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27.7.2017

Los Sábato

Una familia sacrificada, inteligente y provocadora. Además de Ernesto, gravitaron Juan, Arturo y los otros hermanos. El enfrentamiento por los contratos petroleros. La influencia intelectual del Colegio Nacional y de la Universidad de La Plata

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Por MARCELO ORTALE

Once varones los Sábato. El décimo fue Ernesto, uno de los escritores argentinos más célebres. Pero la inteligencia era marca de familia compartida por todos ellos. Nacidos en Rojas, hijos de Francesco Sábato y de Giovanna María Ferrari, inmigrantes provenientes de Calabria. El padre era de Fuscaldo y la madre de San Martino di Finita, comunidad de origen albanés.

Allá, en Italia, el matrimonio descendía de una serena clase media, pero aquí llegó Don Francesco y fue carnicero y luego harinero, trabajando desde que el sol salía hasta que se ocultaba. La mayoría de sus hijos, traccionada por Juan –el primero en llegar a La Plata- vinieron a estudiar al Colegio Nacional y a la Universidad. Sin embargo, fue algo más que estudiar: se trató de una formación intelectual de primer nivel. Lo cierto que es difícil encontrar en la historia del país una familia con tanta concentración de inteligencia y capacidad.

En 1963 escribió Bernardo Neustadt un artículo (muy criticado por los Sábato) titulado “Una tribu llamada Sábato”. Se discutía entonces en el país por el tema de los contratos petroleros, es decir la apertura que a partir de 1958 había hecho Frondizi de la explotación de YPF a las empresas Shell y Esso, entre otras. Como delegado de Frondizi fue Arturo Sábato el que firmó los contratos. Pero con la subida de Illia en el 63, otro Sábato, Juan –el más platense de todos- ingeniero civil especializado en energía, firmó la anulación de los contratos. La clase dirigente se dividió entre apoyar a Juan o en respaldar a Arturo. El choque ideológico no dio respiro por años.

Dijo Neustadt entonces: “¿Anotan? Las cabezas más notables de esta discrepancia argentina son hermanos...”. Más de 50 años después, Juan Carlos Sábato, hijo de Juan, cuenta así la historia: “El distanciamiento entre Arturo y mi padre por el asunto de los contratos duró 22 años...dejaron de hablarse, pero finalmente fue zanjado con un abrazo en una reunión familiar”.

Es preciso dejar que más palabras de Neustadt recobren vida: “La misma sangre. De padres humildes –una mano atrás y la otra adelante- que supieron tener carnicería en sus orígenes, se formó esta casta de los Sábato”. Y a continuación detallaba el nombre de cada uno de los hermanos y a quien apoyaban, si a Juan o a Arturo.

Y agregaba Neustadt sobre la madre de los Sábato, Juana Ferrari: “mañana cumple 89 años en plena destreza física, en increíble capacidad mental. Ella guarda total silencio, no da su inclinación ni siquiera su idea. Y acaso rememora las horas blandas de la infancia, cuando Arturo y Juan discutía por una pelota de trapo, por una corbata o por la primera novia”.

Apagada hoy aquella polémica por los océanos que desde entonces pasaron bajo los puentes, el hijo de Juan recuerda ahora que su padre fue fundador junto a Tomás Ide -y primer presidente- del club Universitario de La Plata. “Mi padre fue un gran lector de escritores latinoamericanos y en especial argentinos: Sarmiento, Alberdi, José Hernández . Su biblioteca era muy grande y conocida por todos como un gran espacio con un desorden perfectamente ordenado. Libros y artículos en el suelo, pero con un conocimiento milimétrico de la ubicación de hojas dispersas. Su dedicación, casi exclusiva al estudio y a la enseñanza, no le impidió dedicarse obsesivamente al deporte : practicó rugby en Estudiantes de La Plata y era muy buen jugador de básquet” .

ERNESTO

Cada vez que, ya escritor y maduro, Ernesto Sábato volvía a La Plata, no economizaba elogios para el Nacional y para la Universidad. Sus compañeros y, sobre todo sus profesores, ejercieron una gravitación emotiva y una influencia intelectual que fueron determinantes en su vida. El nombre y el recuerdo de nuestra ciudad estuvieron siempre vivos en su memoria. “Para mí La Plata es la Universidad. Y, en segundo término, Estudiantes”, solía decir. Aquí enhebró amistades duraderas y aquí buceó en su propio espíritu hasta hallar, luego de dolorosas y hasta desgarradoras búsquedas, su vocación humanística.

Ernesto, al igual que sus hermanos, recordó siempre con admiración y afecto a tres profesores del Nacional: a Pedro Henriquez Ureña, a Ezequiel Martínez Estrada y a Rafael Arrieta. Del primero de ellos escribió: “Fue un espíritu de síntesis, que ansiaba armonizar el mundo de la razón con el de la inspiración irracional, el universo de la ciencia con el de la creación artística”. Profesor de literatura, el dominicano Henriquez Ureña –agregó- “no era un ecléctico, era un romántico que quería el orden, un poeta que admiraba la ciencia”.

“El nos enseño a buscar la palabra justa, a rehuir el purismo académico, y la novedad estúpida, a hablar correctamente el castellano, nos enseñó el misterio y los matices del castellano, donde cada hombre debe hablar con su acento regional, pero todos el mismo castellano”, agregó.

También ejercería influencia sobre Sábato la cátedra severa de Martínez Estrada, que transitó por las aulas del Nacional entre 1924 y 1945. Alguna vez se dijo de él que bastaba nombrar a los alumnos que asistieron a sus clases para medir su excelencia: allí estuvieron como sus discípulos René Favaloro (más tarde, su amigo), Carlos Adam, Enrique Anderson Imbert, Eugenio Pucciarelli, Gustavo García Saraví y Ernesto Sábato, entre muchos otros, según consignó la profesora María Lourdes Gasillón.

Pero además Sábato recibió como estudiante las pujantes oleadas del reformismo universitario gestado en la segunda década del siglo pasado y la Reforma estuvo también entre sus más ponderados recuerdos. Su sensibilidad política le harían decir en sus siempre excitantes definiciones: “Yo soy un anarquista. Un anarquista en el sentido mejor de la palabra. La gente cree que anarquista es el que pone bombas, pero anarquistas han sido los grandes espíritus como, por ejemplo, León Tolstoi”.

En la Universidad –y Ernesto no se cansó de decirlo- creció y maduró por el arduo camino del conocimiento, de un conocimiento desafiado o desmentido muchas veces por la duda. La duda como método de aprendizaje, la duda como fórmula del mejor racionalismo clásico, el sacrificio y la aventura de analizar variantes, se convertirían en la viga maestra de su patrimonio creador.

Ernesto se casó con la platense Matilde Kusminsky Richter y en 1937 obtuvo su doctorado en la facultad de Ciencias Físico-Matemáticas, para iniciar poco después su carrera científica en el laboratorio Jolliot-Curie, de París. Casi sesenta años más tarde –ya volcado desde mucho antes a la literatura- volvería a la Universidad Nacional de La Plata, su casa, para recibir el doctorado honoris causa.

Ernesto Sábato tuvo, pues, tres motivos esenciales que lo anclaron para siempre a nuestra ciudad: aquí se formó como físico y luego como ensayista y novelista; aquí creó su familia y aquí sintió pasión por el club al que tanto amó.

LA ESTIRPE

Claro que debajo de los once Sábato originales, la estirpe siguió entregando talentos como Mario el cineasta, hijo de Ernesto. O como Jorge, más conocido como Jorjón, hijo de Vicente. “Jorjón fue uno de los mayores ideólogos del desarrollo tecnológico autónomo en la Argentina”, dice su primo Juan Carlos.

“Fue también creador de varias instituciones en el campo nuclear y autor de inolvidables páginas en la revista Humor. Un especialista como Cernadas lo calificó como el Prometeo de la ciencia argentina”.

Quien también recordó a Jorjón fue Héctor Vicente Sábato, el único de la familia que se fue a vivir a Bariloche y “el único no famoso de los Sábato” como se autocalificó en un artículo publicado en un diario de esa ciudad.

Añadió allí que “por el lado de mi hermano estoy mucho más orgulloso teniendo en cuenta que Jorge, Jorjón para los amigos, murió cuando tenía 59 años y la gente lo sigue recordando más todavía por aquellas notas que escribió en Humor y que recomiendo releer porque son una enseñanza de vida. Se olvidan que estuvo trabajando para hacer Atucha por ejemplo. Como todos, es mucho más reconocido en el exterior que aquí...Era un tipo fuera de serie, era un hombre excepcional no sólo desde el punto de vista de su capacidad como físico, como hombre de acción o como pensador, sino como persona”

Agregó el Sábato más austral de todos: “Ernesto y Jorge son los más conocidos de esta familia tan numerosa. Siempre hay un Sábato haciendo lío en algún lado. Siempre nos caracterizamos por eso. En cuanto a los primos: Jorge, que fue ministro de Educación de Alfonsín; Mario, director de cine y televisión; Pepito, José, químico directivo de una gran empresa en Buenos Aires, dos arquitectos. Todos surgiendo de aquel abuelo analfabeto y pobre”.

Un abuelo analfabeto y pobre. Una infancia en un pueblo alejado, con pocos atractivos y casi ningún regalo. Pero allí estaba la presencia cariñosa de la madre, la cátedra sencilla y laboriosa del padre. Sólo hizo falta, entonces, que esos chicos tomaran contacto con la mejor educación pública que tuvo la Argentina en esas décadas. De esa conjunción nacieron los Sábato, ejemplos de un país que se extraña.

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