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22.8.2017

Vení a mi casa suburbana

Cada vez son más las familias que dejan la ciudad para vivir en zonas alejadas del ruido, el estrés y la violencia urbana. Magdalena, Bavio, Atalaya son destinos elegidos; pero también pueblos rurales como Oliden y Arditi. Relatos de los que se animaron a dejar la metróplis.

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Por Manuel Lopez Melograno

“Yo vivo en un paraíso”, jura Federico Fernández, 28 años y profesor de literatura, y cuenta a El Día que se levanta todas las mañanas en su casa de “El Balneario” en Magdalena junto a su mujer Florencia (22) y su bebé Alejandro, y cuando va a preparar el desayuno a la cocina, pone la pava y no puede evitar un hábito de rutina: mirar al Río. “Veo como está el viento sobre el agua para saber si voy a poder ir a pescar un rato con el kayak”, se entusiasma.

Pero no siempre estuvo en el paraíso. Una noche de octubre de 2016 volvía manejando justamente de pescar en Magdalena, cuando, en la puerta de su casa en Lavallol, un auto se le pegó atrás en la entrada del garage. Quiso poner reversa pero el caño de un revolver en la sien cortó la maniobra. “Me habían fichado en el camino de cintura, asique me bajé con las llaves y no volví más”, dice ahora aun con algo de adrenalina al contarlo. Después una vecina le prestó plata para irse en remis, buscó a su mujer y su hijo Alejandro -que entonces tenía ocho meses- y se fueron unas semanas a dormir, en un colchón en el piso a lo de su madre, en Ezeiza. “No me quedó ni un anzuelo, se llevaron las llaves de mi casa, el kayak y el equipo de pesca completo”, se lamenta.

“Desde hace años que venía a pescar a Magdalena con mi suegro y siempre decía que era mi sueño vivir acá. Todo se precipitó y acá estamos los tres felices, con esta nueva vida en la naturaleza y a metros del río de La Plata”.

Para mantenerse él y su familia consiguió reemplazar sus horas de Monte Grande, en pleno conurbano bonaerense, por otras en las escuelas de la zona. Su título de profesor lo ayudó mucho en el concurso y hasta pudo elegir a dónde trabajar. Con poco más de tres meses en la zona, Fernández explica que en su semana laboral recorre 500 kilómetros en el nuevo Ford Ka que le pagó el seguro por las rutas provinciales 20, 36, 54 y 11. La vuelta es así: arranca temprano en una Secundaria Básica de la localidad vecina de Vieytes; al mediodía sigue en la Escuela Agropecuaria “Lucio Masilla” de Magdalena y cierra la jornada en el centro de esa localidad enseñando en la Escuela de Adultos.

Banda angosta

Para concretar la entrevista hay varios intentos y cero whatsapp. Llamo y se corta, no puedo dejar mensaje. Horas después, ya por la tarde aparecen un par de mensajes de texto: “Estoy en clases, pero hasta las 20.30 tengo señal, después ya estoy en El Balneario”. No hay dudas que allí no entran las llamadas porque incluso ´donde hay señal´ cuesta escuchar claro y la comunicación se pierde por momentos durante el reportaje. Pero más allá de que no tienen televisión por cable, ni internet, a 8 kilómetros del centro comercial, y con servicios básicos no se arrepiente: “Si a mí ahora me roban acá, te juro que no me voy”.

Durante el verano no conseguía casa por ningún lado hasta que dio con ua quinta de fin de semana sobre el río por 5 mil pesos mensuales. “Fue el 28 de Febrero y era pleno carnaval”, recuerda Florencia, su mujer de 22 años que se entusiasmó con la mudanza, el cambio de vida y la idea de poder pescar los dos y recibir a su padre, quien fue el culpable de que Fernando se enamorara del lugar.

Es jueves a la doce y cuarto del medio día y se acercan los dos con su hija Berenice en el cochecito. Vienen de pasear y hacer algunos mandados. Vienen cruzando la hermosa Plaza central. Se los ve y escucha felices, aunque Fernando reconoce que lo del robo del auto, luego de que la policía lo llamó para decirle que lo habían encontrado, en una maniobra más que turbia, lo tiene perseguido. “Pasaron 7 meses y sigo mirando para todos lados cuando estoy en la calle”, confiesa.

Del infierno al paraiso

Pasar del conurbano a este “paraíso” los unió más aun como familia. Y se organizan como ahora que compraron lo que necesitaban “porque allá junto al río no hay prácticamente nada”. De pronto, llega la indicación y mientras posan para la foto, se muestran despreocupados por la demanda de juegos y productos que los chicos piden en ciudades grandes como La Plata o Buenos Aires. Ahora Fernando mira a su hija y se le iluminan los ojos. Después de todo ya se lo dijo su madre: “Vos hiciste lo que muchos quieren hacer y no hacen”.

“Acá todo cambió mucho pero en los últimos seis años fue increíble, la gente busca estos lugares para estar más tranquila y sobretodo más segura”, afirma Lisandro Hourcade, concejal de Magdalena por el oficialismo. Y agrega que “la mayoría quieren vivir en las quintas de Magdalena, y sus alrededores, como Payró, Arditi, incluso Bavio es impresionante: Pasó de 1700 a 2700 habitantes en un año”.

“Magdalena está en un lugar privilegiado porque es muy cerca de Capital, tiene el río y es tranquilo”, sostiene el martillero y corredor público Marcelo Chiappesoni, a cargo de dos inmobiliarias, una en Magdalena y otra La Plata. Ha observado que desde hace 15 o 20 años se armaron muchos barrios que comenzaron lentamente sobre la ruta Once. “En el río, Magdalena empieza en La Balandra, el Balneario sobre el Río de La Plata en Berisso. Y todos los emprendimientos inmobiliarios llegan casi hasta ahí ahora”, explica y agrega un dato: “Con la ruta como está en 40 minutos llegas a Magdalena, lo mismo que se demora del centro de la Plata a City Bell en horario pico”.

Así las cosas todo parece indicar que en unos años la Urbanización del Gran La Plata y Magdalena van a terminar uniendo ambas ciudades. “Aun me cuesta adaptarme a cerrar la casa, el auto y la inmobiliaria -, dice Chiappesoni-, no es como hace 20 años que te olvidabas la bicicleta en la carnicería y dos días después seguía ahí, pero se vive tranquilo”.

A vivir “al campo”

“Nosotros lo que estamos viendo es que la gente en su mayoría lo que quiere es vivir en Magdalena o de Bavio, pero no quiere en el centro sino en las casas quinta de las afueras, o en los caminos a Arditi y Payró”, afirma el concejal Hourcade, y agrega: “La tranquilidad que tenemos es más fácil cuidarla que cambiarla si empiera y por eso estamos haciendo una fuerte inversión en seguridad para cuidar la tranquilidad de nuestros habitantes: la idea es llegar al 50 % de iluminación LED en dos años, como medida preventiva para frenar a los delincuentes a la hora de elegir los lugares de asalto espontáneo, hurtos y arrebatos”.

Pese al mal estado de la Ruta 11 entre La Plata – Magdalena, el crecimiento que se incrementó considerablemente en los últimos seis años, un dato que las inmobiliarias consultadas confirman con entre 10 y 15 llamados semanales por terrenos y viviendas en la zona.

Otra de las ventajas es que se puede vivir como en cualquier pueblo de la provincia y estás a menos de 5 kilómetros de la Universidad Nacional de La Plata, una de las mejores del país, con una oferta de carreras impresionante. “En La Plata los padres viven pendientes de las actividades de los hijos, los llevan, esperan y traen; mientras que acá los chicos van en bicicleta a los cumpleaños, a la escuela caminando”, grafica Hourcade, aunque aclara que muchas veces reciben demandas de gente que vive en el campo camino a Arditi y pide que le pase el recolector de basura, tener luz en la puerta del campo y asfalto. Es que muchas veces las parejas vienen a conocer la zona en días de sol y después en invierno o en época de lluvias, claro, es otra historia.

***

Corría enero de 2010 cuando Federico Meléndez y Pamela Cócaro, ambos de 36 años, y su bebé Pedro dejaron su casa de calle 22 entre 39 y 40 y se fueron a vivir a la localidad de Verónica, la ciudad natal de ella en el Partido de Punta Indio, a 90 kilómetros de La Plata por Ruta 36. Ambos tenían buenos trabajos en el Estado provincial, ella en el Ministerio de Infraestructura y la Fundación Crear; él tenía una peluquería canina y al poco tiempo empezó a trabajar en el Área de presupuesto de la Dirección de contabilidad, de la Jefatura de Gabinete. El negocio andaba bien pero desde el 2008 que venían sufriendo algunos robos en el local. Hasta ahí todo bien.

En 2009 durante el embarazo la situación se fue complicando, ya trabajaban a puerta cerrada a zona en el local de Tolosa de 532 y 2 bis. Con la mudanza todo empeoró. A los pocos días que había nacido el nene, intentaron dos veces entrar a la casa, primero por el patio y después por la claraboya del baño. “No queríamos que Pedro se criara sin poder salir a la calle y tuviera una infancia más como la nuestra de andar en bicicleta, ir a la plaza con amigos y más libertad. Asíque decidimos la mudanza”, afirma Federico, que nació en el campo en Santa Isabel, cerca de Olavarría y completó su escuela en General Alvear, otro bello pueblo de 8 mil habitantes al que vuelve siempre de visita.

Federico resume su llegada a Verónica con una anécdota corta: “Llegamos con el auto a la casa, bajamos algunas cosas y nos pusimos a ordenar y cocinar. A la media hora nos sonó el timbre. Era el vecino de enfrente con las llave del auto. Nos había cerrado los vidrios y nos trajo la llave porque iba a llover”, rememora, a la vez que asegura que todo es más sencillo y un poco más económico por el ahorro de trasporte, el estacionamiento y los servicios.

“Acá todos empiezan alquilando y a los dos meses los ves limpiando un terreno: el gancho es la posibilidad de comprar un terreno más barato que en otros lugares como Bavio y La Plata”, cuenta Federico, y reconoce que la suerte estuvo de su lado porque pudo abrir su peluquería canina en Verónica y al poco tiempo con su mujer pudieron conseguir el pase de sus trabajos al pueblo. La pequeña Victoria llegaría con el pan bajo el brazo. Hoy ya tiene 3 años, y como soñaron sus padres, duerme plácida la siesta en el en el sillón de su hermosa casa en las afueras de Verónica.

Oliden: El pueblo al que llegas con la SUBE

Cae la tarde y la tranquilidad solo se interrumpe con el ruido alternado de algún vehículo que pasa por la calle en Oliden. Cuando el sol empieza caer, frente al gran predio que rodea la viaja estación del ferrocarril se agrupa casi toda la actividad comercial del pueblo: una barraca, la Panadería “La hermosura” y haciendo cruz una nueva ferretería. En la puerta, hay tres bicis tiradas, dos motos más y un grupo de 6 adolescentes charlan y “roban” el wifi libre con sus teléfonos alrededor de una mesa de madera bajo el alero. De pronto una moto cross azul rompe la paz y sube a la vereda. Ese es Gustavo Iriarte, último poblador en llegar a este pueblo del Partido de Brandsen, dueño de la ferretería que abrió en noviembre de 2015.

“No fue una decisión de un día para el otro. Mi viejo nació acá, de chiquito que venía siempre mis vacaciones eran venir al campo y a mí siempre me tiró la onda de vivir en un lugar más tranquilo, más alejado del bullicio de la ciudad. Siempre dije que a los 50 quiero vivir tranquilo y de lo que quiero, y acá estoy: Tengo 4 años de retraso”, bromea y recuerda que ya en el 92 había comprado un campo en Magdalena para que su padre lo trabajara con él, algo que se interrumpió con la venta en el 2000, tras el fallecimiento de Don Iriarte, y sin el apoyo de su pareja de entonces.

Pero este hombre que viste pantalón de grafa, campera azul marino y boina vasca negra parece pero no es ningún paisano. Gustavo Iriarte es platense, tiene 54 años y creció en el barrio de los Stud en Diagonal 74 y 118. El resumen apretado arroja que hizo su primario en el San Antonio (Diagonal 80 y 118 y 119), secundario en el Comercial de Tolosa (513 entre 115 y 116), hasta que en 1983 se recibió de analista de sistemas y comenzó su trayecto laboral en La caja de ahorro, Banco provincia y en 2001 que con la crisis se quedó sin laburo y en 2003 puso una Bolonera en 10 y 520. Anduvo bien hasta que la competencia más cercana y la presión fiscal lo acobardaron y lo obligó a cerrar en 2015.

Mientras la bulonera caía en picada, ya desde 2013 que empezó a construir un tinglado en un terrero que tenía en Oliden. “Y en 2015 me arte, levanté las cosas y me vine a lo que fue “El Encuentro”, un bar que estuvo 15 años cerrado justo enfrente a la Panadería que vienen todos. Un lugar estratégico porque todos pasan a la madrugada y durante la mañana a comprar el pan. “No sabés el desastre que era esto”, dice y señala el negocio que con mucho laburo y la ayuda de algunos amigos acomodó y hace dos años que puso a rodar. Y le piden de todo: desde un tornillito hasta algo para la casa, artículos de electricidad, sanitarios, para arreglos de molino, y la lista sigue. Eso, lo complementa con arreglos como los de la moto que ahora está probando y la reparación de equipos electrógenos y diversas maquinarias que se amontonan bajo lonas en el “taller al aire libre” que tiene en el fondo.

Según el Censo del Indec en 2010 viven 183 habitantes, un 20 % más que en 2001 cuando había 152. Gustavo aporta a la estadística pero en realidad ama volver a los recuerdos de su infancia y destaca una cultura del pueblo que ya se ha perdido. Y revela una cuestión de códigos: “Acá el favor te lo pagan, no te pueden quedar debiendo. Las gauchadas se devuelven con atenciones como un pollo, una botella de vino que te traen la gente que viene una vez por semana de los campos. Acá el horario lo maneja el sol y el día. Puede estar atendiendo un feriado a las 22 hs, y sabe que a la hora de la siesta o los días de lluvia no anda nadie. También que llegan los diarios en el 307 letra F de las 6 de la mañana, y que los fines de semana está ese servicio de transporte y otro -p’ara regresar- a las 19. En la semana la frecuencia mejora con por lo menos 6 los micros.

La puerta de la ferretería está prácticamente siempre abierta. Y entre tanto arreglo y venta del negocio confiesa que al principio temía que no lo aceptaran pese a su pasado de familia con campo en la zona. “Gracias a dios me recibieron muy bien, enseguida con pude hacer amigos y esto ya es un lugar de encuentro, me ayudaron mucho los chicos, que hay una escuela secundaria muy grande a la que muchos llegan después de hacer 12 o 15 kilómetros en moto o a caballo, aunque usted no lo crea.

Es que Gustavo ya es uno más, le encanta que los pibes tengan como principales actividades ir a cazar o a pescar; jugar al fútbol los domingos y organizar alguna salida en auto a bailar o algún asado los fines de semana. “Acá que puse el wi fi libre y vienen a boludear con el teléfono, se juntan. Nos ponemos a jugar al tenis o al vóley en la puerta y siempre hay alguno dando vuelta - se entusiasma Acá, los chicos al principio hablan como grandes, tienen otras obligaciones que lo de la ciudad, ya que la mayoría vuelve a trabajar a su casa en el campo. No es que no sean chicos, el niño está ahí, pero los tienen bien adentro, les va saliendo de a poco”.

Eso si. Gustavo extraña hacer deporte, su grupo de Paddle y de vóley. También ver los amigos después del horario del trabajo. Pero se desquita cuando vuelve por los encargues de mercadería semanal ve a sus hijas Carolina (20) y Julieta (25) en Tolosa y a su mamá Gloria, que acaba de cumplir 80 años.

Ya está por caer la noche y no cierra la puerta. Tiene una campana que la escucha desde 300 metros en la obra en la que está construyendo su casa y el nuevo local. Gustavo escucha el sonido y tranquilo camina para atender al cliente. Acá se manejan otros códigos, y tiempos rurales.

 

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