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Adios Nito Veiga

Murió a los 76 años tras una larga carrera como entrenador. Marcó una huella en la historia del Lobo con el ascenso de 1984

Un pedazo grande de la historia de Gimnasia. Así de claro, así de sencillo. Eso fue Nito Osvaldo Veiga, quien en las últimas horas perdió una dura batalla contra una enfermedad que no le dio tregua y contra la soledad que tanto lo afectaba desde la partida de su esposa. A los 76 años, murió el artífice del último ascenso a Primera.

"Se fue Nito" se decía anoche en el estadio del Bosque y no faltaron lágrimas en los más grandes, en aquellos que disfrutaron de aquel equipo que devolvió a Gimnasia a Primera División en 1984, jugando un fútbol exquisito y deleitando a propios y extraños.

Desde entonces y pese a que meses después del ascenso debió marcharse en medio de algunos insultos por la ausencia de resultados en Primera, siempre tuvo el reconocimiento y el cariño de los hinchas del Lobo. Cada vez que debió volver al Bosque, ya con el buzo de entrenador de otro equipo, sus oídos escucharon esa maravillosa música que sólo puede dar el habitante del tablón. Y la prueba elocuente es cuando el 10 de diciembre de 2002, en la fiesta del Día Mundial del Hincha de Gimnasia, se llevó la mayor ovación de la noche al grito aquel "que de la mano, de Nito Veiga, todos la vuelta vamos a dar..."

CONVENCIO A TODOS

Llegó a Gimnasia en los últimos días de un caótico 1983. El Lobo llevaba cuatro años en Primera B y había cumplido la peor campaña de su historia, salvándose del descenso a la "C" por el promedio instalado apenas un año antes. Desafectado de Independiente donde fue doble subcampeón con un equipo de notables jugadores, Veiga escuchó la oferta de Gimnasia y dijo que sí. Sabía lo que le esperaba. Y en sus primeras declaraciones en nuestra ciudad, dejó en claro a qué venía: "Llego a Gimnasia con una sola meta: salir campeón. De lo contrario, no me haría cargo del equipo de ninguna manera. Quiero un equipo ofensivo. Sólo atacando se puede aspirar a ser campeón. Así entiendo el fútbol."

Así era Nito Veiga dentro de una cancha de fútbol. Capaz de levantar una práctica porque sus jugadores no jugaban como él pretendía o de borrar a un jugador si no respetaba el estilo que él imponía.

Y no le fue fácil imponerse. Las urgencias eran inusitadas en un club que trataba de salir de un enorme caos institucional y deportivo y lo que menos había era paciencia. "Yo no pido tiempo, sólo pido los jugadores que necesito y poder armar el equipo" repetía una y otra vez.

Un par de malos resultados y la ausencia del juego que todos querían, hizo que la relación con los hinchas se complicara en la mitad de aquel año '84. El se mantuvo fiel a sus principios y el tiempo le dio la razón. El equipo, como él pretendía, apareció en un nivel espectacular sobre el final de temporada y ganó brillantemente el octogonal que le significó el ascenso, en el recordado enfrentamiento con Racing, al que barrió con fútbol y goles.

Veiga, fiel a su estirpe de tipo de barrio, simple y sin rodeos, eligió el rincón más alejado de los flashes y los micrófonos y dejó el centro del escenario para los jugadores. Queda aún grabada una de las frases que Nito tiró en aquel 30 de diciembre caluroso y festivo: "Gimnasia era un gigante dormido y hoy se despertó."

Meses después, la realidad de la adaptación a Primera lo llevó a irse. Pasó por San Lorenzo, Argentinos Juniors, Independiente y por clubes y la Selección de Bolivia, antes de dedicarse a su pasión de siempre: formar jugadores en las divisiones inferiores.

Hace unos años, ya casi alejado del rol de entrenador, le golpearon la puerta de su casa los dirigentes de Sportivo Barracas, o lo que es lo mismo, sus amigos. Dijo que sí y condujo al equipo en la "D". No era cuestión de brillar, sólo se trataba de dirigir fútbol y si era en casa, mucho mejor.

Nito Veiga fue un tipo humilde, de barrio, de mucho código como se usa decir en el fútbol. Y fue ante todo, un tipo de fútbol. Capaz de hablar horas y horas de su pasión, mostrando sus conocimientos. Hombre de club, era común verlo en su mesa de siempre en Sportivo Barracas, jugando al dominó, al truco o prendiéndose en alguna discusión futbolera.

Y era también, muy apegado a su familia. Tanto que desde hace dos años, cuando murió Hilda, su compañera de toda la vida, ya no fue el mismo de siempre. La ausencia de su mayor afecto lo golpeó para siempre.

La enfermedad contra la que ya no pudo luchar hizo el resto. Y ayer se fue Nito Veiga, ese hombre unánimemente respetado y que ya tiene su lugar en la historia grande de Gimnasia.

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