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19.11.2017
PERSPECTIVAS - UNA MIRADA SOBRE LA VIDA

Ser violento o ser humano

Por SERGIO SINAY (*)

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Ser violento o ser humano

Mail: sergiosinay@gmail.com

Hacia el año 1972 el director inglés John Boorman filmó en Estados Unidos una película que se convertiría en un clásico y que mantiene su vigencia hoy. Se titula “La violencia está en nosotros” (en inglés el título es “Deliverance”), y está basada en la única novela que escribió el poeta James Dickey (1923-1997). Narraba la historia de cuatro amigos que deciden alejarse del bullicio urbano y pasar un fin de semana en los bosques de los montes Apalaches cazando, tomando cerveza y navegando en canoa. El plan se va al demonio cuando diferentes circunstancias los enfrentan a situaciones tensas, dramáticas y extremas que los ponen ante aspectos ocultos o ignorados de sí mismos y los llevan a cometer un crimen.

Aquel título podría escribirse hoy y aquí en forma de pregunta. ¿La violencia está en nosotros? ¿Es una característica propia de los humanos? ¿Resulta inevitable que emerja en algún momento? ¿No hay forma de vadearla o de prevenirla? ¿Estamos condenados a convivir violentamente? Quien haya nacido en la Argentina y sea una persona adulta (al menos cronológicamente), se vería tentado, a la luz de los hechos que presenció y presencia y que le tocó y le toca vivir, a responder afirmativamente. Pululan las teclas que disparan la violencia tanto en las calles como en los estadios, en las manifestaciones de protesta, en muchos hogares, en los boliches, en las conversaciones, en los debates políticos, en las imágenes televisivas, en los foros y en las redes sociales de internet, en las relaciones interpersonales públicas y privadas. Hasta tal punto y con tanta frecuencia aflora que genera un efecto peligroso. Se naturaliza. Crea la sensación o la convicción de que así son las cosas.

EL VALOR DE LA AGRESIVIDAD

Viendo lo que se ve, pareciera obvio que la violencia está en nuestro ADN y que solo necesita de un motivo cualquiera, por grave o banal que sea, para aparecer y desbordar. Sin embargo, abundan los estudios de la psicología humana según los cuales lo que está en nosotros es la agresividad, pero no la violencia. Aunque se las confunda y se las suela tratar como sinónimos, no son lo mismo. La agresividad forma parte de nuestro equipamiento instintivo natural, de la base biológica que compartimos con los animales. Gracias a esa energía podemos nacer, atravesar el canal de parto una vez que estamos listos para salir al mundo. Porque somos agresivos podemos defendernos de las inclemencias naturales, masticar, permanecer despiertos y atentos cuando es necesario. Al socializarnos (una necesidad humana) la agresividad natural se convierte en una herramienta esencial en la construcción de la civilización y la cultura. Nos lleva a erigir puentes, túneles, monumentos y edificios, a atravesar los mares y volar por los cielos, a investigar y explorar, a crear instrumentos como la escritura, la rueda, a descubrir y usar el fuego, a curar quirúrgicamente. Creamos entornos y nos adaptamos a ellos gracias a la agresividad.

Abundan los estudios de la psicología humana según los cuales lo que está en nosotros es la agresividad, pero no la violencia. Aunque se las confunda y se las suela tratar como sinónimos, no son lo mismo.

En el inicio de la existencia de nuestra especie, las primitivas sociedades humanas se valieron de la agresividad para sobrevivir, como bien lo explica el investigador alemán Joachim Bauer en su trabajo “La violencia cotidiana y global, una reflexión sobre sus causas”. Se trataba de una agresividad cooperativa que, aún hoy, cuando conformamos comunidades grandes y extendidas, seguimos manteniendo. La violencia, en cambio, es un producto desviado y disfuncional de la agresividad. Así como la esta es naturalmente constructiva y creativa, la violencia es anómalamente destructiva. Es una elaboración cognitiva, fruto de un proceso en el cual intervienen nuestras capacidades de pensar, recordar, imaginar, planificar y transformar lo que hemos aprendido a través de múltiples canales, entre ellos la experiencia.

Como seres dotados de conciencia y capaces de elaborar pensamientos complejos, escalas de valores y empatía, podemos hacer de la agresividad que hay en nosotros un fértil yacimiento de iniciativas que mejoren el mundo y nuestra vida. Y, sobre todo, podemos simbolizar los impulsos que provienen de ella. Simbolizar significa encontrar un medio de representar ideas, emociones, impulsos. Somos las únicas criaturas dotadas de esa capacidad, que tan bien se demuestra en el arte, en la oratoria, en la ciencia misma. Los animales, por ejemplo, no hablan ni simbolizan, por lo tanto no discuten, no crean pinturas, música, obras literarias o de ingeniería ni, mucho menos, monumentos. Su agresividad se manifiesta como acto, sin simbolización. No pueden no matar lo que matan ni no destruir lo que destruyen, pero no incluyen sentimientos como el odio, la venganza o la ambición en esos actos. Puede haber destructividad en ellos, pero nunca maldad. Distinto es con los humanos.

ANIMALES QUE HABLAN

El filósofo francés Jean-Marie Muller, especialista en no-violencia y en la vida y obra de Ghandi, sostiene que renunciar a los métodos violentos es la esencia de lo humano. Esto no significa que no tengamos fuertes diferencias y que estas incluso puedan resultar irreconciliables. Pero contamos siempre con la palabra. El hombre es el único animal que habla, sintetiza el filósofo esloveno Slavoj Zizek en su imperdible ensayo “Sobre la violencia: seis reflexiones marginales”. Y allí escribe lo siguiente: “En el lenguaje, en vez de ejercer violencia directa sobre el otro, queremos debatir, intercambiar palabras, y tal intercambio, incluso cuando es agresivo, presupone un reconocimiento mínimo de la otra parte. La entrada en el lenguaje y la renuncia a la violencia son a menudo entendidas como dos partes de un mismo gesto”.

Cuando la violencia estalla por vía del asesinato, la violación, el abuso sexual, la política, el deporte, el terrorismo, el maltrato escolar, los golpes en la pareja, la tortura, las batallas entre patotas, las marchas y manifestaciones, los crímenes de guerra, las guerras mismas y tantas otras formas, una nube muy oscura se extiende sobre la humanidad. Los violentos renuncian a los más ricos atributos de nuestra especie y nuestra condición: la palabra, el pensamiento, la capacidad de registrar al otro. Y los violentos siempre saben lo que hacen. Al actuar como tales se colocan a sí mismos en el sótano de una escala en la cual los animales los superan. Con todo el respeto y el amor debido a los animales. “La violencia es el último recurso del incompetente”, sentenció el escritor estadounidense Isaac Asimov (1920-1992), maestro de la ciencia ficción y autor, entre otras obras, de la saga que incluye “Fundación”, “Segunda fundación” e “Imperio”.

Retomemos a Ghandi, nombrado al pasar en un párrafo anterior. Liberó a la India, un país de más de mil millones de habitantes, sin disparar un solo tiro, pero siendo firme, claro, constante y, digámoslo, agresivo en su política de no violencia. Sabía por qué. Lo que se obtiene con violencia, solamente se puede mantener con violencia, decía. Y afirmó: “Me opongo a la violencia, porque cuando parece causar el bien éste sólo es temporal, mientras el mal que provoca es permanente”. Si una sociedad toma la violencia como natural, es síntoma de que ha sido infectada por ese mal.

 

(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"

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