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19.9.2017
Impresiones desde la pantalla

Cómo escapar a la zona de confort cinematográfico

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Por Pedro Garay

Simon Reynolds, influyente crítico cultural que pasó ayer por Buenos Aires para brindar una clase abierta, acuñó el término “retromanía” para hablar de la “etapa histórica” que atraviesa la cultura pop, incapaz de controlar su frenesí de reciclar el pasado y hacer banco con la nostalgia.

Desde entonces este tipo de discursos apocalípticos han encontrado objeciones, pero siguen siendo útiles para explicar de modo general el funcionamiento de la industria del cine hoy: Hollywood no puede dejar de mirar al pasado, desembarcando en el mercado global con remakes de clásicos, una infinita fila de secuelas y cintas derivadas de viejas franquicias y, por supuesto, la presencia cada vez más indispensable de los guiños a los ‘80.

Las explicaciones de este fenómeno son múltiples. En el caso puntual del cine, muchos relacionan la aparición de la piratería con la necesidad de la industria del cine por apostar por productos que llenen salas, es decir, espectaculares (ofrecen una experiencia que no puede replicarse en el living) y atados al espectador por un vínculo emocional (como las mil y un franquicias de cómics, “Star Wars” y “Harry Potter”).

Y el fenómeno “retro” ha dado forma al cine del siglo XXI, que ha tachado de su producción las películas “medianas” (QEPD comedia romántica) y se concentra en un puñado de enormes estrenos por temporada, con los que colma las salas del mundo obturando en un acto lindante al bullying a las cinematografías locales.

Si consideramos el cine como una mera mercancía, entretenimiento, esto carecería de importancia. Pero como afirmó Diego Lerman, “el cine puede brindar muchas miradas y romper ciertas miradas más hegemónicas: me parece muy enriquecedor pensar el cine así y construir espectadores que no solo vayan a buscar en el cine entretenimiento sino también diversas perspectivas y problemáticas de diferentes lugares del mundo”. Así, el INCAA se transforma en una institución de resistencia frente a las gramáticas y temáticas estandarizadas que produce Hollywood, el bastión final de la resistencia de otros cines, otras miradas.

Internet es en este sentido un arma de doble filo: la circulación de cultura en internet es para Reynolds la razón de todos los males, que ha encasillado a la industria en un loop eterno de reciclado del pasado. ¿Y el futuro?, se pregunta sobre la música, pero bien podría hablar de las descargas indiscriminadas que genera la piratería o de los “atracones” audiovisuales que propone Netflix.

Pero la red es una herramienta y su potencialidad, finalmente, está en el usuario: salir de la zona del confort cinematográfico es también una decisión individual. Y no es que hay que salir a explorar extraños bosques para encontrar nuevos cines: Netflix, sin ir más lejos, tiene su oferta de cine nacional, y otras plataformas populares como Qubit ofrecen una variada selección de películas clásicas, europeas e independientes para todos los gustos.

Y este mes, Mubi pone en pantalla el cine de El Pampero, productora nacional que habita los márgenes del cine local. Dice Laura Citarella, cineasta platense que muestra en la plataforma “Ostende” y “La mujer de los perros”: “Todo el cine se termina pareciendo, porque muchos proyectos quedan encerrados en estructuras de producción y de realización muy rígidas, hay que hacer encajar esa película en un esquema prearmado”. Otra gramática, otra forma de entender el cine, a un clic, y una voluntad, de distancia.

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