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Atan a dos mujeres de 88 y 91 años en un terrible asalto en Gonnet

Soledad, una de las mujeres que cuida a la víctima, refirió a el dia cómo fue el asalto / Sebastián casali
Soledad, una de las mujeres que cuida a la víctima, refirió a el dia cómo fue el asalto / Sebastián casali
El domingo por la noche un patrullero se acercó a la escena / s. casali
El domingo por la noche un patrullero se acercó a la escena / s. casali

Por Redacción

El hecho fue observado por la hija de una de las víctimas por una cámara de seguridad. Actuaron dos ladrones. “Buscaban dinero, no querían otra cosa”, dijo una de las encargadas de cuidar a la dueña de casa

Soledad recibió un WhatsApp el domingo por la tarde, cerca de las 18.20. Lo enviaba su hija para, como tantas otras veces, avisarle que estaba por subirse al tren. La mujer trabaja cuidando a Rosa, una jubilada de 88 años que vive en 504 entre Centenario y las vías y que padece demencia senil. “Soy como una especie de ama de llaves”, le dijo ayer a EL DIA.

Soledad se turna con otras dos mujeres y muchas veces realiza sus labores junto a los hijos. “La relación es muy buena”, explicó.

Veinte minutos después de ver el aviso en su celular, salió con premura del inmueble de su empleadora rumbo a la Estación de Gonnet. La hija estaba por llegar.

Eran las 18.45 y detrás de ella partió otra de las cuidadoras, que también estaba allí, con destino al supermercado.

Al salir observó que en la calle “no había nadie”. Un grupo de personas esperaba en la parada de colectivos sobre el camino, pero la 504 estaba desierta.

Como no iba a tardar mucho en regresar, dejó las dos rejas que dan al exterior sin llave. Ese error involuntario le permitió a dos delincuentes sortear, cinco minutos más tarde, el primer obstáculo para acceder a la finca.

Todavía quedaba una abertura más de madera, que da acceso al interior del domicilio. Adentro, Rosa compartía un té con su amiga Hilda (91), que vive a escasos metros y había pasado a visitarla.

En medio de la charla se escuchó un llamado: “Toc, toc”. Antes de salir, Soledad les pidió que no abriesen la puerta a nadie, pero como hacía poco que había salido, Hilda creyó que la mujer que había ido al supermercado había regresado a buscar algo.

Entonces, con la lentitud obligada por su pierna débil, abrió. La sorpresa se dibujó en su rostro: frente a ella se erguían dos desconocidos, que la metieron con rapidez en el comedor.

Se tomaron el tiempo para esperarla, como si supieran que en esa casa vivía una persona mayor de edad.

Según el relato de Soledad, en ningún momento utilizaron la fuerza para reducir a las dos abuelas. Más, para evitar pedidos de ayuda, las ataron a ambas y las sentaron en sillas. “Quédense tranquilas y no griten que no les vamos a hacer nada”, fue la orden de uno de los malvivientes.

“LO ÚNICO QUE QUERÍAN ERA PLATA”

Dentro de la morada hay cámaras que transmiten las imágenes en tiempo real. Por eso la hija de Rosa vio cómo sujetaban a su mamá y a la amiga. Debido a la enfermedad que padece la propietaria del lugar, por la cual “habla como desvariando”, sostuvo Soledad, los ladrones la amordazaron.

Para su familiar, la situación era apremiante. En medio de un ataque de nervios, empezó a llamar de forma desesperada por teléfono a la cuidadora, que no escuchó el timbre del celular hasta varios minutos después.

Mientras tanto, los delincuentes se paseaban por todas las habitaciones. Revolvían cajones, carteras, camperas y bolsos en busca de dinero en efectivo.

Sobre la mesa y en un sillón dejaron sin más dos iPad y una notebook. Tampoco se interesaron por el resto de los electrodomésticos. Sí tomaron plata (unos 2.500 pesos) de las billeteras de Soledad y de Hilda. Esta última los increpó en el medio del saqueo: “No les da vergüenza llevarse el dinero que iba a usar para comprar medicamentos”, les espetó.

También sustrajeron “unos pesos” que pertenecían a otra de las chicas que trabajan allí. Un magro botín para un golpe tan arriesgado.

La hija de Rosa, en tanto, logró comunicarse con una vecina que enseguida accionó la alarma vecinal. Sin perder más tiempo, los asaltantes escaparon a la carrera y se subieron a un Chevrolet Corsa blanco, con vidrios polarizados.

A las 19.03, Soledad miró el celular, porque “mi nena no llegaba y era tarde”. Tenía varias llamadas perdidas que pensó se debían a que Rosa e Hilda habían quedado solas.

Apuró el paso y, al arribar, entendió que algo no andaba bien. “Llegué y ya estaba la Policía con varios vecinos en la vereda”, explicó.

Una vez que se “calmaron” los ánimos, analizaron lo sucedido. La sospecha de los allegados a las víctimas es que los autores del hecho tenían el dato de que allí vivía una señora mayor y montaron una vigilancia para esperar el instante adecuado para actuar.

Sin embargo, creyeron que habría un monto alto de efectivo y se fueron con las manos vacías. “No guardan plata acá”, señaló Soledad.

Para los damnificados se trató de una “desgracia con suerte” en la que nadie resultó herido y sólo hubo que lamentar pérdidas materiales.

Rosa “ya se olvidó de lo que pasó, a veces se pierde”, pero “Hilda no, quedó muy asustada, a la noche no se podía dormir”, culminó la cuidadora.

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