Alejandro Bonatto pasaba sus días en Londres componiendo música o haciéndose cargo de la puesta en escena de óperas, hasta que de visita a su país natal se encontró con la directora del TAE, Claudia Billourou, y nació un proyecto para el espacio del Teatro Argentino que unificaría estos dos aspectos de la vida del artista: “La Casa de Max”, ópera de cámara que se estrena esta noche en el TAE, marca el debut en el género del artista radicado en Inglaterra, trabajo en el que se propuso “hacer una ópera contemporánea pero no desde el punto de vista musical sino desde el punto de vista del género: escribir una trama contemporánea, con nuestro idioma, con el acento argentino, y buscar un ensamble musical que en lo que yo siento representa la manera de hacer música de hoy en día, utilizando instrumentos acústicos y electrónicos, generando un balance positivo, porque generalmente la música tiende a ser puramente electrónica o puramente acústica”.
“Es un experimento”, dice Bonatto, en diálogo con EL DIA, sobre su propuesta donde busca utilizar de forma novedosa la música electrónica aplicada a la ópera: “La electrónica se usa en la música, incluso en la música académica, desde los años 50. Pero quería relajar la manera de usar la música electrónica: no hacer un academicismo de la música electrónica, sino simplemente usarla como un instrumento más dentro del ensamble, no haciendo de la electrónica un objetivo, sino simplemente un medio que ayuda a otro objetivo, el de producir un espectáculo.
Su misión compositiva buscó en este sentido descontracturar tradiciones operáticas establecidas, algo que alcanza a la puesta, la forma de concebir el género. “Cuando uno habla de ópera, uno tiene en la cabeza un teatro grande, un foso, una orquesta, un espacio muy grande entre público y cantantes, explotación del nivel vocal exigido... Yo quería renovar eso, traerlo más al teatro que vemos hoy en día, donde el espacio puede ser cualquiera, no hay tanta distancia entre público y cantante. Noto un poco quedada en el tiempo la forma de producir ópera, de alguna manera siempre se cae en el intento de encajar en el teatro de ópera”, cuenta.
Y aunque no ve “La casa de Max” “como una contracara, o una respuesta, sino como una cara más de un género que considero que sigue vivo”, Bonatto elige en “La casa de Max” concentrarse en la “pureza del género” y “simplemente contar una historia a través de la música y la palabra”; despojarse de ciertas tradiciones, “que no están impuestas, pero es lo que uno mama y repite después”, y “buscar la manera más efectiva de contar la historia. En este caso es esta: es una ópera de cámara, con dos personajes adentro de una casa, de visos psicológicos. Está todo diseñado desde ese punto, y para ese punto”
Basada en la obra de Cortázar, “La casa de Max” es una fábula urbana sobre la soledad, el aislamiento y la complejidad de las relaciones humanas en la sociedad moderna, post-informática: tres amigos, Martín, Andrés y Max, comparten casa, pero un día Max sale y deja su habitación cerrada bajo llave; pasan los días sin noticias de Max, mientras, sin razón aparente, otros espacios de la casa se cierran...
“A primera vista un texto muy simple, que usa elementos cotidianos de una manera fantástica, o elementos fantásticos de una manera cotidiana: puede ser explicada como una historia fantástica o psicológica”, revela Bonatto, que escribió los textos como prosa (“en ningún momento se pensó esto va a ser un aria, esto va a ser un dúo, o la rima: la música trata de acompañar eso”) e hizo hincapié en el acento porteño componiendo la música “en la manera en que nosotros acentuamos”.
Bonatto buscó definir espacios y situaciones “desde la creación de una atmósfera sonora”, comenzando desde la electrónica, e incorporando luego instrumentos acústicos en una partitura más tradicional, con un ritmo y una métrica, combinando así recursos electrónicos y acústicos para diseñar mediante el uso de la tecnología un universo sonoro único a la obra dentro del cual soundscapes, loops, samples y backing tracks interactúen con un cuarteto de cuerdas, un bandoneón, la voz hablada o cantada. Como una rapsodia estética.
Con dirección musical de Leandro Valiente y puesta en escena y dirección a cargo de Gonzalo Monzón y Mareano Van Gelderen, la obra protagonizada por el barítono Sebastian Sorarrain y el tenor Pablo Urban, musicalizada por el ensamble musical compuesto por integrantes de la orquesta del Conservatorio Gilardo Gilardi y Ana Escalada en bandoneón, se estrenará esta noche, a las 20, con dos funciones más, mañana y el domingo.
“ Quise relajar el uso de la electrónica, usarla como un instrumento más del ensamble”
“ El texto puede ser explicada como una historia fantástica o psicológica”
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