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16.1.2018
UNA FUGA LEGENDARIA

La increíble historia de los 33 presos que escaparon de una cárcel platense

Ocurrió en 1932 en la Cárcel de Detenidos y Encausados que funcionaba en 1 entre 58 y 59. Los reclusos, que a los días fueron recapturados, excavaron un túnel de casi cien metros de largo y salieron por el jardín de una casa ubicada frente al penal

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La fuga reciente de trece reclusos de la cárcel de Ezeiza quedará registrada como una de las más numerosas y espectaculares de la historia argentina. Seguro la más impactante y polémica de una larga lisa de fugas, entre las que se cuenta la de los siete presos que se fueron de Villa Devoto en 1991 o la de los seis que lograron escaparse del mismo penal siete años después. Pero hubo una que muy pocos recuerdan y que tal vez sea la más notable y masiva de todas. Ocurrió en La Plata hace casi ochenta años, un 12 de septiembre de 1932. Ese día, treinta y tres reclusos se fugaron de la vieja cárcel de la avenida 1 mediante un sofisticado túnel pergeñado durante varias semanas.

La noche del 11 de septiembre treinta y tres presos tenían pensado y estudiado su escape de La Penitenciaría, como era conocida desde su apertura en los años veinte la Cárcel de Detenidos y Encausados que se levantaba en la calle 1 entre 58 y 59, frente a las vías del tranvía. La Penitenciaría ocupaba casi media manzana y estaba considerada como una prisión de baja seguridad debido a su arquitectura original: funcionaba en un enorme edificio con subsuelos que había sido construido como escuela de artes y oficios. Pese a lo endeble de su seguridad, el lugar era el hogar forzado de aquellos que eran considerados individuos con pésimos antecedentes y asesinos conocidos de aquellos años, como Pedro Arroyo o Urbano Echaire, quien ostentaba la triste fama de haber matado a dos personas en prisión luego de caer detenido por asesinato.

La noticia se conoció a la mañana siguiente, cuando el mecánico Herminio Minoli se preparaba para salir de su casa e ir a trabajar. En el jardín delantero, antes de llegar a la tapia que daba a la calle 1, encontró una montaña de tierra húmeda y una pila de ropa sucia que se amontonaba a su lado. Se acercó asombrado y comprobó que la tierra provenía de un pozo que continuaba en las profundidades en lo que parecía ser un túnel. En ese instante Herminio lo entendió todo. Cruzó corriendo la avenida 1 y dio aviso en la cárcel. Eran poco más de las siete de la mañana cuando los guardias descubrieron la fuga y comprobaron el túnel de casi cien metros que conectaba el pabellón número seis de la prisión con el jardín de la casa de enfrente.

En realidad los guardias lo supieron un rato antes, cuando fueron a despertar a los reclusos y vieron que ninguno se movía. Era lógico: todos los presos de ese pabellón eran muñecos hechos con ropa vieja y colocados cuidadosamente de modo tal que parecieran figuras humanas. El trabajo de los reos fue tan meticuloso y detallista que, según se supo después, utilizaron cabellos reales para tapar las cabezas de tela.

“Lo que me contó mi padre es lo que salió en el diario: que los 33 presos que se escaparon de la cárcel salieron por el jardín de la casa de mi tío”, recuerda el último descendiente de Herminio Minoli

Pero lo más llamativo, sin duda, era la obra que había permitido el escape. Se trataba de un túnel de una ingeniería admirable. El camino subterráneo pasaba por debajo de distintas dependencias y oficinas carcelarias hasta desembocar en el jardín de Minoli, y tenía en todo su recorrido un tendido de candiles minuciosamente instalados que daban luz de una punta a la otra del trayecto.

Según lo que informaron las propias autoridades carcelarias en su momento, el boquete de entrada se había hecho con un cortafierros en el piso de hormigón del pabellón seis y tenía una profundidad de 1,5 metros. Desde allí se accedía al camino subterráneo, el cual como se dijo estaba iluminado en todo su tramo porque los reclusos lo habían ido construyendo durante las horas de la noche.

El túnel había sido planificado y llevado a cabo durante semanas, tal vez meses, y para concretar su excavación los reos se valieron de cucharas, barretas y ollas para sacar la tierra, además de procurarse fuelles para ir renovando el aire durante las horas de trabajo. “Es una obra magistral”, reconoció en su momento Aurelio Smith, uno de los cabos de Bomberos que se hizo presente en el lugar luego de conocido el escape.

La noticia fue tema nacional durante varias semanas, hasta que el último de los reclusos fue recapturado. En aquellos días, el propio Minoli le contaba a la prensa que a las cuatro de la madrugada de aquel 12 de septiembre había escuchados algunos ruidos en su jardín pero que no les prestó demasiada atención. “No quiero ni pensar lo que me hubieran hecho si salía a ver”, declaraba el vecino en la edición de EL DIA del 13 de septiembre de 1932. Casi ochenta años después, quien recuerda la fuga es Jorge Minoli, sobrino de Herminio y el último descendiente directo que queda del protagonista de aquella historia. El boquete de entrada se había hecho con un cortafierros en el piso de hormigón del pabellón seis y tenía una profundidad de 1,5 metros

“Mi padre (Pedro, hermano de Herminio) me contó la historia cuando yo era chico -recuerda Jorge-. Fue una anécdota familiar muy conocida. Mi tío tenía en ese entonces un taller mecánico en la calle 1 y 56. Después fue un taller de rectificación de motores y con el tiempo abrió la casa Indeco en el camino General Belgrano. Pero en 1932 tenía el taller a pocas cuadras de donde vivía, y lo que me contó mi padre es lo que salió en el diario: que los 33 presos que se escaparon de la cárcel salieron por el jardín de la casa de mi tío”.

Los primeros tres reclusos recapturados fueron encontrados a las pocas horas en Berisso, cerca de la playa Bagliardi y algo alcoholizados. Otros aparecieron en Ensenada, una zona que por aquellos años estaba ganada por los pastizales y se la consideraba selvática. Al mes y medio terminaron de recapturar a los últimos reclusos que seguían en libertad.

La noticia, como se dijo, ocupó la tapa de los diarios durante varios días, y una de las cosas más comentadas de la época era la astucia con que los reos habían pergeñado el túnel pero, al mismo tiempo, la poca lucidez que demostraron para esconderse una vez que concretaron la fuga. Otra cosa comentada hasta el cansancio en aquellos días fue el tono burlón que los reclusos buscaron ponerle al asunto. Sucede que en el mismo túnel por donde habían escapado, antes de llegar al final del trayecto, dejaron un cartel escrito a mano que decía: Paso de los libres . No fue la única burla: antes de abandonar el pabellón 6 donde estaba hecho el boquete, los reclusos se hicieron el tiempo suficiente de colgar otro cartelito en el que se podía leer: Se algila .

Nunca se supo si fue un error ortográfico o, si como se usaba en el lunfardo de aquella época, los reos quisieron resumir en la inventada palabra “algila” la idea de una celda que quedaba vacía y se podía alquilar con la de tomar por “giles” a los guardias que nada habían hecho para evitar semejante fuga.

Sea lo que fuere, la broma -y la libertad- les terminó durando poco.

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