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24.11.2017
Comenzó como un sueño y ya es una realidad

Tres amigos platenses y la “locura” de construir un avión

Desde hace cuatro años que trabajan en una “fusión” de dos modelos: los Piper PA-11 y PA-18. Una vez terminado, quieren recorrer el país

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Por Marcelo Carignano

Como todo sueño plausible de concretarse, la historia de Jesús (Rodríguez Correa, Villa Montoro), Lucas (Rodríguez, Punta Lara) y Brian (Nacaratto, Barrio Cementerio) comenzó hace cuatro años como una idea que sonaba mucho a “locura”: construir un avión “desde cero”.

La historia inició su primer vuelo con Brian y Jesús, quienes se conocieron en 2010, cuando ambos estudiaban Mecánica Aeronáutica en el Aeródromo de La Plata. Ahí fue donde se estableció una amistad, impulsada por el amor a los aviones, que decantaría unos meses más tarde en el tercer personaje de esta crónica.

“A Lucas lo conocimos cuando nos metimos a hacer un curso de radio operador. A pesar de que volábamos en el mismo aeroclub (los tres son pilotos recibidos), nunca nos habíamos cruzado”, cuentan.

Brian fue el “ideólogo” del proyecto. “¿Qué te parece si hacemos un avión?”, le dijo un día Jesús. La reacción no fue la esperada: “¿Estás loco? ¿Cómo vamos a ponernos a hacer un avión?”

La charla “quedó ahí”, pero Brian no se iba a dar por vencido tan rápido. Cada encuentro fue aprovechado para horadar de a poco, como la gota sobre la piedra, hasta que, planos en mano, Jesús accedió a conversar el asunto en un tono más serio.

“SI OTRO LO HACE, UNO también”

Con los dos amigos a bordo, Lucas aceptó sumarse a la aventura. A él no hubo que convencerlo: “apenas le tiramos la idea, le encantó”.

“No somos ingenieros aeronáuticos, pero con los conocimientos técnicos que tenemos y sumado a que Brian es tornero -que a la hora de hacer esto es una ventaja enorme- y Lucas que estudió parte de la carrera, nos compramos un plano y empezamos”.

Bajo esa premisa, pusieron manos a la obra. Comprar el plano completo era el primer paso, pero también fue el comienzo de las vicisitudes.

“Por ese entonces (2013), traer algo de afuera era muy complicado. Una vez que logramos comprarlo (pertenecía a un Christavia MK-1), fuimos al correo a retirarlo y tuvimos mil problemas”, relata Jesús.

Y cuando finalmente tuvieron los planos en su poder, una leyenda escrita en el papel los sorprendió: “Para poder armar este avión, compre también los manuales siguientes”. Otra vez dólares, aduana y tiempo de espera.

Sin embargo, la semilla ya estaba plantada, y Brian se puso a buscar en el mercado nacional algo más accesible. Allí encontraron un kit de un Piper PA-11, con parte de la estructura y las alas armadas, al que fueron a ver personalmente y terminaron adquiriendo.

“No nos dimos cuenta, compramos un kit que estaba mal hecho. Cuando lo tuvimos en mi casa vimos que no servía, hubo que rehacer prácticamente todo de nuevo”, sostiene Jesús.

Los problemas volvían a aparecer, aunque esta vez la predisposición era otra. Con avión, planos y un espacio de “4 por 8”, comenzaron a transformar en realidad el sueño.

Primero tuvieron que presentar un proyecto en la Administración Nacional de Aviación Civil, dependiente del Ministerio de Transporte de la Nación. El elegido fue un híbrido entre el PA-11 y el PA-18, dos modelos de la década del 40’ (ver aparte).

Una vez comenzada la faena, observaron que gran parte de la estructura tenía que ser reconstruida por completo.

Otro gran obstáculo era el lugar: “Era tan chico que no podíamos trabajar los tres a la vez, y para armar un ala teníamos que sacar la otra”.

Durante la primera inspección apareció el temor a ser rechazados. “Fuimos con la verdad y el inspector supo entender. Se dio cuenta que nos iba a costar trabajo, pero que sabíamos lo que estábamos haciendo”.

Así, muchas de las piezas pequeñas, que sólo se consiguen en dólares y son caras, fueron “recreadas” por Brian, que de todas maneras asegura no haber “inventado nada” . “Copié de los originales con otros materiales igual de resistentes. Las alas las hicimos nosotros”.

Con mucho esfuerzo y trabajo, que incluyó desarmar partes completas y volverlas a hacer, el avión, al que decidieron llamar “Christy”, fue tomando forma. El progreso “se notaba apenas”, mas con el primer paso dado, el futuro se veía promisorio.

“Ayudó mucho la división de tareas y los conocimientos previos de cada uno, a pesar de no estar en el rubro. “Lucas, por ejemplo, hace durlock, y es una bestia trabajando manualmente”, afirma Brian.

UN CAMBIO DE AIRE

“Pensábamos que en un año y medio lo liquidábamos”, dice Jesús. Pero el tiempo pasaba y la fecha de culminación aparecía cada vez más lejana.

Cuando apenas se estaban acostumbrando “a los codazos”, Lucas llegó con una propuesta que cambió -para mejor- la situación de los chicos: un lugar espacioso en Punta Lara, que hacía las veces de depósito y taller para su trabajo particular. Allí, “Christy” podía ser armado y trabajado sin problemas.

Tener el aeroclub cerca fue una ayuda importantísima para los jóvenes, que ante cualquier duda se acercan a observar los bólidos. “Cada tanto desarman alguno y ahí podemos ver bien cómo son las piezas y cómo se conectan por si tenemos alguna duda”.

El motor que usarán pertenece a un Honda Fit, elección para nada caprichosa. Brian es un “fanático de las máquinas japonesas”, se ríen sus dos amigos, pero hay un motivo técnico.

“El primer PA-11 tenía un motor de 45 caballos de fuerza (HP), y carreteaba mucho para volar porque no tenía potencia. Después se llevó a 65 HP, y ahora hay hasta de 90 HP”, explica Brian.

En el caso del avión experimental, también deberán trabajar en el motor del FIT para “bajarlo de 120 HP a 100 HP, aproximadamente”, lo que dará potencia y seguridad en el vuelo.

LA OTRA LOCURA: RECORRER EL PAÍS

“No somos los únicos que estamos en esto, hay que aclararlo”, cuenta Jesús. “Tenemos un grupo de amigos en Abasto que está con otro proyecto, un avión experimental que compraron en malas condiciones y ahora están restaurando”.

Por lo pronto, “Christy” pasó dos inspecciones de la ANAC, la última en octubre, con buenas notas.

“La idea que tenemos es ponerle dos tanques para tener una autonomía cercana a las seis horas de vuelo, pero tenemos el problema de que no todos los aeroclubes venden nafta super”. Esa circunstancia, sin embargo, no los va a detener para cumplir la segunda etapa: “recorrer el país, con la menor cantidad de escalas posibles”.

Pioneros

En la Región, Juan López Osornio (2008, City Bell) y Jorge Busquet (2011, Berisso), fueron “pioneros” en cierta forma con la construcción de aviones “caseros”.

 

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