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JORGE KISTENMACHER FESTEJA 90 AÑOS

El profesor de los triunfos

Quien fuera el preparador físico de los campeones del mundo Estudiantes de La Plata y Peñarol de Montevideo, cumple hoy noventa años y hace un repaso de su exitosa vida. Deportista y entrenador de lujo, revela mucho tiempo después un dato que muchos no conocían: fue de él la idea de hacer, junto con Mangano, el Country Club donde ahora entrena y concentra el campeón de AméricaPor FACUNDO BAÑEZ

El profesor de los triunfos

El profesor de los triunfos

Era una mañana fría de 1967 y el viento soplaba fuerte en esos descampados de City Bell. Hacia el oeste todo era monte y arboleda; y hacia el este, el horizonte de maleza y fardos arremolinados apenas dejaba ver la llanura infinita que desembocaba en el camino General Belgrano. Mariano Mangano se ajustó el sobretodo de paño que solía usar y frunció el ceño:

-¿Qué le parece?

Jorge Kistenmacher lo miró con la severidad de un comandante que planifica estrategias y, acaso recordando su experiencia cercana en tierras europeas, asintió casi para sí mismo.

-Tiene que ser acá -dijo-. Así como lo ve, este lugar va a ser nuestra casa. Hay que laburar, nada más. Laburar, laburar y laburar. Lo demás viene solo.

Mariano Mangano y Jorge Kistenmacher miraban el océano de árboles y montes que los rodeaba en esa soledad ventosa de 1967, y cuentan que el entonces presidente de Estudiantes dio media vuelta para volver al auto estacionado a unos metros pero que antes echó una última mirada a esos terrenos de la nada y dijo como si revelara una profecía:

-Si usted lo dice, Jorge, que así sea.

Cuarenta y dos años después de aquella tarde de junio, en su departamento del Barrio Norte platense, quien fuera el preparador físico de los campeones del mundo Estudiantes de La Plata y Peñarol de Montevideo, Jorge Everardo Kistenmacher, recuerda la anécdota y, a sus noventa años, confirma el dato. "La idea de hacer el Country y el campo de golf fue mía. Ya lo había visto en Inglaterra y le dije a Mangano que teníamos que hacer lo mismo acá. Para ser una familia exitosa, teníamos que tener una buena casa. Y el presidente me escuchó. Me escuchaba siempre. Igual que Zubeldía. Don Osvaldo también me escuchaba siempre. Y cuando a Mangano le dije lo que había pensado, él no dudó nada y me hizo caso. Él se encargó de conseguir todo. Mariano sabía escuchar y era muy humilde. Un grande. Mangano fue un tipo gigante".

Cuando habla, Jorge Kistenmacher parece estar viendo aquel tiempo y apoya la cara sobre una mano de dedos largos y curtidos como si acaso también oyera el recuerdo. Aún conserva la dureza y elegante cortesía que supo heredar de su padre Alejandro Enrique, un alemán que abandonó su Hamburgo natal para radicarse en Concepción de Tucumán, a 70 kilómetros de la capital tucumana, y trabajar junto a su mujer Ethel y sus cinco hijos en el Ingenio de la Corona. Allí nació el pequeño Jorge un 13 de agosto de 1919, apenas seis años después de que el club que lo marcara a fuego para toda la vida, Estudiantes de La Plata, se consagrara primer campeón amateur de la Ciudad en el Torneo de Fútbol Amateur de la Argentina.

Eran tiempos de posguerra y los primeros años de Jorge Kistenmacher no fueron sencillos. Fue una infancia de trabajar la tierra y forjar el carácter. "Había que laburar de sol a sol -cuenta ahora-. Después nos fuimos para el Chaco porque mi padre tenía que trabajar allá. Era bravo pero nos gustaba. En esos campos cultivábamos desde frutas y verduras hasta caña de azúcar. Había gallinas, conejos y producíamos nuestra propia miel".

A esos años le siguió la edad de estudiar y Jorge se decidió a venir a La Plata para empezar, tal como lo marcaba la tradición familiar, la carrera de Agronomía. Pero no fue por mucho tiempo. "Me duró dos años el antojo del estudio -recuerda Jorge-. Yo quería ser deportista. Ese era mi sueño".

Y lo cumplió: mucho antes de conocerse con Osvaldo Zubeldía e integrar acaso uno de los equipos de fútbol más exitosos de la historia, fue un atleta reconocido a nivel nacional e internacional y logró varias medallas para Estudiantes de La Plata.

"Después empecé el curso de entrendor físico en San Fernando -explica-. En esos tiempos no existía la preparación física en el fútbol y yo tenía ganas de aplicar lo que sabía como atleta para entrenar con la pelota. Nadie le daba bolilla a eso. Yo fue el primero. El único que me escuchó fue Zubeldía. Y así lo hicimos: había una estrategia para cada entrenamiento. Los jugadores tenían que trepar árboles, hacer sentadillas y correr como nunca lo habían hecho. Y se empezó a concentrar, algo que hasta ese entonces no existía".

Mientras recuerda, Kistenmachar se frena solo y piensa algo para sí. Sonríe con nostalgia y enseguida lo larga: "Yo era un típico alemán -cuenta-: bien bravo y jodido. En ese equipo nadie podía hacerse el vivo. Había una disciplina tremenda. Teníamos hasta las pelotas numeradas y cada jugador era dueño de una. El que la perdía, la pagaba. Era así de sencillito".

Esa rigurosidad fue la misma que lo llevó, algunos años después, a ser preparador físico de Peñarol de Montevideo, equipo con el que también logró coronarse campeón del mundo en 1982 tras ganarle la final al conjunto inglés del Aston Villa. "Le gané las dos finales a los ingleses -dice Jorge repleto de orgullo-. En los dos casos ellos estaban agrandados. Por ahí lo de Manchester fue mejor, por ser la primera vez y porque nadie daba un peso por nosotros. Todavía me acuerdo: en ninguna de las dos finales me puse nervioso. Yo siempre miraba los partidos muy tranquilo. Me daba cuenta que los equipos sabían lo que tenían que hacer. Había entrenamiento. Y cuando hay entrenamiento en serio, es muy difícil que alguien te gane".

Lo dice Kistenmacher y parece cosa facil, pero lo cierto es que en aquellos años nada parecía ser tan sencillo. Al contrario. Cuando las estrategias que él planificaba junto a Zubeldía en el Country Club eran moneda corriente para ese universo integrado por pincharratas, no eran pocos los que, del alambrado para afuera, veían en esa dupla de estrategas a un par de delirantes más cercanos a la obsesión que al afán deportivo. "Pero la historia nos terminó dando la razón -se entusiasma Jorge-. Yo proponía algunas cosas que para la época eran una locura, pero Osvaldo me escuchaba siempre. Se daba cuenta. Es cierto que algunos pensaban que estábamos locos. Pero bueno: tan mal no nos fue...".

Kistenmacher sonríe zumbón y en esa sonrisa parece estar resumida toda una vida de éxitos y logros deportivos. A su lado está Sara Paggio, su mujer de siempre. Se conocieron cuando ella tenía 14 años y hoy ya llevan 62 años de casados. "¿No son demasiado ya, viejo?", bromea ella. Él la mira sin perder la sonrisa y replica: "Si usted lo dice...algo habremos hecho".

Lo que hicieron juntos, logros deportivos al margen, fue una familia de tres hijas y siete nietos. "Me tocaron todas hijas porque siempre fui demasiado macho", larga Kistenmacher, y enseguida la mira a su mujer como buscando la aprobación. Ella asiente cómo si supiera bien de qué se trata y agrega: "Siempre dice lo mismo: que un macho de verdad tiene que estar rodeado de mujeres".

Cae la tarde y en el departamento de Jorge Kistenmacher los recuerdos se hacen sepia en las fotos que va mostrando y toman color cuando les pone palabras. "Muchos recuerdos -resume como si acaso le causara sorpresa-. Y bueno, mejor que sea asi, ¿no? Señal que algo hemos hecho..."

Y lo hizo. Campeonatos locales, copas internacionales, más de una decena de libros publicados y hasta la idea luminosa de un predio que hoy cobija a nuevas generaciones de futbolistas. Lo hizo y lo sigue haciendo. Como un soñador que supo innovar. Como un verdadero ganador.

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