Hace casi medio siglo Orson Welles comenzó el rodaje de “Al otro lado del viento”, pero siete años después abandonó un proyecto ahora completado por dos productores, que estrenarán hoy en Netflix una obra con toques orwellianos, mucha psicodelia y mucha historia detrás.
Fue hace poco más de un año cuando los productores Frank Marshall -que trabajó como manager de producción al comienzo del rodaje- y Filip Jan Rymsza pudieron por fin retomar un proyecto que parecía maldito.
Fue tras nueve años de esfuerzos para poner de acuerdo a los herederos del cineasta y de los inversores de la película para que les permitieran hacerlo. Había una disputa legal en Francia por los derechos del material rodado por Welles, por lo que Rymsza empezó contactando con la actriz Oja Kodar, que participó en el filme también como coguionista, y a través de ella con Beatrice, hija del cineasta.
“El objetivo era que todos estuvieran de acuerdo para poder acabar el filme”, explicó el productor. Finalmente se solucionó y el año pasado pudieron empezar a examinar el material dejado por Welles: había 100 horas de imágenes rodadas en un periodo de seis años y Welles había editado casi totalmente 40 minutos y tenía otra parte de hora y media iniciada, con un hueco en el medio que es el que han tenido que rellenar, explicó el montador del filme, Bob Murawski. Una primera versión de 180 minutos dejó pasó a la final de 122, que es la que se presentó en su premiere internacional en el Festival de Venecia y que llega hoy a Netflix, junto a un documental que retrata la odisea de la producción, titulado “Me amarán cuando esté muerto”.
Cuenta la historia de J.J. “Jake” Hannaford, un realizador de películas eróticas interpretado por John Houston que trata de realizar su última cinta. Eran los años setenta, el momento más álgido de la psicodelia y Orson Welles se metió a fondo en ella con un filme que va saltando de un personaje a otro con un trasfondo de locura continua, mezclando las imágenes de las películas eróticas de Hannaford con las del ambiente que rodea al director en la realidad del filme.
Peter Bogdanovich, Susan Strasberg, Dennis Hopper, Lili Palmer o Claude Chabrol son algunos de los rostros conocidos que se pusieron a las órdenes de Welles y, en la mayoría de los casos, interpretaron a personajes réplica de ellos mismos.
Una locura extravagante que retrata un ambiente siniestro y hasta corrupto en una narración intensa, con algunos destellos brillantes, pero que se queda en una serie de retazos, muchas veces inconexos, que poco tiene del legado cinematográfico de la gran figura que fue Welles, pero que sirve para recuperar una figura legendaria, como recordó su hija Beatrice en Venecia.
“Es muy diferentes a sus otras películas. ¿Iba a ser el adiós de Orson? Imposible, dejó muchas otras cosas. Y espero de todo corazón que ahora la gente abra sus ojos y almas a su talento masivo y que aprendan más sobre este hombre increíble”, señaló su hija.
Mientras que Danny Houston, hijo de John Houston, se aventuró a bromear diciendo en otra carta que seguro que “John y Orson estarán allí en espíritu, viendo la proyección desde una esquina y probablemente hombre fumando y brindando por este maravilloso e irreverente trabajo”.
Un espíritu que está en esta última película de Welles, tan transgresora y provocadora como todas las suyas y en la que, de nuevo, el cineasta no cedió un milímetro en su visión para lograr la financiación para hacerla. Por eso ha costado 48 años terminarla.
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