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EL DIA QUE EL BOSQUE SE ESTREMECIO CON LA EUFORIA ALBIAZUL

A 20 años de un grito Centenario

Hace dos décadas el Lobo era campeón de la Copa organizada por los 100 años de la AFA. Con el paso del tiempo, es una estrella que va tomando su merecida dimensión. Recuerdos de un logro que hizo explotar al triperío

INFORME
Por NICOLAS NARDINI

Síntesis: Gimnasia - RiverA las 18:50 del domingo 30 de enero de 1994 no hubo lugar que albergara más felicidad en la ciudad que el mítico estadio del Bosque. Los triperos explotaron de alegría al soltar el grito de campeón contenido a lo largo de 65 años y esta vez ya en la era profesional del fútbol argentino. En aquella calurosa tarde de verano, con el termómetro trepando a los 30 grados, no hubo nada que se interpusiera entre Gimnasia y la justa coronación como campeón de la Copa Centenario, un torneo oficial organizado por la casa mayor de nuestro fútbol para festejar sus primeros cien años de vida.

La conquista tuvo hechos significativos, claramente marcantes para la falange tripera. En primer lugar, porque en el camino a la gloria eliminó a Estudiantes, su tradicional adversario en la ciudad. En segundo término, porque se trató de un certamen especial, del que tomaron parte todos los equipos de Primera División, en el contexto de un festejo de suma relevancia para la historia de nuestro rico fútbol, que en aquel momento llegaba a erigirse en centenaria. Y en tercer lugar, por dos hechos no menores: superó en la final a un gran River, dueño de un fútbol magistral en aquella década, y lo hizo en el escenario más caro al sentimiento de los gimnasistas, el viejo estadio de 60 y 118.

UNA TARDE DE GLORIA

El camino a la final fue marcado por el esfuerzo. Gimnasia contaba con un grupo de jugadores maduros, a los que no le sobraba nada desde lo técnico, pero que suplían aquellas carencias con una dosis enorme de personalidad. Y, además, ya tenía entre sus filas a quien por aquellos momentos comenzaba a mostrar credenciales para meterse entre los mejores de la historia del club: Guillermo Barros Schelotto. El Melli, joven y desfachatado, le aportó a aquel elenco sólido y compacto, la cuota necesaria de habilidad y desparpajo.

Diciembre de 1993 fue difícil para el Lobo. Por problemas de agenda, no se pudo jugar la final en tiempo y forma (los cien años de la AFA se cumplieron ese año) y desde el gobierno del club encararon febriles gestiones para que la Copa tuviera una definición lo antes posible. En medio de aquellas tratativas, no hubo acuerdo para la continuidad de la dupla Ramacciotti-Sbrissa, por lo que casi sobre la hora de la gran final, el Lobo contrató a Roberto Perfumo como DT. El Mariscal apenas pudo entablar algunas charlas con sus dirigidos, antes de ponerse al frente del sueño de miles de triperos.

Llegó el día de la definición. En el verde césped del Juan Carmelo Zerillo posaba el trofeo labrado por un escultor inglés en la ciudad de Birmingham en plata 925 sellada, que fue especialmente adquirido por la AFA en una reconocida joyería porteña. Varios días antes del caluroso 30 de enero, los triperos habían arrasado con todas las localidades puestas a la venta. No fueron pocos los que tuvieron que interrumpir sus vacaciones en la costa bonaerense e incluso en Uruguay o Brasil, para no perderse la apasionante definición.

El trámite empezó cuesta arriba para el Lobo. A los 30 minutos Castrilli pitó un penal en favor de River, con el marcador aún en blanco. Cuando parecía que la tarde se ensombrecía, Javier “Lolo” Lavallén, joven arquero formado en el semillero mens sana, sacó la mano de su vida y desvió el violento disparo a quemarropa de Rivarola.

Aquella atajada para la historia, marcó el punto de inflexión en la gran final. Gimnasia, sin apartarse un ápice de su libreto, se puso en ventaja por intermedio de su implacable goleador oriental Hugo Romeo Guerra. Tras le ventaja parcial, el destino le tenía reservado un nuevo desafío, porque los millonarios empardaron la historia a poco de comenzado el complemento, poniendo el listón aún más alto.

La última media hora albiazul fue sublime. Con el equipo volcado plenamente en ofensiva, Pablo “Moncho” Fernández volvió a adelantar al Lobo y, tras cartón, Guillermo Barros Schelotto puso la guinda del pastel. Fue 3 a 1, victoria sin espacio para la discusión, y delirio de un pueblo ávido de vuelta olímpica.

Lo que pasó tras el pitazo final de Javier Castrilli sólo puede entenderse desde la pasión sin límites con que los gimnasistas acompañan a su equipo. La fiesta empezó en el Bosque, se traslado a 7 y 50 y luego se desparramó por toda la región. “Gimnasia tocó el cielo con las manos en una jornada histórica”, tituló este diario su comentario del lunes 31 de enero de 1994. Hoy, a 20 años de aquella conquista, los triperos lo recuerdan con la misma intensidad. Y se siguen emocionado.

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