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23.6.2017

La llama de Grecia, que no deja de arder

Vigencia de la fusión cultural de La Plata, Berisso y Ensenada con el universo griego. La integración y la nostalgia de los inmigrantes. Testimonios de Rafael Oteriño y Jorge Anagnostópulos. El legado de Horacio Castillo

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Por MARCELO ORTALE

Un antiguo mito dice que Dios terminaba de crear el mundo y que, cuando creyó concluida la obra, descubrió que le habían sobrado algunas piedras. Volvió a mirar unos instantes a la Tierra y encontró en ella un mar azul y muy bello. Entonces decidió arrojar esas piedras sobre aquel mar y así fue que nació Grecia junto al Mediterráneo.

De esas piedras acumuladas en un mar azul llegarían a nuestra región, a principios del siglo pasado, los primeros griegos que se nuclearon en la colectividad de Berisso, la más antigua asociación helénica de Sudamérica. Pero antes del bullicio humano que desembarcó enriquecido por hermosos bailes y cantos- había llegado, claro está, la Grecia sustantiva y sembradora de conceptos y formas. La Grecia generosa que regaló su filosofía, su humanismo, su arquitectura, su música, su poesía a todas las civilizaciones.

A poco de ser fundada se hablaba de La Plata como de una nueva Atenas. La rápida opción de los fundadores a favor de crear una ciudad universitaria, dedicada al conocimiento, al cultivo de las ciencias duras y de las humanísticas, basado fundamentalmente en la cultura griega, había consolidado esa idea. Los nombres de Sócrates, Platón, Aristóteles, Pitágoras, Homero, Arquímedes, Thales de Mileto o Hipócrates se hicieron familiares en las aulas universitarias y escolares de nuestra ciudad.

Los paralelismos y semejanzas, los acercamientos al helenismo nunca dejaron de existir en nuestra zona. Los griegos nativos que llegaron a Berisso se integraron rápidamente a la nueva patria, sin dejar de organizarse entre ellos. Sin embargo, debió ser un bar ensenadense -el de Nicolás Kalipolitis- el ágora que los reunió por primera vez el 16 de agosto de 1910 para cumplir con el propósito de trabajar en beneficio de la comunidad, y esa es la fecha que la Colectividad Helénica y Platón ha tomado como fundacional de la entidad.

Así entiende el poeta platense, Rafael Oteriño, una integración que aún persiste: “Grecia está muy lejos de la Argentina, pero muy cerca del corazón de los platenses. Para llegar a Grecia no hay vuelos directos, y entre el arribo a alguna capital europea, las consiguientes esperas, aduanas y trasbordos, hasta la llegada final a Atenas, su capital y puerta de entrada, pueden pasar más de veinticuatro horas. Un ininterrumpido día de viaje, pero lo vale. Cuando uno pisa la ciudad de Sócrates y de Pericles, descubre con unción que nada de lo que tiene ante sus ojos le es del todo desconocido, comenzando por la Acrópolis y el Partenón que la custodian desde lo alto”.

Añade que “incluso, la arquitectura civil contemporánea, con sus fachadas encaladas o de símil piedra, sus ventanas con postigos y zaguanes entreabiertos, adornados con malvones y Santa Ritas, recuerdan la edificación doméstica platense de las primeras décadas del siglo XX que, provinciana igual que Atenas, aún subsiste. A su vez, los edificios públicos –tanto las ruinas célebres como aquellos de fecha posterior que albergan la sede de los poderes y principales museos- guardan sorprendente semejanza con la de nuestros edificios públicos más emblemáticos: el Museo de Ciencias Naturales, en primer lugar. Sólo que en éstos puede observarse algún mayor eclecticismo, aunque siempre dentro un marco de cuño renacentista. Esto es, de indisimulado sabor griego. Sus frontis, metopas, triglifos, acanaladuras, simetrías y paralelismos, establecen un auténtico diálogo que habla de una aristotélica perennidad de las formas”.

PRESENCIAS SINGULARES

Oteriño reseñó luego la irradiación helenística del Colegio Nacional –”nuestro Partenón en pleno bosque”- y la bonhomía del profesor de historia del arte, Estanislao de Urraza, que sacaba a los alumnos a recorrer las calles para reconocer los estilos clásicos de los edificios, sin dejar de aludir a expresas presencias griegas como la del conjunto escultórico Laooconte y la vida siempre activa de la Colectividad Helénica y Platón en Berisso.

“En cuanto a otras imágenes de neto perfil griego que poblaron nuestra ciudad, quiero recordar dos muy singulares que me llegan desde la infancia. Una es un comercio que ya no existe, próximo a los cines, cuyo nombre era “Salónica” (alusión a la capital de la región de Macedonia e importante puerto del Egeo). Lo atendía un hombre adusto que se encontraba siempre de pie detrás de una vitrina encristalada, preparando en bolsitas de celofán los caramelos que llevaríamos a la función de la tarde. La otra es un puesto móvil de golosinas –caja cuadrada empujada por una bicicleta de dos ruedas frontales y una trasera de tracción- emplazado en la puerta de la escuela primaria. Su dueño se llamaba Karides, era robusto, algo calvo, y estaba enfundado en un delantal blanco no demasiado distinto del que vestíamos sus ruidosos clientes. Ambos eran griegos y su lengua pétrea sonaba como una música indisolublemente unida al sabor y color de las delicias que vendían. La palabra extranjero no existía en nuestro vocabulario, y en las cabezas todavía vírgenes, el gentilicio griego estaba sólo limitado a esos dos hombres y al rapsoda ciego de nombre Homero”.

En la literatura platense existen varias presencias griegas o fuertemente influenciadas por la cultura helénica. Acaso la más enigmática –la más exótica, también- fue la de un comerciante griego, Pericles Siafás, que publicó una obra de teatro (inhallable en estos días, más que agotada extinguida), llamada “Seamos fieles al amor”, en la que dialogan como si fueran contemporáneos Platón, Mozart, Beethoven, científicos, sabios y algunos próceres de nuestra de la historia.

Entre tantos otros, merece memoria el novelista Andrés Homero Atanasiú, que, tal como se dijo, se preocupaba casi obsesivamente de la pulcritud de su prosa y poesía, de lo cual hacía todo un estilo. Propuso siempre una narrativa de fuerte contenido reflexivo. Había nacido el 7 de enero de 1925 en Ensenada, donde vivió su juventud en un hogar de artistas. Su hermano menor, Héctor -muerto prematuramente-, fue un talentoso dramaturgo; Pablo, su hermano mayor, un destacado poeta ensenadense. Atanasiú, profesor de letras, fue uno de los que introdujo a Kazantzakis en La Plata.

En la actualidad, la llama de la literatura griega arde en los libros del berissense Jorge Anagnostópulos, autor de “Cartas griegas” (2009); “El viaje de los días” (2012) y “La moneda del tiempo” (2014). La presencia de Grecia, el país de sus padres, es intensa. Escribe una narración sobre la muerte de su madre en el hogar de Berisso, en la que ésta, ya agonizante y tomándolo de la mano, le dice: “Pienso en viajar, quiero ir a Grecia, quiero ver a mi madre. Hace tanto tiempo que no la veo...Querido Jorge, debo viajar sola. ¿Te molesta esto? No puedo llevarte...”. Ella muere “y el silencio profundo me envolvía. La muerte era respetuosa y magnífica. Y sentí la belleza en los versos que el ciego poeta me revelara sobre el instante último de otro griego, Sócrates: Y la muerte azul le subió de los pies a la cabeza”.

En uno de sus libros, Anagnostópulos dice: “Todos somos Odiseo, el hijo dilecto imaginado por Homero regresando a Itaca, al íntimo hogar”.

“Nostos” es palabra amada de los griegos: quiere decir nostalgia. Pero esa nostalgia se ha transmitido un poco a los habitantes de todos los países. La influencia de Grecia no es sólo intelectual. Anagnostópulos rescata ejemplos literarios de esa nostalgia por Grecia. La detecta en esta frase de Eduardo Gudiño Kieffer: “En Grecia la belleza es obligatoria y es bello todo lo que se ilumina desde adentro; es bello el tuerto cuando sonríe, es bello el desdentado cuando sonríe, son bellas las arrugas del viejo que sonríe y es bella la fealdad del feo que sonríe. También es obligatoria la buena fe”.

HORACIO CASTILLO

Pero en la historia común nadie fue tan griego y platense como Horacio Castillo, poeta consagrado, traductor de los autores griegos contemporáneos más conocidos y, a la vez, periodista durante muchos años en la redacción de El Día. Su aporte fue tan relevante que en 2011 la embajada de Grecia le rindió homenaje, en un acto al que asistieron principales figuras de la literatura argentina.

El embajador griego Michael B. Christides reseñó con emoción la circunstancia en que él se encontró con la obra poética de Castillo y, muy particularmente, la amistosa relación que trabó con el homenajeado.

Castillo publicó los libros de poesía Descripción (1971); Materia acre (1974); Tuerto rey (1982); Alaska (1993), y Los gatos de la Acrópolis(1998), así como varios volúmenes de traducciones del griego: Epigramas de Calímaco (1979), Poemas (de Odysseas Elytis, 1982), María la Nube (también de Elytis, en colaboración con Nina Anghelidis, 1986), Romiosini (de Yannis Ritsos, 1988) y Poesía griega moderna (más de treinta poetas griegos, de Costantino Kavafis a las nuevas promociones, 1997). Prologó los libros Páginas de Alberto Girri seleccionadas por el autor (1983) y Aldea millonaria (de Enrique Loncán, 1994); fue autor, además, de la biografía Ricardo Rojas (1999). Entre otros galardones obtuvo el Premio Nacional, Región Buenos Aires (1978), y el premio Consagración de la Sociedad de Escritores de la provincia de Buenos Aires (1983) y el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes en Traducción Literaria.

Uno de sus poemas más memorables –que tiene, por cierto, referencias helenísticas- es el que se titula “Anquises sobre los hombros” y dice así: “Todos llevamos, como Eneas, a nuestro padre sobre los hombros./ Débiles aún, su peso nos impide la marcha, / pero luego se vuelve cada vez más liviano,/ hasta que un día deja de sentirse/ y advertimos que ha muerto./ Entonces lo abandonamos para siempre/ en un recodo del camino/ y trepamos a los hombros de nuestro hijo”.

 

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