En el distrito de Aksu, en Turquía, Omer Sargin se dedica al cultivo de pepinos, pimientos, melones, sandías y tomates en apenas una hectárea de invernaderos. Sus conocimientos en agricultura los aprendió de sus padres. Tras recibir la visita de los ingenieros del ministerio de Agricultura, decidió cambiar de técnica al ver que estaba “equivocado”.
Su error, comenta, consistía en utilizar pesticidas químicos dañinos para la salud y la naturaleza. Sargin participó en una de las llamadas escuelas de campo, talleres que se repiten en otras partes del mundo con el fin de promover el uso de métodos de control biológico en la lucha contra las pestes.
Las continuas amenazas que se ciernen sobre sus cultivos han llevado a los agricultores a replantearse cómo combatirlas con eficiencia. “En lo primero que pensaban normalmente era en los pesticidas sintéticos”, dice la experta del ministerio turco de Agricultura Leyla Kahveci.
A su juicio, los productores “daban poca importancia” al control biológico, que actualmente está ganando terreno”.
Ese sistema, todavía minoritario, forma parte de un modelo de gestión integrada de distintas técnicas respetuosas con el medio ambiente.
Consiste en introducir insectos depredadores que acaben con los organismos dañinos, usar plaguicidas biológicos naturales y adoptar prácticas para que las plantas estén sanas y resistentes cuando haya más probabilidad de que se produzca un ataque de las plagas.
En Turquía, el séptimo mayor productor agrícola del mundo, un obstáculo para el desarrollo sostenible es el bajo nivel de formación de los agricultores.
Corren el riesgo de emplear mal los pesticidas y perjudicar así la salud de las personas y el ambiente. Aunque todavía hay pocos que se decanten por los métodos alternativos de control, se está intentando revertir esa tendencia con campañas de concienciación y distintas publicaciones.
Además del entrenamiento, Kahveci destaca también los esfuerzos para analizar los pesticidas antes de otorgarles la licencia necesaria para emplearlos en el campo.
“El principio es usar los químicos sólo como última opción”, destaca la especialista. Si no se consigue atajar la peste, entonces se puede pasar al control químico, tratando siempre de utilizar aquellos productos menos dañinos, con menos residuos, y tomar las medidas de protección adecuadas.
Antes de llegar a ese extremo, el control biológico de pestes ofrece numerosas posibilidades. Sólo hay que verlo en uno de los invernaderos de Antalya. Su entrada está sellada por una tela fina que frena a los insectos que llegan con el aire de fuera.
Una sustancia blanca en el suelo cierra el paso por tierra a los posibles “invasores” que intenten colarse en las suelas del calzado de los visitantes.
Ya dentro, la radiación solar que penetra a través de los plásticos sirve para desinfectar el suelo. Entre los pasillos verdes, de donde cuelgan grandes pimientos amarillos, coloridas trampas pegajosas buscan capturar a los insectos, a los que se identifica rápidamente para prevenir la transmisión de enfermedades.
Cuando los agricultores turcos combinan ese tipo de métodos en sustitución de los químicos, reciben una etiqueta especial para colocar sus productos en el mercado.
Es el premio a un trabajo laborioso y lento, con el cual acceden a las grandes cadenas de distribución.
¿Qué ganan con esos certificados ecológicos? Para empezar, vender su mercancía a un precio mayor que el que se pagaría en los mercados tradicionales.
Para Turan Ozalp, productor de pimientos, la transición le ha llevado casi una década. Durante tres años se estuvo preparando junto a su otro socio en una mínima parte de sus parcelas. Desde hace ya cinco emplean el control biológico en las ocho hectáreas que poseen.
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