La iniciativa de vecinos de nuestra región de apadrinar a unas 23 escuelas del norte de nuestro país y permitir así que unos 3.000 chicos puedan seguir sus estudios -con una veintena de ellos que ya lograron acceder al nivel terciario- constituye una demostración cabal del compromiso y solidaridad existentes en nuestro cuerpo social.
Se habla de hombres y mujeres entregadas a una tarea que excede con creces la de allegar recursos económicos y que incluye el otorgamiento de becas, la mejora de las estructuras edilicias y el avanzado proyecto de construir una residencia estudiantil para los jóvenes que viven en el monte y puedan, entonces, albergarse en cercanías de los centros de estudio.
Ese gesto es impulsado desde hace 16 años por unos 300 vecinos que advirtieron las extremas carencias que sufren muchos escolares en algunas provincias norteñas. Lo cierto es que desde el 2000 se fueron sumando madrinas y padrinos nucleados en la ONG “Presente, padrinos de escuelas rurales”, y esa medida implicó, asimismo, la inteligente decisión de apoyar y sustentar, a través de una presencia continuada, los procesos educativos básicos, como plataforma segura del mejor desarrollo de comunidades que atraviesan penurias de toda índole.
Hace pocos años también se encomiaba en esta columna la iniciativa e profesionales médicos platenses de llevar salud a escuelas jujeñas de montaña, con el objeto de trabajar en prevención y promoción sanitaria en esa y otras comunidades igualmente alejadas de los hospitales, algunas de las cuales no reciben nunca la visita de un médico. Y fueron, afortunadamente, muchos otros los ejemplos de compromiso por parte de otros sectores de nuestra región, que no se mostraron indiferentes ante otras necesidades esenciales de nuestros compatriotas, radicados en zonas alejadas y de pobres recursos.
Como se ha dicho, no se trató en estos casos tan solo de enviar remesas de alimentos, medicamentos, ropas u otros elementos imprescindibles. Aquí los vecinos de la Región entendieron que había que dar mucho más: quitarle horas y jornadas enteras a sus trabajos personales para impulsar y sostener programas sostenidos de desarrollos educativos y sanitarios en comunidades marginales.
Garantizar la continuidad de estudios tantos pequeños estudiantes, pero dotar a esas poblaciones de agua potable, de escuelas en mejores condiciones edilicias, de construir albergues y otorgar becas para estudiantes conforman iniciativas que merecen, por cierto, reconocimiento y respeto.
Desde luego que bueno sería, también, que la mirada de muchos vecinos y entidades se pose sobre la realidad cercana que nos rodea, con muchas personas que sufren carencias y postergaciones de toda índole. La solidaridad, por cierto, carece de fronteras y debe estar presente allí donde alguien sufra privaciones materiales, espirituales o culturales. Aunque también es verdad que sobran ejemplos de que esa presencia se da, a través de los más de mil voluntarios que, cotidianamente, ofrecen su apoyo desinteresado en nuestra región.
Resulta inevitable consignar que, en la mayoría de los casos, estas respuestas solidarias vienen a cubrir espacios en los que el Estado, inexplicable e injustificadamente, ha perdido fuerza o decididamente desertado. Debe también decirse que no existe excusa alguna para que algunas escuelas rurales del interior del país padezcan terribles privaciones, cuando con mínimas partidas presupuestarias de los erarios provinciales podrían sustentarse perfectamente.
De todos modos, siempre debe valorarse la actitud comprometida de la gente –ahora, la del numeroso grupo de vecinos de nuestra zona-, dispuesta no sólo a no bajar los brazos o limitarse a la protesta, sino a hacerse cargo de las necesidades colectivas y poner manos a la obra para dar respuestas.
No se trató, en estos casos, se enviar remesas de alimentos, medicamentos, ropas u otros elementos. Los vecinos de la Región entendieron que impulsar programas sostenidos
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