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15.12.2017
Tendencias

Cómo salvar a la TV

La salida del aire de “Fanny la fan” provocó un nuevo debate sobre el presente de la ficción nacional. Autores, actores, productores y especialistas opinan sobre la crisis y brindan algunas soluciones posibles

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“Hay dos cosas que la humanidad consume durante la mayor parte del día: primero, el aire; segundo, el entretenimiento, que se consume cuatro horas por día”: la frase pertenece a Jorge Maestro, autor junto a Sergio Vainman de algunas de las tiras televisivas que marcaron una época como “La Banda del Golden Rockett”, “Amigovios” o “Montaña Rusa”.

Sin embargo, según indican la cantidad de ficciones locales al aire y comrpueban las discutidas las cifras de rating, esas cuatro horas de entretenimiento promedio se lo llevan, cada vez más, las ficciones de otros países. Y las razones, para Pablo Lago, autor de “La Leona”, son claras.

“La ficción argentina no ha sabido captar al espectador. Es verdad que hay un traslado del espectador a las nuevas plataformas, pero no hemos encontrado el modo de ofrecer ficciones que estén a la altura”, explica, y no se conforma con la explicación “generacional”.

“A los productos les falta algo que la audiencia busca”, opina, y afirma que ciertos vicios de la ficción local están causando la muerte prematura de las tiras locales. Enumera “la repetición de fórmulas, los mismos actores en todas las series, escenografías de cartón pintado... Si vos tenés espectadores que están viendo en Netflix ficciones de Inglaterra, Suecia, con escenarios reales, y nosotros le seguimos dando decorados de cartón pintado, todo en casas u oficinas, estamos al horno”, dice cándido.

“La creatividad y la toma de riesgo”, dice, son el camino, hoy ausente por el temor de los productores de contenido a tomar riesgos (cuando se produce menos cantidad de ficciones con menos dinero, el riesgo de cada apuesta aumenta), y también explica que es importante para competir con los millonarios presupuestos de las grandes industrias hoy instaladas en el living a través de las plataformas on demand “comenzar a explorar variantes” como las miniseries, “con una producción más contenida, un cuento más concentrado pero al que le podés dedicar más tiempo, más trabajo, y una calidad que esté a la altura de producciones internacionales”.

NUEVO CONSUMIDOR

Para Ramiro San Honorio, sin embargo, el problema de los contenidos y las formas es más profundo: eso que no han podido comprender las ficciones locales sobre los nuevos espectadores es un cambio en la forma de consumo.

Autor de series como “El Paraíso”, es también “script doctor” y especialista en nuevos medios, enseñando desde 2010 un curso sobre cómo escribir para los medios del futuro. “Tenemos autores de gran trayectoria, pero estamos un poco relegados en ciertos niveles de capacitación a nivel narrativo. En primer lugar porque al guión no se le da mucho peso, y las producciones van al poco riesgo: se piensa que lo que ya funcionó va a seguir funcionando”, afirma San Honorio, para quien la era de la vieja televisión y las viejas fórmulas ha terminado: “Ahora estamos en una nueva era que es el hipertexto, interactivo, donde el espectador empieza a jugar con lo que le impone el autor. El cambio ya está, hay que entender que las nuevas generaciones no se conforman con el relato lineal”, explica, y se queja por la falta de lugar en la nueva TV para nuevos autores y cambios.

San Honorio señala también cambios en los hábitos, como el consumo maratónico, servido al espectador sin horarios físicos, motivo por el cual toda una generación “ya no ve televisión porque nació con otra propuesta”, y razón por la cual desde HBO a Telefé son numerosas las señales que están volcando sus contenidos a plataformas a la carta.

¿La TV, entonces, se muere? Mientras que San Honorio opina que persistirá “para el vivo” y que “la ficción va a migrar a otras plataformas donde la comodidad es mucho mayor que la de la emisión diaria”, Gastón Portal, siempre apocalíptico, volvió a lanzar hace algunos días su tradicional advertencia: “La televisión de aire tiene fecha de vencimiento. Tengo una visión bastante oscura en cuanto al futuro porque lo que está cambiando es que las nuevas generaciones ya no ven televisión de aire”, dijo el productor.

EL PROBLEMA DE LA MEDICION

Pero para Maestro no es así: “Puede ser que en Holanda la televisión de aire se esté muriendo, pero no en Argentina: aquí no tienen acceso técnico para poder acceder a las plataformas de internet”, explica el autor.

“¿El público argentino es el público de Capital y el Gran Buenos Aires, que es el que mide Ibope? ¿Es el que tiene Netflix, que es minoritario? La realidad de la internet en Argentina es tan frágil que no llega a cubrir las necesidades de velocidad para que todo el mundo acceda a la plataformas”, opina Maestro, crítico con el sistema de rating sobre el que se rige la mayoría de las decisiones de los productores de la TV.

Esta falsa percepción de lo que se ve y lo que se deja de ver “se está viendo con ‘Fanny la fan’, que no tuvo el mejor número de rating pero explota en la red”, adhiere Lago, que coincide con varios actores del medio en que “así como cambia la forma en el visionado debería cambiar la forma de medición”, adoptando como en otros países una medición extendida en el tiempo (tres días, por ejemplo) y sumando la audiencia en las plataformas online.

Porque el rating de Ibope, opina San Honorio, “no es un parámetro”: el método utilizado (se mide con algunos aparatos colocados en casas de Capital y Gran Buenos Aires y a través de encuestas telefónicas) “no tiene veracidad”, dice. “El logaritmo es más honesto, te da en horario, minuto, la computadora de donde salió: datos mucho más fieles que una consultora telefónica, algo que es inadmisible”, explica, citando los gruesos errores en las últimas encuestas electorales alrededor del mundo.

“Incluso si yo fuera auspiciante prefiero ese hecho fáctico y no esa estadística que ha tenido millones de críticas: Ibope daba un número y salías a la calle y todo el mundo hablaba de ese programa. Las consultoras no agarran una a nivel internacional, con campañas políticas, le pifian a todas, ¿no le van a pifiar a un programa de televisión?”, agrega entre risas, y describe al sistema como “obsoleto”.

Marcelo Camaño, guionista de “Resistiré” y “Montecristo”, va más allá: “La empresa que mide el rating es monopólica y se sabe que tiene un acuerdo con un par de medios. Desde ahí ya no puedo confiar en ningún dato. Es mentirosa, cínica y perversa”, dispara.

Con tantas dudas sobre el sistema de medición, Jorge Maestro se permite dudar de la crisis de audiencia de las ficciones locales: “No sé si el público está dejando de ver ficción nacional: hubo hasta hace muy poco dos ficciones locales, una fue levantada del aire porque el público no la vio, pero la otro la están viendo. La pregunta”, dice entonces, “es por qué la industria nacional deja de producir ficción”.

EL ROL DEL ESTADO

Porque para Maestro, la rentabilidad de la ficción está fuera de discusión. “Es un buen negocio producir ficción, mucho mejor que vender productos para piojos en un programa de chimentos”, explica, pero afirma que en la industria “se prefiere hacer un negocio a corto plazo”, pensando antes en el avance del interés económico propio que en el futuro de la televisión, comprando, por ejemplo, ficciones de afuera, de inversión mínima (5 mil dólares por hora, mientras que producir una ficción puede costar diez veces más) y similar rédito en cuanto a la publicidad.

Argentina tiene que pensar, dice Maestro, en volver a exportar ficción, aunque el rédito sea a largo plazo, pero, además, afirma que se está dejando de lado en este debate “una cuestión de responsabilidad social: los propietarios de los canales no son propietarios del espectro radioeléctrico, que es del Estado. Los propietarios tienen licitada por una cantidad de años las ondas, pero tienen la obligación de tener cierto equilibrio entre los buenos negocios y la responsabilidad social”.

Esta responsabilidad social está de hecho determinada por la Ley de Medios (que establece un mínimo del 60% de producción nacional y un mínimo del 30% de producción propia) aunque, señala la actriz Julieta Díaz, “la ley habla de producción nacional, no de ficción nacional, y entonces los canales no tienen responsabilidad de tener ficción”. Y, mientras se debate la Ley de Convergencia (que reemplazará a la actual norma) nunca se terminó de cumplir la cuota de pantalla, dice San Honorio: “Había canales como Canal 9 que mantuvo la programación con enlatados y con un solo programa nacional, ‘Bendita’”.

La cuota de pantalla es necesaria para “proteger el trabajo y sostener en pantalla la idiosincrasia nacional”, agrega Lago, y Camaño relata la experiencia de Brasil: “La ley Dilma para los canales de cable ha sido muy positiva en Brasil, estalló la producción independiente por la cantidad de horas que debían cumplir. El Estado debe regular, debe ser agresivo en ese aspecto, debe dejar de lado a las grandes empresas y ayudar a las Pymes productoras, debe abrir el mercado, incorporar nuevos jugadores. La TV Pública debe ser un generador nato, el resto de los canales de aire debe recuperar sus viejos horarios de ficción”.

No se trata, coinciden Díaz y Maestro, de que en la TV local se vean solo productos argentinos, pero sí que se favorezca la producción local. Una de las propuestas defendidas por varios de los miembros de la industria consultados es la implementación de un impuesto a las producciones extranjeras: “Ese dinero se podría volcar a la producción local para producir cuentos propios”, dice Lago.

Un impuesto podría alentar no sólo un crecimiento en la apuesta por la producción propia, sino también colocar un arancel a la falta de riesgos en las decisiones empresariales, que han alejado a la audiencia más joven de la pantalla chica y han provocado que la pantalla se pueble de “enlatados”.

Jorgelina Aruzzi fue incluso más allá y argumentó que además de un impuesto a lo extranjero, “hay que regular Internet, porque todo esto se mueve hacia un espacio sin impuestos”: pero el mundo de la internet, afirma San Honorio, parece lejos de la esfera de preocupaciones de los productores locales, al punto que “creen que tirar una ficción a la papelera de reciclaje es arrojarla a internet (como hizo Telefé con “Fanny la fan”) y están muy confundidos”.

Internet ofrece hoy, de hecho, la principal competencia para la televisión, una pantalla a la que, si bien como explica Maestro, todavía no hay un acceso masivo, es el futuro: y el futuro trae ficciones de grandes industrias, realizadas con grandes presupuestos. Para competir, parecen coincidir todos, es necesaria la subvención estatal.

Pero, explica el autor de “Montaña Rusa”, una subvención responsable, “un negocio”, apostando a la exportación de la ficción a largo plazo, algo diferente a lo que sucedió “durante los 15 años que se subvencionó la producción (por el INCAA): salvo dos o tres programas aislados, no trascendieron la frontera”, dice, y se pregunta para qué sirvió subvencionar esta industria: ¿Sirvió para el consumo interno? Tampoco”.

En aquella tendencia Maestro ve una actitud similar a la actual: los proyectos culturales son a largo plazo y no se busca un beneficio para el país sino para el bolsillo propio. “¿Por qué no se defiende la forestación, por qué se apuesta a la soja? ¿Por qué no se defiende la industria o la moneda nacional, o el territorio nacional? Se trata de hacer la mayor cantidad de plata en el menor tiempo posible, el ‘negocio rápido’. Nos ponemos la camiseta de Argentina cuando jugamos el Mundial, pero a la hora de cuidar nuestra soberanía cultural nos interesa más el bolsillo”.

 

 

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