Bélgica volvió a vivir ayer escenas de pánico, tras la explosión en la Estación Central de trenes del centro de Bruselas, cerca de la turística Grand Place. Si bien el fallido intento de atentado terrorista -tal como lo calificaron las autoridades- no dejó víctimas, el país se sumergió nuevamente en una ola de miedo. Y le sobran razones. Muchos recordaron lo ocurrido en marzo de 2016, cuando un atentado yihadista dejó un saldo de 32 muertos.
Bélgica, junto a otros países europeos como Francia y Reino Unido, han sido el blanco predilecto de una serie de atentados terroristas en los últimos años. Desde los atentados yihadistas en París en noviembre de 2015 (130 muertos) y en la capital belga en marzo de 2016, ambos reivindicados por la organización Estado Islámico (ISIS), Bélgica se encuentra en un nivel de alerta terrorista 3 en una escala de 4. Además, las operaciones y redadas policiales tienen lugar casi todas las semanas y los militares siguen patrullando las grandes ciudades del país, especialmente los lugares más sensibles.
A las 7:58 de la mañana del 22 de marzo de 2016, dos kamikazes se hicieron estallar en el hall de entrada del aeropuerto de Zaventem con sus valijas cargadas de explosivos. Poco más de una hora después, a las 9:11, otro terrorista suicida atacó la estación de subte de Maelbeek, en pleno corazón del barrio europeo de Bruselas. Un total de 32 personas (sin contar a los kamikazes) murieron en los atentados y 340 resultaron heridas. Las víctimas procedían de 22 países diferentes. Los terroristas, pertenecientes al ISIS, formaban parte de la misma célula que el 13 de noviembre de 2015 había matado a 130 personas en París. De hecho, los atentados se produjeron cuatro días después de la detención en Bruselas de Salah Abdeslam, el único terrorista sobreviviente del 13-N. El barrio bruselense de Molenbeek, de mayoría musulmana, se convirtió en centro de atención mundial por ser el lugar de origen de varios de los atacantes.
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