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16.12.2017

¿Las imágenes al poder?

El dilema entre la nueva tecnología digital y las palabras. El caso arquetípico presentado por Kosinski en su novela “Desde el jardín”. La decisión adoptada por investigadores de Silicon Valley

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Por MARCELO ORTALE

Nadie supo quién era en realidad Chance Gardiner, que había llegado a los más altos puestos cerca del presidente de los Estados Unidos. Este último, sin embargo, algo sospecha y le pide a sus colaboradores que busquen datos sobre su principal asesor. “Señor Presidente –le informa un funcionario- mucho me temo que nuestros temores iniciales hayan quedado confirmados. No hay ningún testimonio del nacimiento de este hombre, ni de sus padres, ni de su familia...”

El personaje de esta novela –pues de eso se trata, de la muy exitosa novela “Desde el jardín” que en los 70 escribió el polaco Jerzy Kosinski- se llama Chance Gardiner y se trata de un don nadie, un analfabeto que sólo conoce algo de jardinería y que se pasa el día mirando televisión. Sin embargo, por una increíble suma de causalidades, se convierte de pronto en una suerte de gurú de la sociedad más desarrollada del planeta.

Como de lo único que entiende Chance es de plantas y de televisión, todo lo que expresa lo hace girar sobre palabras y argumentos extraídos del reino vegetal o de las pantallas de TV, pero en esta debilidad residirá su fortaleza. El personaje trabaja para el Anciano, un hombre influyente en el país. A las reuniones en la casa del Anciano suele asistir el Presidente, ya anoticiado de la extraña “sabiduría” de Chance, a quien de pronto le pregunta: “Y usted, señor Gardiner, ¿qué opina de la mala época que atraviesa la Calle?” (en alusión a Wall Street). Chance se estremece un poco, vacila y finalmente le responde: “En todo jardín hay una época de crecimiento. Existen la primavera y el verano, pero también la primavera y el otoño. Mientras no se hayan seccionado las raíces todo está bien y seguirá estando bien”.

El Presidente medita y le comenta: “Debo reconocer, señor Gardiner, que hace mucho, mucho tiempo que no escucho una observación tan alentadora y optimista como la que acaba de hacer”. Así empieza la increíble escalada política de Gardiner.

La múltiple trama que arma Kosinski –que incluye por igual a los protagonistas secundarios de la novela y a los lectores- se ve enriquecida por el hecho de que los enigmas que plantea este argumento se mantienen hasta hoy abiertos.

¿Qué es lo que quiso reflejar Kosinski? ¿Qué las sociedades consumistas admiten fácilmente la superficialidad y el absurdo? ¿Qué para estructurar la figura de un político es más importante la imagen los conceptos? ¿Qué la sociedad formada por ese fenómeno que Mc Luham sintetizó como “galaxia Gútenberg”, es decir, por la imprenta, le cedió para siempre su lugar al nuevo universo audiovisual? Los críticos dicen que Kosinski buscó todo eso, en una novela en donde el lector nunca sabe si el discurso está más cerca de la piedad o de la crueldad.

Como se sabe, la novela fue llevada al cine en los 70 con una película en la que Peter Sellers interpretó en forma magistral al jardinero que respondía con sus metáforas jardineras o televisivas a una sociedad que primero lo interrogaba y luego lo consagró, asignándole, cada uno de sus circunstanciales oyentes, contenidos que Chance Gardiner ignoraba.

LA POLITICA

La política se ha llenado de consultores de imágenes, más seguramente que los que se ocupan de los contenidos. Los candidatos ya no van más a los palcos a contar en detalle sus programas de gobierno. Porque tampoco se caracterizan por sus conocimientos. Van, básicamente, a mostrar sus imágenes. Y muchos de ellos, si pudieran quedarse callados todo el tiempo lo harían.

Chance Gardiner se convirtió en arquetipo. La política se acercó al show desde hace muchos años. Todo es posible: un candidato político puede ofrecerse hoy a los electores por televisión repitiendo una sola palabra. Ocurre este año y no lejos de acá.

En 2015 el periodista Héctor Guyot escribió en el diario La Nación: “A fines de los años 70, Peter Sellers protagonizó una película en la que un inocente jardinero respondía con frases sencillas y una sonrisa beatífica a todo lo que se le decía. En una sociedad saturada de palabras huecas, esto le concedía al personaje un aura especial, a medio camino entre la idiotez y la iluminación mística. Pero había algo más importante: al no dar una respuesta concreta a los interrogantes que se le planteaban, cada uno obtenía de él, o de su sonrisa enigmática y pueril, aquello que quería escuchar”.

Al aludir a un candidato determinado, Guyot lo parangonaba con Chance Gardiner: “Además de sonreír, el protagonista de la versión local repite como un mantra dos o tres palabras tan gastadas que resultan incluso más ambiguas que el gesto. No importa si le preguntan por la inflación, el clásico del domingo o los primeros fríos del invierno. Cada vez que abre la boca, vuelve a esas palabras como el perro va al hueso, y todos contentos. Su letanía opera como un aforismo zen: en ella los empresarios leen que con él habrá vía libre para toda clase de negocios, los medios creen que florecerá la libertad de expresión, la Iglesia interpreta que el apego a las tradiciones está asegurado, mientras que los revolucionarios oyen la palabra “esperanza” y vislumbran un mañana cargado de futuro”.

LA IMAGEN

En la era digital que corre el proverbio chino que dice que “una imagen vale más que mil palabras”, algo que pareciera difícil de rebatir, sobre todo a partir de las últimas tres décadas y cada vez con mayor contundencia.

En España se han puesto de moda los “video-curriculum”, que son en mayor medida las imágenes que envían a su potencial empleador los jóvenes aspirantes a lograr un trabajo. Imágenes en lugar de antecedentes escritos, para impresionar mejor.

Seguramente que allá por los 60 las palabras empezaron a volverse huecas, a perder contenido, arrasadas por el tsunami de imágenes enviadas desde el naciente y pujante mundo audiovisual. Las obras de Umberto Eco, de Marshall Mc Luham y de Roland Barthes con su “Retórica de la imagen” dejaron debida nota de esa crisis creciente, de ese choque entre el universo de las letras y el nuevo y poderoso planeta audiovisual.

Según muchos críticos, el dilema no empezó hace cuatro o cinco décadas, sino que tuvo su punto de partida en algunas experiencias literarias, fundamentalmente poéticas, del siglo XIX, con las obras revolucionarias de Edgard Allan Poe, Charles Baudelaire o Paul Verlaine que anticiparon la llegada de la era electrónica plasmada en la filosofía de Mc Luham.

¿VUELVEN LAS PALABRAS?

Existen, sin embargo, indicios de que las meras imágenes no alcanzan, que no valen igual que mil palabras, que la superficialidad de las pantallas empieza a aburrir a la sociedad y que el soporte papel resiste.

Investigadores y empleados de Silicon Valley (Estados Unidos) –que trabajan en Google, Apple, Yahoo y Hewlett-Packard entre otros gigantes de la electrónica- decidieron enviar a sus hijos a las llamadas escuelas primarias Waldorf que carecen de todo adelanto tecnológico: esos chicos vuelven a estudiar con lápices, papel y lecturas. En el aulas de estos descendentes de sabios electrónicos no hay ni pantallas, ni tablets, ni ordenadores, ni wifi, ni conexión a Internet. . No se les permite en la escuela nada tecnológico que se utilice en el hogar.

El pizarrón al frente, las maestras con tiza en mano, a su lado estanterías con enciclopedias, libros y cuadernos en el escritorio de los chicos, el mismo método que tiene más de un siglo de antigüedad para los hijos de quienes están conectados con la más avanzada tecnología. Pocas imágenes, nada de pantallas, muchos conceptos. A lo mejor el futuro viene caminando por allí.

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