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19.11.2017
“Letter to a man”

Cartas de amor y locura

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Cartas de amor y locura

El bailarín ruso Mikhail Baryshnikov protagoniza “Letter to a man”, dirigido por Bob Wilson - TELAM

Por NICOLAS ISASI

La dupla Wilson-Baryshnikov regresó a la Argentina con un maravilloso espectáculo de calidad internacional. Y claramente era de esperarse tratándose de uno de los directores de teatro y ópera más importantes del mundo, reconocido por sus increíbles puestas de luces, junto a la actuación de un bailarín considerado por la crítica y el público como uno de los más perfectos que se hayan visto, desde la técnica y la expresividad de sus interpretaciones.

Presentado por primera vez en julio del 2015 en el “Festival dei 2Mondi” (creado por Gian Carlo Menotti) en Italia, “Letter to a Man” se estrenó la semana pasada en el porteño Teatro Coliseo, y nos transporta a la intensa vida del bailarín Vaslav Nijinsky, desde un punto de vista poético bajo la mirada de Robert Wilson.

Nijinsky nació en Kiev bajo la dominación del Imperio Ruso, en una familia de bailarines polacos rusificada. Formado en la Escuela de Ballet Imperial a principios del siglo pasado, llegó a ser uno de los bailarines más virtuosos y sus saltos parecían desafiar las leyes de la gravedad. Su relación con Serguéi Diáguilev, quien promovía las artes rusas en el exterior, pasó de lo laboral a lo sentimental. Aún así, Nijinsky se casaría en Buenos Aires con una condesa húngara llamada Romola de Pulszky. En 1917, durante un ensayo en el Teatro Colón, el bailarín olvidó parte de la coreografía de la obra que había estrenado; revelando los síntomas de la esquizofrenia que lo obligaría a pasar el resto de su vida en hospitales psiquiátricos y asilos. La salud mental de Nijinsky ya se encontraba deteriorada y en su diario personal, escribió parte de los fantasmas y tormentos que sufría. Cuando dejó de escribir, se encerró en su propia tumba por dos décadas, vigilado por su esposa.

“Letter to a Man” (“Carta a un hombre”) en este caso, es uno de los tantos textos que escribió Nijinsky dedicados a Diáguilev, que fueron publicados en 1936 cuando el destinatario ya había fallecido. Según el escritor estadounidense Henry Miller, este diario “es una comunicación tan desnuda, tan desesperada, que rompe el molde. Estamos cara a cara con la realidad y es casi insoportable…”. A partir de estos textos, la adaptación y puesta de Bob Wilson se configura como una sinergía entre danza, mímica e iluminación.

Mikhail Baryshnikov es Nijinsky en cada mirada, en cada sonrisa y en cada paso. Con un chaleco de fuerza o vestido con un frac de gala; sentado sobre el suelo, elevado o con la cabeza dada vuelta observando al público al revés. Siempre vivo, en la serenidad de la vida cotidiana o en la locura atroz de la guerra, la mente fragmentada de “no cualquier bailarín” interpretado por otro “no cualquier bailarín” es un privilegio único para cualquier espectador en el mundo. Hijo de un oficial del ejército y una madre costurera aficionada al ballet, Baryshnikov comenzó su carrera a los once años cuando presentó su solicitud para ingresar a la Escuela de Ballet del Teatro de la Ópera de Riga (Letonia) donde entró, y aprendió a hablar francés, preparándose para ser concertista de piano. Cuando tenía doce años, su madre se suicidó y quedó al cuidado de su padre y su abuela. A lo largo de su carrera logró una técnica única basada en la simplicidad, la transparencia y el intento verdadero al momento de actuar en escena.

En esta obra faltarán los grandes saltos, los trucos y los emblemáticos pasos del ballet clásico, pero se deleitarán observando a un Baryshnikov maduro (cumplirá 70 años en enero próximo) que conserva la solidez, la técnica y la expresividad en cada uno de sus movimientos. La capacidad narrativa de su interpretación está en los gestos de su rostro, en la sincronía de sus manos, en la voz de ese alter ego que recita en inglés, francés o ruso, en el vaivén de sus piernas al compás de la música (sea jazz o académica) y en el manejo dramático de los silencios.

Y la puesta en escena de Bob Wilson justamente destaca la labor de Baryshnikov como lo había hecho en su primer trabajo, “The Old Woman” (junto a Willem Dafoe), también presentado en Buenos Aires. En aquella obra, gran parte del público se sintió desilusionado respecto al impacto masivo de las imágenes en su campaña publicitaria, desconociendo la trayectoria y el prestigio de Wilson como director: un pensador y creador de vanguardia en el mundo de las artes escénicas. En la presentación de “Letter to a Man”, hace unos pocos días, Baryshnikov afirmó que la obra está basada en un diario escrito “por una persona que cae en la locura. Es el recuerdo de un hombre perturbado. Con Bob hicimos una especie de collage en donde aparece su relación con Dios, con el pacifismo, con la creación artística”.

Su manejo de la luz es creativo y cuenta más que las palabras, por ejemplo, con telones de fondo en colores plenos, proyecciones de lugares o elementos metafóricos, y un uso dramático de las candilejas (luces ubicadas en el proscenio, al borde del escenario, a los pies del protagonista) ya sean de luz cálida o fría. La música de Hal Willner, compila canciones de Tom Waits, Arvo Pärt, Henry Mancini o Alexander Mosolov. La utilización de estas piezas, junto a los efectos sonoros y a los diálogos en off (retransmisión de la voz de un personaje que no está visualmente en escena o que está presente pero no habla) convierte a la obra en un espectáculo de gran calidad visual y escénica, articulado con prolijidad y detalle como si fuera una delicada caja musical, algo que ya es parte de su sello personal como director y que ahora lleva a su máxima expresión amalgamando dos mitos de la danza.

para agendar

que: “Letter to a Man”

cuando: 13, 14, 15 y 16 de septiembre a las 20:30. Domingo 17 a las 18:30

DONDE: Teatro Coliseo (Marcelo T. de Alvear 1125)

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