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22.8.2017

Irlanda en la literatura

El misterio de una tierra “con los mejores escritores por metro cuadrado”. La gravitación de Dublín. Autores argentinos influenciados por irlandeses. Benito Lynch. Testimonio de la poeta platense Sandra Cornejo

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Por MARCELO ORTALE

Una sólida unión enlaza a la literatura irlandesa con la argentina –también a las dos culturas- y así lo corroboró la exposición organizada el año pasado por la Embajada de Irlanda en nuestro país, que se presentó en la Biblioteca Nacional. Se eligió ese año, el de 2016, al recordarse, por un lado, el centenario del patriótico alzamiento de Dublín que originó la emancipación irlandesa del Reino Unidos y, por el otro, el bicentenario de la Independencia de nuestro país.

Existe un fenómeno literario casi extraño en Irlanda. El español Antonio Rivero Taravillo escribió hace poco tiempo un artículo en el diario madrileño El País, titulado “Irlanda: la tierra con mejores escritores por metro cuadrado”, cuyo primer párrafo dice así “¿Qué misterio hace que una isla medio despoblada en el confín de Europa posea la más alta concentración de escritores de talento del mundo? Quizás parte de la respuesta resida en su carácter insular: esto sería comprobable también en Islandia (en la que, por cierto, se asentaron monjes irlandeses antes de la llegada de los escandinavos) o en Cuba. Pero hay otros ingredientes que intervienen en la fórmula magistral de su literatura única”.

Lo cierto es que hay cuatro escritores irlandeses que, desde la superficie no demasiado extensa de Dublín, merecieron el premio Nobel. Así, el poeta Williams Yeats lo recibió en 1923; con posterioridad George Bernard Shaw (1925), Samuel Beckett (1969) y Seamus Heaney (1995). Este último fue elegido recientemente por miles de oyentes de una radio irlandesa como autor del mejor poema escrito en Irlanda en los últimos cien años.

El poema de Heaney –”When all the others were away at mass” (Cuando todos los demás estaban en misa)- dice así, según traducción anónima: “Cuando todos los demás estaban en misa/ yo era todo de ella mientras pelábamos papas/ Ellas rompían el silencio, al dejarlas caer una a una/ como soldaduras saltando del hierro soldado/ frías comodidades entre nosotros, cosas que compartíamos/ brillaban en un balde de agua limpia/ y otra vez volvían a caer, pequeños y agradables salpicones de agua,/ que del trabajo de cada uno nos hacían volver en si,// Así que cuando el cura de la parroquia parado junto a su lecho/ rezaba con toda determinación las oraciones por los muertos/ y algunos respondían y otros lloraban,// yo recordaba su cabeza inclinada hacia la mía/ su aliento en el mío, nuestros veloces cuchillos pelando papas,/ Nunca tan próximos el resto de nuestras vidas”.

Pero aquellos cuatro irlandeses encumbrados por el mayor premio literario no logran eclipsar la excelencia de escritores de ese país como James Joyce, Oscar Wilde, Jhon Millington Synge, Bram Stocker, Flann O´Brian o Jonathan Swift, entre muchos otros.

Una historia nacida hace un siglo señala que ambas literaturas y ambas historias, la argentina y la irlandesa, se fundieron amistosamente y se sintieron hermanadas. En el caso nuestro, el infaltable Jorge Luis Borges es considerado un primer responsable de esa atracción. “La influencia de la cultura irlandesa en la Argentina se revela sustancial apenas se mira su reflejo en la literatura, concretamente en Borges, el primer intelectual en escribir en nuestra lengua sobre lo que significaba el Ulises de Joyce en 1925”, dice el crítico Rafael Toriz.

“Dublin es una ciudad antigua por su fundación, pero de una modernidad manifiesta que la traspasa. Fue declarada Ciudad de la Literatura por la UNESCO. No es para menos. Los escritores le brotan.

La propia literatura argentina se pobló de autores de descendencia irlandesa como John William Cooke, María Elena Walsh, Edgar Bayley, Sergio Kiernan, Juan José Delaney, entre otros. A su vez, los poetas y escritores irlandeses que Borges importó influyeron en figuras aún contemporáneas como Alberto Girri o Alejandra Pizarnik, mientras que el novelista platense Benito Lynch, descendiente de una familia irlandesa adinerada, no dejó de poblar sus novelas y cuentos con personajes nacidos en Inglaterra e Irlanda, ya gauchos, ya acriollados en nuestra llanura. Como se sabe, Lynch fue durante años uno de los que prestigió la redacción de El Día.

En los cuentos de Lynch “el lector puede observar el desarrollo criollo empujado por la influencia irlandesa y la sangre inglesa. Esto produce en él el problema de presentar dos culturas, una con verdadero entendimiento (la irlandesa) y y la otra con reservas (la inglesa)”, dice Jeffry Lane Green, en su tesis de licenciatura.

Otro escritor y poeta, César Cantoni, platense también, escribió dos bellos poemas sobre Irlanda. Uno de ellos, titulado “En el día de San Patricio”, dice así: “En el día de San Patricio/ mientras bebo con los hermanos irlandeses/ que habitan este suelo –mujeres y hombres/ convocados por el patrono de la isla–,/y brindo en honor de los poetas caídos/ en las cruzadas de liberación,/empezando por el bravo Pádraig Pearse,/yo te declaro mi guerra sin cuartel y para siempre,/ Inglaterra”.

“La influencia de la cultura irlandesa en la Argentina se revela sustancial apenas se mira su reflejo en la literatura, concretamente en Borges, el primer intelectual en escribir en nuestra lengua sobre lo que significaba el Ulises de Joyce en 1925”

Licenciado en Filosofía y Letras en Dublin, el embajador de Irlanda, Justin Harman, explicó recientemente en el diario “Perfil” acerca de lo que denominó “la profundidad de los lazos culturales y literarios entre nuestros países, por ejemplo la manera en que la literatura irlandesa ha impactado en la Argentina, como en el caso de Borges influenciado en gran medida por escritores irlandeses”.

Añadió que Irlanda, como Estado, es cien años más joven que la Argentina y que nuestro país “tuvo una influencia importante sobre el movimiento de la independencia en Irlanda en parte por la gran colectividad irlandesa emigrada al país. Argentina fue uno de los primeros Estados en reconocer al nuevo Estado irlandés. Justamente el que izó la bandera sobre el Correo Central, que fue el epicentro del levantamiento, causa por la que fue condenado a muerte, había nacido en Argentina, y pudo ser exonerado por haber nacido en suelo extranjero. Hubo un gran apoyo entre las colectividades y un vínculo histórico muy importante”.

POETA PLATENSE EN IRLANDA

Poeta con obra publicada e incluida en varias antologías –autora de Borradores (Cuadernos de Sudestada, 1989), Ildikó (Último Reino, 1998), Sin suelo (Ediciones Vox, 2001), Partes del mundo (Alción Editora, 2005), Todo lo perdido reaparece (Cuadernos orquestados, Cuadrícula Ediciones, 2012) y Bajo los ríos del cielo (Ediciones Al Margen, 2014)- la poeta platense Sandra Cornejo acaba de volver de Irlanda, entrevistándose en Dublín con los intelectuales y poetas irlandeses Pat Boran, Moya Cannon, Paula Meehan y Theo Dorgan. Una de ellas, Meehan, fue elegida entre los diez finalistas del concurso sobre el poema más amado de los irlandeses, que ganó Heaney y que fue transcripto arriba.

En la capital de Irlanda, dice, encontró “una atmósfera de los años 60 ó 70, pero en este siglo. Se me ocurre que siguieron una trayectoria de evolución aún con sus guerras y sus complejos entrecruzamientos culturales. Percibí un aire de sabia receptividad. Una energía perenne. En algunos ojos tristes que observé, no encontré pizca de rencor sino un mundo interno que bulle en ellos”.

Hace menos de un mes Cornejo caminó Dublín y en cada lugar tomó notas “tal vez para releerlas y recordar después, o porque en Dublin hay frases en las paredes, en los muros, en las habitaciones, y esas frases de una o tres líneas, de una o dos palabras, dan vuelta por instantes el mundo, al menos mi mundo”.

“Dublin es una ciudad antigua por su fundación, pero de una modernidad manifiesta que la traspasa. Fue declarada Ciudad de la Literatura por la UNESCO. No es para menos. Los escritores le brotan. Es un misterio. O un producto de la magia. Un arpa, un trébol, bardos, monjes, son sus emblemas. Los rodea el agua y tal vez han aprendido a ser Irlanda por oposición a ser Inglaterra (algo así me diría Pat Boran en una entrevista). También han aprendido a ser Irlanda desde sus ancestros vikingos, celtas, sajones, normandos. Han llegado del mar y han salido hacia el mar. Son una Isla, una república partida en dos. Y sin embargo trascienden el dolor para habitar en el futuro, cuidadosos de sus tradiciones”, dijo Cornejo.

Borges hermanaba la irreverencia irlandesa frente a Inglaterra con la iconoclasia argentina. Los escritores irlandeses quisieron sentirse diferentes a los ingleses y crearon un estilo y una literatura propia; los argentinos, como los sudamericanos en general, pudieron abordar todos los temas europeos y superarlos con innovaciones afortunadas.

En cuanto a Dublín, como ciudad de los escritores, también Borges escribió alguna vez: “Un estudiante de Dublín escribe una novela sobre un tabernero de Dublín, que escribe una novela sobre los parroquianos (entre quienes está el estudiante), que a su vez escriben novelas donde figurará el tabernero y el estudiante, y otros compositores de novelas sobre otros novelistas”. En los pubs de Irlanda todos escriben, todos leen.

Rivero Taravillo, traductor al español de cuentos “Deseo” de Liam O’Flaherty –otro de los grandes autores irlandeses- recuerda que a la verde y bella Irlanda se la conoce también por el apodo de “tierra de santos y poetas”. Dice que Joyce tituló así un ensayo sobre su país, en donde “los poetas ocupan un lugar prominente en las islas, hasta el punto de que el actual presidente, Mihael D. Higgins, es también autor de algunos poemarios”.

En ese artículo de Joyce, el autor de Ulises aludió a la infatigable –y en ocasiones frustrante- creatividad irlandesa. Reseña que en cierta ocasión Oscar Wilde le dijo a un amigo suyo: “Nosotros, los irlandeses, no hemos hecho nada, pero somos los más grandes habladores habidos desde los tiempos de los griegos”.

 

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