Pedro Garay
pgaray@eldia.com
En el principio, una conversación entre un hombre y una mujer: él le dice que ella no existe; ella intenta convencerlo. Mientras dialogan, mientras negocian, las palabras van haciendo emerger imágenes, y las imágenes, pequeños mundos, pequeñas islas: van construyendo un territorio. Así comienza “Archipiélago”, largometraje animado de Félix Dufour-Laperrière, que acaba de ser distinguida por el jurado de Annecy, donde se presentó en el marco de la Contrechamp, sección que muestra animaciones a contramano.
“Esta es la película que hubiera querido hacer cuando salí de la universidad, pero no tenía la madurez para organizarla ni el financiamiento para realizarla. Una película muy íntima, porque combina muchas de las cosas que amo, libros, películas, historias de mi abuela, algunos lugares”, confiesa Dufour-Laperrière, en diálogo con EL DIA: “Archipiélago” se construye a partir de palabras, poesías y músicas, pero también de mapas, recuerdos y otros materiales de la realidad y del pasado del cineasta quebecquiano. “Pero, a la vez, intenta retratar la existencia común a todos”, afirma el realizador, sobre su tercera película, tras “Transatlantique” y “Ville Neuve”.
Una cinta que nace “de dos deseos paradójicos”, relata. “Quería escribir sin pensar, necesariamente, en hacer una película, así que empecé a escribir pequeñas secuencias que hablaban sobre distintas cosas que quería decir, y luego las ensamble en un guión más o menos estructurado. Y también quería devolver la improvisación y libertad al proceso habitualmente controlado y racional de hacer animación, sobre todo al hacer un largometraje”.
Con esas dos misiones, “me metí en un estudio durante dos años, como haría un pintor, y a ver qué sale”: el resultado es una película de espíritu juguetón y tierno, libre e íntima pero a la vez universal en sus planteamientos y dudas existenciales, de una cualidad casi etérea y meditativa. Una película que flota mientras juega entre diferentes técnicas de animación.
“La película fue pensada como un archipiélago, una serie de estaciones, una serie de islas a través de las cuales paseamos: la película va caprichosamente de una isla a la otra, como si fuera un diario de viaje, un documental de viaje”, analiza Dufour-Laperrière. Esta experimentación con diferentes técnicas remite a un cine animado autoral habitualmente presente en cortometrajes, donde el cineasta tiene control total y suele trabajar en solitario: el realizador cuenta que uno de sus objetivos era exportar esas posibilidades, esa variedad, al largometraje, para lo cual necesitó de un equipo, aunque, cuenta entre risas, la forma de producción fue muy horizontal, “casi comunista”.
“Y al requerir poco presupuesto, fue fácil conseguir financiamiento”: el dinero para realizar “Archipiélago” provino de un subsidio para documentales, a pesar de que en la película, ficción y realidad se disuelven. “Parte es real, parte está basado en memorias, parte es abstracto, y hay una parte que es inventada, ficcional”, acepta el canadiense. Recurrir a la sección fue necesario porque “es un documental sobre algo que no es tangible, que no se puede atrapar: ¿qué hace a un territorio? Un territorio físico, político, o un territorio de palabras, de deseos, de recuerdos. Sentir que uno pertenece a un lugar es una mezcla de memorias íntimas, necesidades colectivas, pertenencias… Es un proceso caprichoso, así que hice la película con ese espíritu”.
Ese fluir remite a Chris Marker y el Godard del cine de ensayo, y en ellos también palabras e imágenes dialogan, interactúan, se modifican, dan vida unas a las otras como en “Archipiélago”: “Construí la película pensando esa relación entre palabras e imágenes, cuál crea a cuál: ¿las palabras convocan las imágenes, o las imágenes llaman a las palabras? Toda la película es una relación cambiante entre palabras e imágenes”, responde Dufour-Laperrière.
Por eso esa conversación al inicio, ese diálogo que crea. “Incluso en ese comienzo, aunque el hombre le dice a la mujer que no existe, ya comparten un territorio en común, paradójicamente: el lenguaje”, lanza el realizador. “Ella intenta probar que existe, y en ese acto, inventa: creo que nuestra existencia es algo que evoluciona constantemente, que se inventa constantemente. Así que incluso el hombre que no creía en su existencia al principio queda atrapado en este juego de invención, de tener que inventar las palabras para avanzar”.
“Y es una propuesta un poco posmoderna, de alguna forma, sobre cómo se construye la historia: la historia es algo real, pero es narrada”, agrega. Ese diálogo, esa negociación, “es una forma de aprehender nuestras identidades colectivas”, analiza el cineasta, y esa historia llega en un momento particular del mundo, de identidades aplanadas por la globalización y, en paralelo, quiebre en los diálogos entre culturas, entre fronteras.
Así, aunque en la superficie parece una película más poética que política, sobre todo en relación a su anterior trabajo, “Ville Neuve”, esta también, dice el director, es “una película bien política, aunque quizás de forma más abstracta, porque tener la sensación de pertenecer a un territorio, sea un territorio real o inventado, sea una tierra o un lenguaje, o memorias en común, y tratar de proteger esto, de construir un territorio en común, de articular un destino en común, es algo bien político. Y es un desafío, en este mundo globalizado, y es un desafío mantenerlo abierto, también, mantenerlo inclusivo”.
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