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18.11.2017

Vivir de lo que uno ama

Ezequiel necesita ganar tiempo. Ana quiere darle espacio a sus inquietudes artísticas. María siente que el trabajo no es lo único que la define. Santiago busca salir del lugar seguro para crear. Los cuatro tienen algo en común, sus trabajos los frustran y decidieron ir en contra de lo que indica el sentido común de sus profesiones. Cerraron los ojos, respiraron profundo y saltaron

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Por VERONICA LISO

Que levante la mano el que está frustrado con su trabajo. El que estudió seis años o más y hoy siente que el futuro ya llegó, y lo aburre. Que levante la mano el que se quedó sin tiempo porque va de la cama al trabajo y del trabajo a la cama. El que mira a sus colegas más grandes y sabe que no quiere terminar así.

TIEMPO PARA VIVIR

Cuando Ezequiel Vergagni era chico quería ser presidente o astronauta. Al final, se decidió por la Economía y se recibió de Licenciado en el 2014. Mientras estudiaba, echaron a su papá del lugar en el que trabajó 38 años sin ninguna explicación y él consiguió trabajo en el call center de ARBA.

Cuando terminó la carrera, entró en una pyme de perfiles de acero en Capital. El sueldo no era bueno y el trabajo no estaba relacionado con lo que había estudiado, la mayor parte del tiempo estaba atrapado con un Excel. Tampoco tenía posibilidades de crecimiento.

Pero el verdadero detonante de Ezequiel fueron los viajes. De lunes a viernes salía de su casa a las seis de la mañana y volvía a las ocho de la noche. “Tenía que esperar en el micro, después el subte, era mucha pérdida de tiempo. Además las caras largas de la gente te sacan energía”, recuerda.

Una vez al mes, el colectivo dejaba de funcionar en medio de la autopista. A la vuelta le tocaba viajar parado. Cuando aterrizaba en La Plata se iba a nadar y recién veía a su familia a las once de la noche. “No me quedaba tiempo, era frustrante”, repite el economista de 26 años. Así estuvo un año y medio.

Arrancó con Ecoanuncio, su propio emprendimiento, junto a un amigo en 2014. El socio de Ezequiel trajo la idea de un viaje a España. La idea consistía en ofrecer una nueva manera de marketing directo a través de una bolsa de papel con quince espacios publicitarios que se repartían en comercios segmentados según los anunciantes. La idea fuerza era disminuir el impacto ambiental de las bolsas plásticas y la folletería.

Mientras Ezequiel iba y volvía de capital todos los días empezó a estudiar cómo podía poner en práctica la idea, ¿cómo sería la marca?, ¿cómo venderla?

Con su socio se acercaron a Usina de Ideas que funciona en la Facultad de Ciencias Económicas. Un espacio de trabajo colaborativo e interdisciplinario para el desarrollo emprendedor universitario con apoyo de mentores, consultores. Así aprendieron cómo darle una dimensión comercial a su emprendimiento. En agosto de ese año sacaron su primera bolsa. Pero como Ezequiel seguía trabajando, no tenía tiempo para ir a visitar clientes, lo que es clave a la hora de desarrollar un negocio propio.

“No cargo con ninguna responsabilidad: no tengo hijos, ni pago alquiler. Me puedo arriesgar”, pensó. Renunció a su trabajo en Capital, instaló su sala de operaciones en el quincho de su casa y apostó todo. Hoy su negocio creció tanto que lo llaman de otras ciudades para abrir una franquicia.

El cambio le dio miedo. “Soy economista y me voy a hacer publicidad en bolsas, no tiene mucha lógica”, pensó en ese momento. “Pero hoy en día nada tiene lógica y si querés llegar a hacer algo diferente tenés que hacer cosas diferentes”, dice.

“Es amor por la vida, la poesía y la pintura entrelazadas en verde síntesis. Es la obra de las manos reutilizando materiales nobles. Es regalaar a alguien especial un concepto que trasciende lo material”

SALIR DEL LUGAR SEGURO PARA CREAR

“El emprendedurismo en La Plata crece de forma abismal”, dice Santiago Salgado, uno de los hacedores de Usina de Ideas, el espacio impulsado por la Universidad Nacional de La Plata que busca apuntalar a los emprendedores platenses. “Hay organizaciones muy grandes que apuestan a empresas que de acá a un año van a valer más de un millón. A mí me interesa ayudar al flaco que quiere arrancar algo porque ama eso”, dice el Licenciado en Administración de 33 años.

“El 95 por ciento de los emprendimientos fracasa en cinco años”, sentencia Santiago y aclara que “en la medida en que vos puedas ayudar a que ese número baje, hacés un cambio sustancial: tenemos menos gente que la pasa mal, que llena la heladera con lo que le gusta y menos gente que perdió y se frustró”.

Santiago sabe de qué se trata cambiar el rumbo. Después de recibirse trabajaba en la empresa familiar, estaba tranquilo, estable, y entonces, dejó todo para crear su propio emprendimiento. Con dos amigos iniciaron Wagon, locales en los que se puede comprar todo lo necesario para una cena, una juntada con amigos, o una fiesta en tres minutos sin bajarse del auto.

Santiago salió de la comodidad porque le faltaba crear. “Si uno sigue siempre en la industria, en sectores de la economía que están muy establecidos, no existe innovación. No existe pensar distinto, no existe repensar las cosas que hacemos”, dice Santiago y se nota que podría pasar horas hablando sobre este tema.

Cuando crearon Wagon tenían trabajos estables. Uno de ellos renunció para dedicarse tiempo completo al emprendimiento. Los otros dos armaron un pozo con sus sueldos, y con eso se mantenían los tres. “En La Plata, no somos tantos habitantes y tenemos una Universidad muy grande. La cantidad de gente capacitada que hay en esta ciudad, con un título y que tiene búsquedas sumado a que no hay grandes empleadores, puede influir a este boom de nuevos emprendedores”, dice.

¿A qué estás dispuesto a renunciar?, ¿Qué estás preparado a resignar? En Capital hay buenos trabajos. Pero ¿estás dispuesto a dejar cuatro horas de tu día en transporte? Santiago se pregunta en voz alta y cuenta: “tengo amigos que ganan cuatro veces más pero yo ni en pedo pierdo cuatro horas por día en viaje. Prefiero vivir con menos pero hacer lo que me gusta y en mi ciudad”, dice.

EL TRABAJO NO ES TODO LO QUE SOY

María Pagola, Licenciada en Comunicación Social y Locutora, fue conductora de noticiero y movilera, siempre en televisión. Era lo que menos le interesaba de la profesión pero las cosas se le fueron dando así: el primer trabajo condicionó su recorrido profesional. Hoy detrás del mostrador de un negocio de souvenirs en Dinamarca, se pregunta, “¿si a mí no me gustaba la tele para qué me metí a laburar en eso?”.

“Nunca trabajé en blanco y tuve cinco laburos distintos. Además sólo tenía quince días de vacaciones y me los daban sí o sí en enero”, cuenta María que de chica cuando soplaba las velitas de cumpleaños siempre pedía el mismo deseo: conocer el mundo.

“Un día me di cuenta de que a pesar de que amo la profesión que elegí, el trabajo no es todo lo que soy”, dice la comunicadora de 28 años. Había muchas cosas que le interesaban y no las podía hacer por sus condiciones laborales. Una de esas cosas era viajar.

“A mí lo único que me ata sos vos, cuando te decidas nos vamos”, le dijo un día a su novio. Él, al principio, le dijo que quería recibirse, pero cuando se decidió vendieron todo lo que tenían, sacaron los pasajes y se fueron.

Ni bien tomaron la decisión, vino el miedo: qué iban a hacer allá. Alguien les comentó que había unas visas accesibles para poder trabajar en Francia. Se hicieron un currículum en francés con Google Translator para cultivar uvas. No los contrató nadie. Ahí fue que pensaron en comprar una cámara Polaroid y vender fotos en las playas o en los lugares turísticos. Con las fotos lograron mantenerse un año.

Salieron de Argentina en abril del 2016 recorrieron 28 países y hace tres meses se establecieron en Dinamarca, al menos por un tiempo, porque viajar tanto los terminó agotando. María dice que viajar la ayudó a relativizar un poco las cosas, a preguntarse más seguido ¿qué puede ser tan grave?

“A veces me planteo: puta estuviste estudiando seis años y ahora vendés souvenirs”, cuenta.

“Somos una generación que se animó a poner en jaque el libreto: estudiar, formar una familia, comprarte un auto y tener tu casa”, dice y piensa, “quizás estamos empezando a crear un nuevo libreto”.

“Un día me di cuenta de que a pesar de que amo la profesión que elegí, el trabajo no es todo lo que soy”

UNA GALLETA CHINA DEFINIO SU DESTINO

Ana tenía 16 años cuando preguntó en la intendencia del Museo de Ciencias Naturales de La Plata si la podían asesorar con los insectos que venía clasificando en unas cajas. De chica jugaba a germinar plantas y esperaba con ganas las idas a Saladillo, el pueblo natal de sus padres, para visitar el campo de sus primos.

La llevaron con la Directora de Entomología del Museo. Se acuerda que le mostró varios libros y la colección privada de insectos, esa que los investigadores tienen reservada para el estudio. Ana que venía recolectando bichos y clasificándolos con la ayuda de los libros que encontraba en la biblioteca, estaba feliz.

Al año siguiente, el último de secundaria, Ana empezó a ir todos los viernes al Museo para saciar sus ansias de conocimiento con los mejores investigadores. Estaba tan fascinada con ese mundo que se empecinó en hacer su trabajo final de Metodología de la Investigación sobre insectos. Parecía imposible encontrarle una vuelta social a una cuestión tan científica pero lo logró con la ayuda de sus nuevos amigos en el Museo.

Ana sonríe con toda la cara, se acomoda los anteojos, y habla suave tomándose tiempo para pensar. Tardó diez años en recibirse de Licenciada en Biología y cuando lo hizo tenía uno de los mejores promedios de su Facultad. Escribió artículos académicos, participó de congresos, todo empujaba para que siguiera su camino como investigadora.

Pero sabía que le faltaba algo. Sus inquietudes artísticas quedaban afuera de su carrera académica. Había combinado el estudio y la investigación con clases de danzas, escritura, fotografía y artes plásticas. Se dio cuenta que necesitaba otro aire. Sus compañeros del Museo, su segunda familia, no la entendían. En medio de esa crisis, una galleta china definió su destino: “dejate llevar por la imaginación”, decía. Como se acercaba la navidad se le ocurrió hacer regalos mezclando biología y arte.

Así nació en Verde Palpitar un emprendimiento de obsequios sustentables que mezcla las dos pasiones de Ana. “Es amor por la vida, la poesía y la pintura entrelazadas en verde síntesis. Es la obra de las manos reutilizando materiales nobles. Es regalar a alguien especial un concepto que trasciende lo material”, define en su página de Facebook.

Ana está por cumplir 32 años, la edad límite para ser becario en el Conicet. “Estoy aprendiendo a amigarme con la incertidumbre”, dice mientras se imagina otros proyectos para emprender. Un poco científica. Otro poco, artista. Pero sobre todas las cosas, feliz.

 

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