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Llaman a los gansos para que nos cuiden

Por ALEJANDRO CASTAÑEDA

Antes, los perritos eran parte de la decoración. Tenían su cucha y su comida asegurada, jugaban, traían el diario, iban a buscar la pelotita al fondo. Pero nada más. Ninguna asignación extra. Lamida, huesos y ronroneos en esas casas sin miedo, donde teros, gatos y hasta tortugas participaban de una vida familiar mansa y distraída.

Aquellos cachorros, lejos estaban de imaginar que en la Argentina del nuevo siglo, además de saltar y chumbar, sus descendientes iban atener asignadas faenas mas peliagudas, como la de cuidar el patrimonio, ahuyentar extraños, olfatear sospechosos, patrullar el patio y dudar hasta del nuevo novio de la nena.

Hay un cambio de fondo en el rol de las mascotas. El hombre con su pavura está pariendo razas alertas que, ante la falta de una vigilanteada más idónea, se tienen que encargar como pueden de la garita y el ladrido, toreando y avisando a todo el barrio de las novedades y tratando de descifrar pasos y ruidos raros en una ciudad donde hasta los doberman tiritan de miedo.

El pánico de los dueños de casa de a poco fue fabricando mascotas con mayor poder de fuego. Antes, al ovejero alemán se lo llamaba perro de policía porque andaban a la par de los agentes, más dedicados a la prevención que a la mordida. Y no estaba el dogo ni el rottweiler ni todas estas nuevas tribus de pichichos intratables que, como se los fue adiestrando sólo para atacar, cada tanto, aunque sea para practicar, se la agarran con los vecinos o los dueños de casa.

Es que a la tropa perruna está recargada de trabajo sin nuevos huesos ni recompensas a la vista: deben acompañar al policía a la cancha, desafío de valientes; detectar drogas en Ezeiza, algo que ni Lassie ni Ri tin tin se hubieran animado; tienen que custodiar quinchos, juguetear con el crío cuando les queda un rato libre, salir a lamer a la señora que viene del super y encima tener olfato y colmillos afilados, porque en cualquier momento pueden ser convocados de urgencia ante la llegada de visitantes indeseables.

El ministro Stornelli ha sido claro: "La inseguridad en la Provincia es un tema serio". Porteño al fin, aprendió entre balazos que el viaje de Puerto Madero al Conurbano puede ser más accidentado que el trazado del rally Dakar que se correrá en el 2009. Stornelli viaja por la pampa bonaerense intentando atajar al vecindario desesperado y repitiendo que no queda otra salida que nombrar más policías. La gente se sumó a esta campaña de reclutamiento y ofreció el batallón de sus mascotas hasta que los nuevos egresados de la Vucetich, con salida laboral asegurada, empiecen hacer práctica rentada en callejones oscuros.

Pero los perros cuidadores, que hacen doble turno y sin franco, esta semana han tenido un poco de alivio. Condenados a ser los únicos centinelas de la casa, ahora han recibido con alborozo la sorpresiva llegada de una dotación de gansos que se ha sumado al despliegue de alarmas, rejas y sirenas. Son animales que no duermen de noche, que tienen buen oído, comen poco, no roban cámara ni caricias, perciben a los extraños antes que el perro y en cuanto se mueve la ligustrina arman un gran alboroto con sus graznidos. Encima, como tienen buena carne, a la hora de jubilarse, se los puede mandar a las cacerolas para que puedan prestar allí sus últimos servicios a la causa familiar.

Las mascotas de última generación cada vez vienen mejor programadas para pasar de la diversión al ataque. Hay loros capaces de contarlo todo, perros con mala fe y ahora importaron esta nueva infantería de gansos guardaespaldas que prometen ahuyentar a más de un ratero. Los hay baratos, nacionales, pícaros pero quizá sobornables. Y los hay más caros, unos palmípedos chinos recién llegados que ficharon para el lado de los buenos y que jamás se habrán imaginado, pobrecitos, que terminarían jugando junto a los perros guardianes en el club de los asustados.

¿No habrá llegado la hora de empezar a enfurecer gatos, canarios y conejos para sumarlos a esta infantería de mascotas desconfiadas?

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