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23.10.2017
Teatro en la plata

Ponis para cabalgar contra el bullying

Melina Petriella y Alejandro Awada llegan con la pieza sobre el acoso escolar, bajo la dirección de Nelson Valente

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Ponis para cabalgar contra el bullying

Melina Petriella y Nelson Valente, protagonista femenina y director de “El pequeño poni”, la obra del español Paco Bezerra que pone el foco en el acoso escolar. La pieza, que también incluye la actuación de Alejandro Awada, se ofrece hoy en el Coliseo Podestá - dolores ripoll

El joven dramaturgo español Paco Bezerra se inspiró en dos casos reales ocurridos en Estados Unidos, en 2014, que tenían como protagonistas a niños que, por ser admiradores de la serie animada infantil “Mi pequeño Pony”, sufrieron acoso escolar no sólo de parte de sus compañeros sino también de las autoridades del colegio al punto que uno de ellos, Grayson, fue expulsado de la institución por considerar que el hecho de llevar una mochila de los simpáticos caballitos que abogan por la amistad y el compañerismo había sido una provocación y que, palabras más palabras menos, había sido el culpable del acoso. Algo habrá hecho, ¿no? Desde entonces, los dibujitos se han convertido en uno de los mayores símbolos de la lucha contra el mal que siempre estuvo y que, desde hace unos años, se ha dado por llamar bullying.

La obra, que Bezerra tituló “El pequeño Poni”, se estrenó en la cartelera porteña en agosto pasado, bajo la dirección de Nelson Valente y con las actuaciones de Melina Petriella y Alejandro Awada, y esta noche se ofrecerá en La Plata, con una función prevista para las 21.30 en el Coliseo Podestá, 10 entre 46 y 47.

Para Petriella, que venía de hacer “Bajo terapia” y “Toc Toc”, poder introducir esta temática en una cartelera llena de “comedia y risas” era más que interesante, para “poner en balanza un poquito de lágrimas que también es catártico y hace bien”.

En diálogo con EL DIA, la actriz dijo que el texto que recibió de manos del productor Sebastián Blutrach, la “conmovió de entrada” sobre todo por el hecho de “poder visibilizar de qué se trata el bullying”, una problemática que, a su entender, es, en algún punto, “una metáfora de la sociedad en la que vivimos”.

“En este mundo ser diferente es muy difícil. Y cuando sos chico, todavía mucho más. En esta sociedad ser distinto es casi criminal”, opinó la actriz.

El acoso escolar, en esta ficción, está visto desde el foco de los adultos, en este caso, un matrimonio en el que conviven dos visiones totalmente diferentes, agrietadas, y casi irreconciliables, que se debaten, como en una mesa de ping pong, la situación de Miguel -su hijo-, que mira la pelotera pasar delante de sus ojos sin ser tenido en cuenta, como si en algún punto él mismo fuese esa pelota a la que le pegan para ir y le pegan para venir.

“Nunca se lo tiene en cuenta. No se le pregunta nada. Siempre es lo que le pasa a los padres. Y cuando recién posan la mirada sobre su hijo, ya es un poco tarde. La tragedia está desatada”, reflexionó la intérprete.

En este sentido, agregó que “ni Jaime -el personaje interpretado por Awada- ni Irene -el que hace ella- toman la misma postura ante este hecho y como matrimonio se encuentran en una situación nueva, desbordada, en donde se dicen cosas muy dolorosas”, explicó Petriella.

Esta “discusión” fue llevada al escenario por el Nelson Valente, quien apeló a distintos colores y matices para que el latigazo no sea más fuerte de lo que en la realidad es, y que cobija sentimientos de dolor, angustia, ira e impotencia.

“Son dos posturas extremas de cuando te sentís diferente: podés camuflarte, protegerte y utilizar otros recursos para tratar de tapar la realidad, o podés respetar las diferencias y encarar a la sociedad aceptando las diferencias. De esto se trata esta especie de guerra, entre esposos, en donde el niño está en el medio”, sumó Valente.

Sobre el proceso creativo, el director dijo que “no hicimos un trabajo de mesa previo” sino que “nos metimos directamente con el texto” buscando ver “cómo cada uno de los intérpretes encarnaba ese dolor que se produce, y cómo cada uno podía defender la postura extrema de cada personaje”.

Según Petriella, al principio le costó meterse en la piel de Irene porque “no la entendía”, y se sentía “más cerca de Jaime”. Pero después pudo aceptarla. “Una vez que la comprendí, pude interpretarla desde ese lugar de entendimiento, desde el temor que tiene, y que es lo que no le permite ver a su hijo tal cual es. Creo que el deseo de Irene tiene que ver con que ‘en casa haga lo que quiera’, pero que ‘afuera, no, porque es peligroso y algo le puede pasar’. Y en algún punto no estaba equivocada. La cuestión es que tampoco en su casa Miguel encuentra esa posibilidad de ser escuchado y entendido”.

En un tema candente, son miles las aristas que se abren, y Valente no dudó en asegurar que, sin embargo, todo conlleva a una misma cosa. “Siempre hablamos sobre el tema de la diferencia como si estuviéramos mejor, como si estuviéramos avanzando. Pero a mí me parece que estamos en el año cero: tenemos unos problemas enormes para aceptar al otro. A nivel social y cultural, creo que hemos retrocedido”, consideró el director, y consultada sobre qué debería pasar para poder salir adelante, Petriella agregó, entre risas de desesperanza: “Esta sociedad tendría que reventar y volver a empezar de nuevo”.

Para la actriz, estamos atravesando “un momento en el que la humanidad está sacando afuera toda su miseria” pero lo que más duele, a su criterio, “es lo que pasa con los niños: son vulnerables y no tienen la posibilidad o los recursos de un adulto para defenderse, o procesar intelectualmente sus emociones. Hacen lo que pueden”.

En el diálogo con EL DIA también participó Sebastián Blutrach, productor de la pieza y dueño del porteño El Picadero, en donde la obra se ofrece los fines de semana. “Lo que me parece interesante del autor, más allá del caso particular, es cómo presenta a los padres, de clase media que se matan para estar por arriba de la pobreza, que son víctimas de un sistema, y no tienen el tiempo ni la cabeza para acompañar a sus hijos. Cuando los papás están desbordados por sobrevivir, no hay tiempo para eso. Creo que es eso lo que termina conmoviendo porque terminás comprendiendo que no hay culpables. El director del colegio también está sobrepasado, tratando de no llamar la atención… No hay malas intenciones de nadie, pero no hay soluciones. Por eso, y a pesar de ser un tema duro, me parecía que iba a ser una propuesta comercialmente atractiva, en una época en donde lo que funciona es lo más parecido a la época menemista: la pizza con champán”.

 

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