Por Irene Bianchi
Un flaco entrañable, De Barry. Actor de raza. Un bicho de teatro, en el aspecto más amplio de la palabra. Esos tipos que hacen de todo: serruchan, lijan, clavan, pintan, arman, montan, arreglan tachos, ponen luces, ceban mate. Y además escriben, actúan, dirigen. Un hombre orquesta. Cálido, intuitivo, pícaro, socarrón, buen anfitrión, buen cocinero. Compartí escenario con Juan Carlos en los ‘80, en una desopilante comedia- “Extramatrimonial”-, dirigida por Wagner Mautone. También actuaban Lidia Pérez Losavio y Mabel Campos. Esas charlas de camarín no tenían desperdicio. Salimos de gira con “El Andador” y “El cepillo de dientes” a Verónica y a Magdalena. Poco público y mucha diversión. Parecíamos actores de la legua, esos trashumantes que a bordo de sus carromatos iban de pueblo en pueblo. Guapo, el flaco. Un galán. Tenía un vozarrón potente y una pinta de tanguero. La Lechuza era su lugar en el mundo, su espacio sagrado, que compartía con su familia. Familia de artistas. Se movía a sus anchas en todos los géneros: comedia, tragedia, costumbrismo, teatro del absurdo. Pero nunca se la creyó. Era un laburante, un artesano, un apasionado del oficio.
Por suerte, dejó huella, hizo escuela, formó gente, abrió espacios. Y su recuerdo en quienes lo conocimos y tratamos, hoy dibuja una sonrisa.
¡Buena gira, flaco! Andá eligiendo un texto y armando un elenco con los grandes como vos que ya se instalaron en cazuela y paraíso.
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