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30.3.2017
“El elogio de la risa”

Juan Leyrado: un niño que sigue jugando y riendo

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Juan Leyrado: un niño que sigue jugando y riendo

Leyrado, protagonista de la obra, junto al platense Gastón Marioni, director - twitter

Por Irene Bianchi

“El elogio de la risa”, de Gastón Marioni. Intérprete: Juan Leyrado. Diseño de vestuario: Ana Markarian. Diseño de escenografía: René Diviú. Diseño de luces: Leandra Rodríguez. Música original: Diego Vila. Realizador de escenografía: Francisco Paciulo. Realización de vestuario: Patricia Terán. Asistente de vestuario: María Jimena Acevedo. Estilismo, fotos: Sonia Lifchitz. Fotografía: Alejandra López. Diseño gráfico: Florencia Bembihy. Prensa y comunicación: María Lapadula. Operación técnica: Bruno Suaya. Asistente de producción: Nuria Frederick. Producción general: Gustavo Ferrari, Nicolás Mastromarino, La Gira Producciones. Asistente de dirección: Luis Cícero. Dirección general: Gastón Marioni. Multiteatro, Avda Corrientes 1283, CABA. Funciones: miércoles, jueves, viernes y domingo a las 20 hs; sábados dos funciones: a las 20 y a las 22 hs.

Un hombre que está solo y espera. Mientras espera recuerda, repasa su vida, piensa en voz alta, reflexiona, dialoga consigo mismo, se cuestiona, se pregunta, se responde. La espera es siempre propicia para esa suerte de viaje en el túnel del tiempo. Más aún, si se está solo, como “Antonio”, ansioso por ver a su amada “Susan”, por reencontrarse con su entrañable compañera de ruta, en una fecha muy especial.

Tal el disparador de “El elogio de la risa”, espectáculo unipersonal escrito y dirigido por Gastón Marioni, que tiene la virtud de divertir y emocionar a la par. Marioni encuentra en Juan Leyrado al intérprete justo para encarnar a este hombre a quien las circunstancias lo llevan a hacer un balance de su vida; más precisamente, de su vida junto a Susan, su otra mitad, su Musa Inspiradora.

Porque Antonio descubre la risa gracias a Susan, esa irreverente espectadora de su debut como “actor dramático”, en un “Romeo” que, muy a su pesar, resultó desopilante. Y el humor llevó al amor, ya que la risa franca de Susan, molesta e irritante en un principio, terminó cautivando y seduciendo al solemne Antonio.

Leyrado se adueña del escenario con aplomo, naturalidad y soltura. Aunque está físicamente solo, un desafío para alguien que debuta en un unipersonal, construye sin esfuerzo la presencia de los otros (su mujer, los invitados al cumpleaños, etc.) Nada suena impostado en él. Le creemos, tanto sus palabras como sus silencios. El actor destila verdad, picardía y ternura. Como lo hizo siempre. Absoluta coherencia.

Es interesante el desdoblamiento del personaje que plantea el texto, ese “teatro dentro del teatro”. Antonio se mira a si mismo “actuar” (no “representar”), y se asombra de ese “otro yo” que lo habita. Hay una clara y perturbadora percepción de la mirada de los otros, ese “carnaval de miradas” que nos condiciona, nos inhibe, nos construye. Y también hay un Antonio ocurrente, gracioso, espontáneo, sarcástico, burlón, debajo de esa apariencia de tipo hosco, tímido, de bajo perfil, que prefiere sentarse en un rincón y pasar desapercibido. ¿Una metáfora del actor?

El gran tema de “El elogio de la risa” es el inexorable paso del tiempo. La vida que se escurre como una exhalación. Uno es niño y cree que la infancia durará por siempre. Y un día, de golpe, ve que ya ha transitado las tres cuartas partes de su vida, casi sin darse cuenta. La jubilación, los achaques propios de la edad, los hijos que volaron del nido. Otra etapa, que algunos verán como el ocaso, y otros –los más optimistas- como un recomienzo, un renacer, sin tantas presiones, mandatos ni obligaciones.

Y la receta magistral para envejecer sin amargarse en el trayecto –parece decir el autor- es conservar el sentido del humor, no tomarnos tan en serio, reírnos a carcajadas de nosotros mismos y sacudirnos la solemnidad que paraliza y arruga.

A lo largo del espectáculo, el personaje va y viene en el tiempo, transiciones muy bien sugeridas por los cambios de luces. La escenografía enmarca bellamente el espacio neutral, que se irá resignificando a partir de las acciones de Antonio.

“El elogio de la risa”: una bocanada de aire fresco y una cita con el buen teatro.

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