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22.7.2017
DUEÑOS DE UN SECRETO

Locales que perduran en el tiempo

No buscan las luces de los centros comerciales. Reconocen haber pasado por épocas mejores, pero valoran los años de experiencia y el respeto de sus clientes

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Por VALERIA NATALIA SANCHEZ

Los centros comerciales de la ciudad asisten de forma permanente a la apertura y cierre de locales de todos los rubros. Con una inversión inicial y buena mercadería se puede ingresar al comercio platense. Pero existe un selecto grupo de negocios que están entre los que abren y cierran: los que perduran.

En esta nota, los dueños de cuatro comercios platenses cuentan la historia de su trayectoria y el secreto detrás de sus comercios.

SASTRERIA GULAYIN

Ser sastre, en épocas donde el crecimiento de la industria textil amenaza al oficio, no es tarea fácil. Pero Munir Gulayín, 83 años, abre religiosamente de lunes a sábado su sastrería “M. Gulayin” ubicada en calle 7 entre 61 y Plaza Rocha desde 1960. Dueño y único empleado trabaja doble turno y solo se toma 15 días en enero para disfrutar de su departamento en Mar del Plata.

A los 17 años abandonó Turquía -su país natal- para radicarse en Argentina junto a su madre y hermano. “Nos vinimos porque mis tíos vivían en la ciudad y teníamos donde quedarnos”, recuerda nostalgioso Munir: “Mi papá había muerto y mi mamá se iba a sentir más acompañada con su familia acá”.

“Yo terminé el secundario en el colegio industrial y como no me tomaron las equivalencias en ingeniería, me dediqué a la sastrería”. Aprender el oficio para Munir fue leer revistas de costura, coser y descoser más de una vez un traje, y animarse a poner una sastrería junto a su hermano –unos años antes de abrir su propio local- sin saber aún el idioma. “Más allá del sacrificio que significó nunca nos echamos atrás”, resalta.

“Llegue a trabajar 16 horas al día, todo un sacrificio. Teníamos mucha clientela y hacíamos trajes a muchos profesionales. Antes no tomábamos arreglos como ahora porque no teníamos tiempo”

Con más de 60 años de trayectoria en el rubro Munir sabe que hoy las cosas son distintas. Mientras termina de planchar, calcula que por semana confecciona al menos un traje. El resto del trabajo se va entre los ruedos, cambios de cierres, reducción de talla o modernizar pantalones.

Atrás quedaron la buenas épocas donde la gente se vestía a medida. “Llegue a trabajar 16 horas al día, todo un sacrificio. Teníamos mucha clientela y hacíamos trajes a muchos profesionales. Antes no tomábamos arreglos como ahora porque no teníamos tiempo”.

Aún así la sastrería de Munir tiene una numerosa clientela. Están los que pasan por arreglos, los que le guardan muchos años de confianza y cuando pueden se confeccionan un traje y, los de “toda la vida” que pasan a saludar al sastre de la cuadra.

“Si no trabajas a conciencia no durás un año”, reflexiona Munir y remarca: “El que cobra caro y no hace las cosas bien, no es sastre, es desastre. Tengo mi clientela y los nietos de ellos, jóvenes profesionales que vienen acá“.

Para él no hay nada más importante que ser honesto. La ley del comercio se la enseñó su padre. “Si engañas a un cliente no lo ves más”, le dijo clarito cuando aún era un niño y lo hizo correr dos cuadras a un cliente porque le habían dado mal el vuelto.

-¿Alguna vez pensaste en cerrar la sastrería?, se le pregunta.

-No, el trabajo es salud y en mi casa me aburro.

Ahí anda Munir entre los retazos de tela. Un local pequeño, una máquina de coser marca Singer enhebrada. Las paredes hace tiempo dejaron de ser blancas.

PELUQUERO CON TRADICIoN

El primer corte de pelo que hizo Juan Aranchet fue con una tijera de bordar. Tenía 18 años y en la pensión que vivía los ofrecía gratis a quienes vivían con él para practicar. “Aprendí mirando al peluquero, después hice un curso de corte con navaja y modelado profesional y un curso de Relaciones Humanas para atender”.

En sus 58 años como peluquero Juan, mejor conocido como “John”, tuvo mucha clientela. Fue peluquero de Verón hasta que “entró a Boca y comenzó a pelarse” y de otras personalidades reconocidas: “Le corté el pelo a Bruni, a Saucedo, al Fiscal Romero, a Bernal. A todos los trate de igual a igual y ellos a uno también”.

Para el Presidente de la Asociación de Corredores de Turismo Carretera, Hugo Mazzacane, la peluquería de John es “un lugar de confianza”. Sensación que se repite en todos sus clientes. Hugo se define como uno de los clientes más antiguos: “Me atiendo desde que tengo 16 años con Juan y ya tengo 70. Vengo cada 15 días”.

La primera peluquería que tuvo Juan estaba en Plaza Italia y por falta de espacio se mudó a 6 entre 53 y 54. Peluquería “Boom” fue reconocida por recibir alrededor de 200 personas por día. “Llegamos a ser ocho personas trabajando”. Hoy ya hace 20 años que tiene su local propio en calle 7 entre 55 y 56. Si bien no tiene el mismo movimiento que antes, para él “nunca se deja de trabajar”.

“El secreto para mantener la confianza es el respeto. La gente que se atiende con vos no se quiere atender con otro. Tener la continuidad lleva sacrificio y mucha conducta”

De 7:30 a 20. Horario corrido, de martes a sábados, solo atiende con turno y a su clientela. Las personas que están de paso se las asigna a su hijo Marcelo, también peluquero o a Washigton, otro colaborador.

“El secreto para mantener la confianza es el respeto. La gente que se atiende con vos no se quiere atener con otro. Tener la continuidad lleva sacrificio y mucha conducta. Dejé de asistir a muchos eventos sociales por trabajar los viernes o sábado a la noche. Y me fue muy bien, sostuve a mi familia con el oficio”, resalta Juan.

Su corte preferido es con navaja, a pesar de que no se usa más y que la “moda del siglo XXI es el rapado con maquinita y tijera. Te tenes que adaptar, no te queda otra”, dice. Pero no se queja. Muchas veces hizo de psicólogo y nunca contradijo a un cliente, por más que pensara distinto. “La profesión es una escuela de la calle. Lo que aprendés con los clientes, no te lo enseña ninguna facultad”.

INSTRUCTOR FiSICO Y DUEÑO DEL GIMNASIO

El Gimnasio Iocco es atípico. Ubicado en calle 56 entre 13 y 14: no se escucha música, no hay televisores y mucho menos murmullo de gente. El único sonido es el del rebote de las pesas. “Acá la gente viene a entrenar y no a hacer rostro”, afirma Eduardo Iocco, 61 años, instructor físico y dueño del gimnasio más antiguo de La Plata. Cuando empecé, hace 42 años, había 4 gimnasios en la ciudad y ahora hay 150. Quedé como el más viejo, nunca nadie duró tanto”.

Una sala pequeña funciona como recepción y exhiben las medallas y trofeos del dueño. “Tengo corridas 430 carreras de las cuales gané 4 en mi categoría y unos 380 trofeos”, dice Eduardo. Después le sigue la sala de entrenamiento, nada de clases grupales, solo pesas y aparatos. Así como lo ve, todo fue diseñado y creado por las manos de Eduardo. “Trabajé en una herrería para aprender a soldar. Hago los aparatos y las pesas a mi medida”.

Cuando se le pide el secreto, Eduardo no duda en crear suspenso. Dice que todo se basa en su sistema de rutina, que lo diferencia del resto: “Mi sistema de rutina pre-establecido es muy organizado. Cambio la rutina en los hombres cada diez días y en mujeres cada seis porque se aburren más rápido. Hago variaciones generales y un seguimiento a cada uno”. Además, tiene un curso de nutrición que si querés te acomoda el plan con una dieta específica. Es fiel a la idea de que el éxito está un 80 por ciento en la alimentación”.

Nunca tuvo empleados ni socios, desde que construyó el gimnasio, hace 33 años atrás, jamás se tomó un mes de vacaciones. “Hay gente que trabaja para irse de vacaciones porque el trabajo le resulta pesado. Yo me divierto todo el día”.

Eduardo entrena cuatro veces a la semana, dos con pesas y dos para maratones. Su alimentación sana y su rutina contante lo llevan a mantener su aspecto juvenil. A pesar de eso reconoce que los años están: “Estoy entrenando a los hijos de mis primeros alumnos”.

DEGUSTAR MAS QUE EL VINO

Es muy difícil irte de la vinoteca “Cultores del Vino” con las manos vacías. No solo por la oferta tentadora, sino porque Lito te endulza con su simpatía y conocimiento. Cultores del Vino nace en el 1987 cuando Eduardo Héctor Gargaro, “Lito”, decidió formar parte del Club del Vino de Buenos Aires como único representante de La Plata. “No había cultura del vino antes. Al mes de empezar ya tenía 100 socios y al año 1.200”.

Para Lito el vino es un culto: “En el local se han organizado cenas por fechas patrias que se festejaron con locro y vino a precio de costo. Esto es un negocio para la gente. Hemos terminado las degustaciones cantando tango”.

“No somos despachantes de vino, a nosotros se nos mezcla el afecto con el negocio. La persona que tiene el cumpleaños de 15 de su hija tiene que vivir ese momento como único y a mí me interesa acompañarlo en eso”

De mañana y de tarde lo encontrás a él, y por más que reconoce que perder a su mujer el año pasado le quitó unas cuantas ganas de hacer cosas, en la vinoteca de 60 entre 4 y 5 parecieran que desaparecen por un rato sus penas. Y lo demuestra con su cálida atención, su trato alegre y sus ganas de compartir lo que sabe.

“No somos despachantes de vino, a nosotros se nos mezcla el afecto con el negocio. La persona que tiene el cumpleaños de 15 de su hija tiene que vivir ese momento como único y a mí me interesa acompañarlo en eso. Si uno le pone dosis de amor, das un servicio y después recibís mucho afecto. Tenemos clientes de 30 años que todas las semanas nos piden su caja de vino”, afirma Eduardo.

Así como nunca tuvo una botella de Chandon en su local por no estar de acuerdo cómo se comercializa el producto, tiene otro principio que lo identifica: no hace falta comprar un vino caro para que sea bueno. “Tenemos excelentes cosechas y no hace falta comprar lo más caro. Me interesa que la gente joven pueda incorporar la cultura del vino sin necesidad de gastar mucha plata”. Lito resume su idea en una frase: “Hay que sacarle la careta al vino”.

El negocio, como cualquier otro, tuvo épocas buenas y malas. Entre las peores crisis recuerda haber pasado la del 2001 como uno de los mementos más críticos para sostener el local. Aún así, ante la pregunta de haberse rendido para dedicarse a otra cosa responde: “Soy de Gimnasia cómo voy a abandonar. Además mi mujer nunca me lo hubiera permitido”.

Lito también cree que cuando se toma vino se hace uso de los cinco sentidos: “Usamos el tacto para sentir la temperatura del vino, observamos su color y desciframos si es un vino joven o envejecido, apreciamos su aroma para saber si nos gusta, y luego recién lo acercamos a la boca para degustarlo”.

-Te falta el oído, se le remarca.

-Entonces brindamos, remata.

El secreto es compartido. No hay como la constancia, el tiempo y la dedicación. Munir, Juan, Eduardo y Lito lo reconocen. Pasaron la mayor parte de sus vidas trabajando y sin embargo ninguno está cansado. No se imaginan su vida sin trabajar y la jubilación no está entre sus planes. Aunque a los cuatro les fue muy bien económicamente, la prioridad siempre fue otra: tratar bien al cliente y hacer el trabajo con placer.

 

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