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HISTORIAS DE VECINOS DE PUNTA LARA

Vivir con el miedo a la sudestada

Están en “alerta permanente” y saben que pueden perderlo todo

Vivir con el miedo a la sudestada

La avenida Almirante Brown, ayer a la tarde. Vecinos de Punta Lara viven pendientes del clima y de cada movimiento del río

Estar atenta a las crecidas del Río de la Plata es para Mabel Córdoba algo tan cotidiano como pensar en el menú diario para su hogar. La vecina de Punta Lara vive en las calles 222 y 37, a dos cuadras del camino costero, la zona del balneario ensenadense donde peor golpea el río en las horas de sudestada. Cada alerta de Prefectura para ella implica el riesgo de perder sus pertenencias. “Anoche -por antenoche- subí todos los muebles: quería dormir relativamente tranquila”, contó esta mujer que lleva grabadas en su memoria las últimas grandes inundaciones. “Las de 1978 y 1987 fueron terribles, pero ninguna se compara a la del Día de la Madre de 2005, cuando el agua nos llegó al cuello”, agregó.

Orgullosos de vivir en la ribera del río “más ancho del mundo”, pero siempre inquietos porque no saben cuándo los sorprenderá el viento furioso del sudeste que enloquece las aguas y las desborda hasta meterse adentro de las casas, los vecinos de Punta Lara habitan una geografía que los obliga a tomar precauciones todo el tiempo.

Adela Ruanova, por caso, la noche anterior a esta última crecida la pasó “en vela”. Según dijo la vecina de 37 entre 222 y 224, “en estos casos, mientras que la mitad de la familia duerme la otra mitad está de guardia”. Es que después de 15 años de vivir casi pegada a la costa está, de alguna manera, acostumbrada a los vaivenes del río. Para ella también la inundación de 2005 fue uno de los hechos más traumáticos de su vida. “El agua se vino como una ola repentina y perdimos todo; no nos quedó nada en buenas condiciones. Hubo que empezar de nuevo”, recordó.

DE LA COSTUMBRE AL PANICO

Con botas de goma hasta la rodilla los dos y camperas impermeables, Gabriela y Cristian Sarvín, hablaban ayer a la mañana con sus vecinos para averiguar cómó habían pasado la noche y ofrecerse a ayudar si los daños habían sido grandes. Estaban en el medio de una calle totalmente inundada y por una vez y sin saber cómo, la casa del matrimonio había zafado del agua. “Nací acá, hace 35 años, y para mí es natural estar atento al clima y en contacto con la gente del barrio para prepararme si el río sube mucho, pero mis hijos, por varias experiencias muy feas que vivimos, le tienen pánico a las crecidas”, confió Cristian.

Esta vez sólo se anegó el patio de su vivienda y al final no fueron necesarias tantas precauciones. Pero por protagonizar varias sudestadas dramáticas Mercedes Aumada vive con un permanente “por las dudas” y desde el lunes a la tarde, cuando la altura del río empezó a fluctuar entre crecientes y bajantes, puso al resguardo todo lo que podía mojarse. “El miedo siempre está y no hago más que mirar el noticiero para conocer los alertas de Prefectura. Ahora otra vez tuve que sacar todos los muebles del suelo”, dijo la joven madre de un nene de 7 años.

Cuando se mudó a la zona, hace un poco más de dos años, lo hizo, a sabiendas, a una casa de doble planta de 226 entre 33 y 35. Por eso, Lucrecia Bramuel no padece las consecuencias directas de los temporales, pero sí las de su entorno, con calles tan anegadas que los micros tienen que alterar los recorridos porque el agua no los deja transitar. “Cada sudestada es un tormento”, precisó.

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