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30.4.2017
NICO STRATICO Y ROBERTO CONTE

Sobre el escenario, 173 años de teatro

“Príncipe Azul”, de Eugenio Griffero, es la obra que, a los 86 y 87 años, respectivamente, los vuelve a unir sobre las tablas. Dos maestros de la actuación y de la vida

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MARIA VIRGINIA BRUNO

Una perla de la agenda cultural platense es esta versión de “Príncipe Azul”, la pieza de Eugenio Griffero que Norberto Barruti adaptó y dirige los domingos a las 19 en el Taller de Teatro de la UNLP. En escena, además de una conmovedora historia de amor frustrado, hay dos actores de peso que, a los 86 y 87 años, demuestran que la pasión por el teatro no se pasa con el tiempo. Nico Strático y Roberto Conte son, en sí mismos, una celebración de la vida y de la actuación.

Llevan más de siete décadas arriba de los escenarios. Por eso decidieron trastocar un poquito la historia que Griffero escribió allá por aquellos años oscuros, en 1982, en el marco del movimiento conocido como Teatro Abierto; una historia arriesgada para la época que plantea una relación de amor homosexual, de dos adolescentes que prometen reencontrarse 50 años después para ver qué les ha deparado el destino.

Hace años que Roberto Conte dice “ésta es la última obra que hacemos”. Sin embargo, como una especie de Mirtha Legrand, y afortunadamente, la rueda sigue girando. “Pero lo cierto es que uno está más cerca del arpa que de la guitarra… Ya estoy un poco cansado. Hago teatro desde hace setenta años. Tal es así que la edad que le hemos puesto a los personajes, son la edad real que tenemos. No necesitamos maquilladores. Estamos justo”, revela, entre risas.

“El amor pareciera tener cada vez más corta vida, quizás porque el hombre tiene cada vez más larga vida”

“Cuando uno se llega a enfermar de teatro, si se enferma de verdad, se enferma hasta las últimas consecuencias. No tiene cura. Yo me doy cuenta que no tengo cura. Nací y moriré en el escenario, que es lo que siempre quise hacer. Lamentablemente, no pude ser siempre actor. Porque uno es uno y sus circunstancias, y las circunstancias a veces pueden más que uno en la vida”, relata Conte, quien se recibió de doctor en Química, y dirigió grupos e instituciones locales y provinciales, entre ellas, al grupo de teatro del Colegio de Abogados con el que lleva 30 años de trabajo.

Del otro lado está Nico. Simpático, como su personaje en escena. El se define como un actor popular. Y viaja a sus inicios. “Empecé teatro de muy joven, con los versos de Gagliardi. Después me fui mejorando y entré al Conservatorio de Música y Arte Escénico, que era profesora Milagros de la Vega y el marido Carlos Perelli. Siempre estuve en el teatro. Fui casi fundador de la Comedia de la Provincia, y también de la Comedia Municipal”, enumera Strático, sentado en un silloncito de la Biblioteca Alberto Mediza donde, más allá, se encuentra la sala teatral a la que mañana volverán a encantar con su oficio.

Los años dorados de Nico parecen estar clavados en la época en la que junto al elenco de la Comedia recorrían los pueblitos en una carpa llevando el teatro. P orque si Mahoma no va a la montaña, entonces, que la montaña vaya a Mahoma. Antes, por lo menos, era así. “¡Pero sabés lo que era esa carpa, piba! ¡No te lo podés imaginar! Fue una experiencia bárbara. Igual que el tren cultural, con el que recorrí casi toda la provincia: durmiendo en el tren, comiendo en el tren y haciendo las obras en el tren. Venían los alumnos de los colegios de los pueblitos. Primero le hacíamos la obra, y después le dábamos un chocolate. El tren era el dormitorio, un comedor y el teatro. ¡Vos no sabés qué lindo fue eso, piba!”, cuenta, nostálgico.

Porque la realidad, ahora, es muy diferente. “Ya no está eso, se ha perdido todo. Antes era el teatro para el pueblo, por el pueblo y con el pueblo. Ahora está solo el teatro para el escenario y el público”, reflexiona Conte, santafesino de origen pero platense por adopción.

Hace décadas que Nico y Roberto se conocen. Han protagonizado juntos infinidad de obras. De hecho, en 2010, ya habían encabezado “Príncipe Azul”, una obra que, asegura Conte, conoció “de viejo” aunque, aclara: “Uno nunca sabe cuándo es viejo y cuándo es joven”. Es una cuestión de actitud, sostiene.

La versión que protagonizan ahora de la pieza del también psicoanalista Griffero -que de alguna forma habla de los fracasos en los que incurrimos cuando, por miedo o prejuicio, no perseguimos nuestros deseos- tiene algunas modificaciones. Por ejemplo, una especie de radioteatro y un apuntador que está ahí, al pie del cañón, muy armónico con la puesta. Estas modificaciones los tenían ansiosos. “No sabíamos si iban a gustar o no. Pero parece que anduvo muy bien”, remarca Roberto, en referencia al debut del domingo pasado, con una sala llena, que los aplaudió de principio a final.

La incertidumbre también invadió a Nico, quien, en la obra, le da vida a un actor, a diferencia del papel de juez de su compañero. “Esta última puesta, te digo la verdad, me dio muchos nervios. No estaba seguro si iba a poder decir el primer monólogo. Pero me quedé tranquilo cuando salí al escenario y la gente se reía. Ahí me sentí mejor”. Aunque, reflexiona: “La gente aplaudió mucho pero hay que reconocer que era toda gente conocida. Y eso no es un buen parámetro”. Dice Strático que se siente más cómodo con un público que no lo conozca para poder tener una referencia objetiva.

De todos modos, los dos, disfrutan el hecho de poder atravesar el tramo final de sus vidas haciendo lo que les gusta. “Yo creo que si bien el teatro no te cambia la vida, te ayuda a sobrellevarla, a vivirla. Y cuando vos tenés un cierto grado de curiosidad, algo indispensable para el teatro, te ayuda a analizar ciertas cosas”, remarca Conte.

Roberto, en este sentido, se anima a “analizar” y definir esta obra como una “historia de amor frustrado”. Y explica por qué. “Esta es una obra de amor. Y como todo amor, tiene dos posibilidades. O se realiza o se frustra. Y esta es una historia de amor frustrado. A los 16 años estos dos chicos varones vivieron un momento de amor. Tuvieron que abrirse, por razones de la vida, y quedaron en encontrarse setenta años después. Y se encontraron, y viven la experiencia de que el amor ya no existe. Que es una frustración de amor. No importa el sexo. Es una historia de amor frustrado. ¿Por qué no lo retomaron antes? Eso quedará para el público. Pero pareciera que el amor tiene como destino eterno la frustración. Son muy pocos los que duran más. El amor pareciera tener cada vez más corta vida, quizás porque el hombre tiene cada vez más larga vida. Así como nacemos para morir, también nacemos para fracasar en algunas cosas”. Interesante concepto.

Nico, por su parte, aporta sobre el oficio del actor, ese que lo llevó a vivir la experiencia desde otro lado, más terrenal y autodidacta, más en la calle que en la escuela. “Yo soy un actor chacarero, de no hablar mucho. Siempre digo: ‘habla poco, así no te conocen tanto’. Pero hay ciertas cosas del teatro, que a veces, no se cumplen. Se hablan pero no se cumplen”, dice Strático, anclado en las viejas formas de hacer y entender este arte, y rememorando con alegría aquellas formas caseras del oficio. Recuerda, por caso, cómo iluminaban antes la sala con “el motor de un tranvía que subía y bajaba las luces”.

“Yo soy un actor chacarero, de no hablar mucho. Siempre digo: ‘habla poco, así no te conocen tanto’

Nico elige quedarse con lo popular. “Yo no he tenido un estudio grande, no he llegado a una gran profundidad sobre autores. He estudiado, sí, pero sólo los autores de las obras que yo hice: viejos autores populares argentinos, como Vacarezza, por ejemplo. Y son obras que no se dan ahora. Pero ese es el teatro que me gusta a mí. Es lo que me llega. Lo que me gusta, y lo que me hace sentir vivo”.

Antagónicos tanto en escena como en la vida real, hablar con estos dos maestros de la actuación es un placer, y verlos actuar, otro. Una de esas perlas que no abundan, y que brillan con la candidez y la humildad de los grandes. Nico y Roberto, 173 años de teatro sobre el escenario.

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