Los legisladores republicanos estadounidenses se encuentran por estos días trabajando fuertemente en un proyecto que permita ponerle fin al grave problema de la evasión fiscal.
Mediante la modificación del sistema impositivo, se busca poner en marcha nuevas reglas para la tributación y de este modo evitar que el Estado norteamericano siga perdiendo millones de dólares al año.
En medio de esta cruzada, un dato llamó la atención en los últimos días. Al parecer quienes llevan adelante esta 'persecución' fiscal, parecen haberse olvidado de los dueños de los campos de golf, un negocio 'muy lucrativo' según afirman medios estadounidenses.
Y es que pareciera poco casual que el presidente, Donald Trump, sea dueño de una docena de campos de golf de primer nivel, en varios puntos de su país.
Según afirman los medios de la primera potencia mundial, los dueños de los campos de golf pueden exigirle al Estado una devolución de los impuestos, algo que aumenta enormemente sus ganancias.
Citando al Wall Street Journal, "Trump tomó ventaja de los impuestos que beneficiaron a los campos de golf en al menos cuatro de sus propiedades, incluyendo el 'Trump National Golf Club' en Bedminster, Nueva Jersey".
Así es como funciona: el dueño de un campo acepta restringir el desarollo en su propiedad en perpetuidad, conocido como 'servidumbre de conservación' y dona ese servicio a un fideicomiso o al gobierno local. Sin embargo, continúa siendo el dueño del campo.
Luego, el propietario obtiene dos tasaciones: una por el valor de la propiedad si se vendió en el mercado al mejor postor sin restricciones de desarrollo, como un constructor de viviendas que lo subdivide, y la otra por la propiedad con la 'servidumbre' intacta. La diferencia entre esos dos valores se puede deducir de los ingresos del propietario del campo de golf a efectos fiscales.
En otras palabras, el propietario 'cede' su terreno, pero sigue siendo el dueño. Cobra por los servicios que presta en su propiedad, pero no paga los impuestos.
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