos con un tipo de llamas que se fue cruzando naturalmente con alpacas en la frontera boliviana y que dan una lana muy suave y delicada", explica Gustavo, quien ha exportado sus productos a distintos puntos de Europa y Estados Unidos, donde este año espera abrir una tienda propia en California.

PASTORAS NATURALES

Inquieto por naturaleza, Gustavo no se conformó sin embargo con explotar sólo el rubro textil y empezó a buscar otras alternativas comerciales en torno a los animales que cría en la Estancia Santa Teresita de La Plata. Fue así que se enteró, a través de un amigo en Estados Unidos, que las llamas eran utilizadas en ese país para proteger a las ovejas de coyotes y otros predadores.

Con esa finalidad, en 2005 envió doscientos de sus animales a Uruguay, convirtiéndose así en el primer exportador de llamas a ese país. "El negocio me lo propuso un amigo uruguayo porque ahí no había y las querían para cuidar los rebaños de ovejas del ataque de perros salvajes, zorros y jabalíes. Los animales anduvieron bárbaro", cuenta Gustavo.

Pero mientras el negocio avanzaba, Gustavo Maluéndez empezó a recibir cada vez más consultas de personas que querían llamas como mascotas. Desde entonces su criadero vende un promedio de entre 15 y 20 animales al mes a un mercado compuesto mayormente por "gente que tiene algún campito o una quinta y las quiere sólo porque les gustan", explica.

Repartido entre la empresa, el criadero y su propia carrera universitaria, en junio del año pasado Gustavo recibió un extraño mail del gobierno de Omán. En aquel momento pensó que se trataba de una broma de sus amigos. Dos meses más tarde recibía en su casa a un ministro del sultanato y a un general del ejército que habían viajado hasta La Plata para conocer a sus animales.

"QUE SEPAN TRUCOS"

El motivo por el que una comitiva de Omán viajó especialmente a La Plata a conocer el criadero de Gustavo era que "no querían cualquier llama; buscaban animales amansados que pudieran hacer trucos: remolcar carritos, pararse en dos patas, recostarse en el suelo y darse besos, entre otras cosas. Las querían para la fiesta aniversario del sultán Qaboos, que cumplía cuarenta años interrumpidos en el poder", relata el criador.

Si bien Gustavo no poseía llamas amaestradas en su cabaña, aceptó el desafío y se puso a trabajar. Para ello contrató a Gonzalo Pérez Zabala, un entrenador boliviano, para que le diera una mano con los animales; y entre agosto y diciembre últimos realizaron un adiestramiento contrarreloj. "Eramos tres personas trabajando seis días a la semana con las llamas. Empezamos con quince y terminamos seleccionando las doce que iban a viajar", cuenta.

El 8 de diciembre pasado, Gustavo, su papá -Luis Maluéndez-, el adiestrador y un amigo -Santiago Lavallol- partieron desde Ezeiza con las doce llamas amaestradas para participar de los festejos. "Fue una cosa muy pintoresca, se hizo en un estadio como el de River y duró más de dos horas. Hubo un show con fuegos artificiales y 38 actos con animales de todo el mundo; entre los que estaban nuestras llamas".

"Pasamos más de un mes en Omán; la gente fue súper hospitalaria con nosotros y los animales anduvieron muy bien. De hecho -comenta Gustavo- se quedaron allá. Ahora forman parte del zoológico privado del sultán".

COTIZACION

Al igual que los caballos, las valores de las llamas varían mucho según la raza y el pedigree de cada animal. Es así que una llama puede costar 500 pesos o más de 2 mil dólares si es un ejemplar premiado que produce fibras. En promedio, los ejemplares amansados que vende la Cabaña Gulla como mascotas tienen un precio cercano a los 1.800 pesos.

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