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La advertencia de “Game of Thrones” para los negadores del cambio climático

Por Redacción

La verdadera guerra está al Norte, pero los personajes de la serie de HBO no pueden ver más allá de sus rencillas territoriales, una postura escalofriantemente similar a la de ciertos mandatarios del presente

Son días difíciles para el planeta: a las noticias de aumentos de temperatura, hábitats naturales destruidos por la mano del hombre, animales confundidos, fracking, icebergs derretidos y especies extinguidas, se sumó recientemente la determinación de Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, de salirse del Acuerdo de París, el convenio que las naciones más poderosas e industrializadas del mundo firmaron para frenar el cambio climático.

Trump opera bajo los argumentos que brinda una minoría de la comunidad científica, para muchos financiada por los barones de los combustibles fósiles quienes no quieren perder su poder, cueste lo que cueste.

Y muchos ciudadanos se encolumnan detrás de los argumentos del presidente de EE UU, y reniegan de las evidencias, demasiado ocupados en alentar para que el país del Norte vuelva a ser “grande otra vez”, en medio de una Nueva Guerra Fría que amenaza su posición en el mundo.

Seguramente, no son pocos los simpatizantes de Trump que siguen “Game of Thrones”, la serie de televisión más vista y pirateada de la historia que inició su séptima y anteúltima temporada el domingo pasado y que esta noche mostrará su segundo episodio. Y no serán pocos quienes no pueden creer que los mandatarios en pugna de los Siete Reinos no presten atención a las señales de la amenaza real que proviene desde el Norte: los Caminantes Blancos marchan hacia el reino de los hombres con un desolador invierno a cuestas, pero no solo los reyes no prestan atención, sino que algunos, directamente, no “creen” en aquello que escapa a su visión de mundo, aquello que parece fantasía o un problema a largo plazo.

SIGNIFICANTE VACIO

Los Caminantes Blancos no son necesariamente una alegoría del cambio climático: como la ballena blanca de “Moby Dick”, los zombies de nieve de la saga creada por George R.R. Martin y convertida en un megaéxito televisivo por HBO operan como un “significante vacío”, es decir, un concepto que puede significarlo todo según quien opere de observador y deposite allí sus deseos y obsesiones.

Las criaturas que aparecieron marchando sin prisa pero sin pausa en el primer episodio de la séptima temporada, lideradas por el Rey de la Noche y envueltas de nieve, son en ese sentido una “otredad” pura, que puede leerse también, por ejemplo, de manera histórica, como una cita a los pueblos germánicos que invadieron el Imperio Romano, los mongoles que se hicieron con el poder de China desde el Norte: considerados bárbaros e inofensivos, su propia marginalidad los llevó a tomar las armas y derrocar a los reinos más avanzados de la historia.

Pero aunque Martin tomara las historias de estos pueblos como inspiración, parece evidente que el autor (y la serie) han sumado en estos personajes otras temáticas menos terrenales, más alegóricas. Los Caminantes pertenecen a un mundo mágico “exiliado” por el avance de la razón en los Siete Reinos, y desde la primera temporada el despertar de este “otro” mundo ha comandado la trama más “fantástica” de esta saga medieval, con resurrecciones, espadas de fuego y dragones apareciendo en un continente que ya los creía mitos y leyendas.

A menudo es mostrado, además, como un mundo que no puede ser comprendido del todo, que está fuera del control humano: los hilos invisibles que mueven el destino del planeta parecen escaparse del sentido y a las reglas que los hombres han dado al mundo que habitan, y por lo tanto, fuera de su control, lo amenazan.

Además, como fuera revelado en la pasada temporada, los Caminantes son fruto del accionar humano: los Hijos del Bosque, una especie de pueblo originario mágico de Poniente, crearon al Rey de la Noche para combatir la invasión de los Andalos (los primeros conquistadores, según la historia de los Siete Reinos).

La conquista fue inevitable, de todos modos, y en Poniente se instauró desde entonces el reino de la razón y el progreso: la industria, la civilización y la guerra se convirtieron en un implacable modelo que exterminó a los Hijos del Bosque y su religión basada en la armonía natural.

Pero conquistar, nombrar y gobernar no es lo mismo que controlar: el avance de la civilización y su razón sobre una fuerza natural (“mágica”) que el hombre nunca pudo comprender llega esta temporada a su punto de quiebre porque esa fuerza resurge desde los márgenes territoriales y simbólicos para imponer su gélida venganza. Como en nuestro planeta, se trata de una metáfora (sobre los límites de lo humano, sobre el hibris y los excesos de la industrialización y el progreso como modelos), pero también de una implacable realidad.

Así, mientras el hombre camina hacia la destrucción que generó desde la codicia, el poder y el hibris, los gobernantes de los Siete Reinos no miran más allá de sus tierras y sus alianzas, y los hombres continúan peleándose entre ellos por migajas sin mirar que el verdadero problema ya no es lejano sino un peligro inminente.

Apenas Jon Snow se obsesiona con la invasión de este ejército de muerte que modifica el clima, mientras hasta su propia hermana (que secretamente mira el trono del Norte con cariño) le pide que declare la guerra al Sur. Es así que la razón del gran éxito de “Game of Thrones” vuelve a manifestarse: las traiciones y triunfos pueden ocurrir en un planeta inventado y mágico, pero sus personajes actúan de una manera tenebrosamente similar a nuestra despistada y desmesurada raza humana.

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