La forma final de “No hay regreso a casa”, largometraje de la limeña Yaela Gottlieb que se verá hoy en el FestiFreak, “partió”, cuenta la realizadora, “de una limitación”. Su padre, que se había transformado en el protagonista de un rodaje libre, sin destino ni propósito, “estaba en Lima, yo en Buenos Aires, es caro viajar seguido, no podía hacerlo frecuentemente. Yo esta película la hacía con un grupo de amigos, y no podía seguir avanzando porque no podía viajar. Ante la falta de recursos, aparece la imaginación. Y ahí es donde aparecen todos estos dispositivos”, cuenta Gottlieb, sobre una película hecha de conversaciones con su padre por videollamada, archivo casero, reflexiones personales, diarios que recuperan el tiempo y hasta Google Maps.
Se trata, define, de una ficción “fronteriza”, una interrogación incómoda por la identidad de su padre Robert, quien, víctima del antisemitismo, en 1958 tuvo que migrar de Rumania a Israel, donde luchó en la Guerra de los Seis Días, para luego mudarse a Perú. Pero la distancia geográfica no atenúa su intenso nacionalismo y su rechazo frontal por cualquiera que cuestione al Estado de Israel. La dificultad de comprender esta situación es el impulso inicial de una película que, lejos de descansar en lo íntimo, vincula la exploración de lazos familiares con procesos históricos amplios.
De hecho, la propia Gottlieb termina siendo protagonista: la directora, que migró a Buenos Aires buscando salir de Lima “y me quedé”, no quería hacer una una película autobiográfica sino un retrato de su padre, pero, cuenta, “mientras filmábamos y probábamos en el rodaje distintas cosas, y al ver que había ciertas limitaciones para continuar, aparezco yo”.
“Me daba mucha vergüenza que aparecieran mi voz, mi cuerpo, pero creo que fue necesario para la narrativa de la película, que aparezca este otro personaje que haga de contrapunto, que una estas secuencias que se armaban en la película”.
Así, la indagación sobre la identidad del padre se transforma también en una indagación sobre su propia identidad: “Me interesaba preguntarme por esta identidad judía: ¿qué es lo que hace a una identidad? Hoy me interesa pensar en una identidad como algo mutante, deforme, que cambia con el tiempo”, analiza Gottlieb, a quien le llamaba la atención “cómo mi padre, habiendo vivido solo cuatro años en Israel, habiendo crecido en Rumania, habiendo vivido 50 años en Perú, tenía ese sentido de pertenencia tan fuerte. Y quería transponermelo a mí, como un mandato familiar”.
La cámara es entonces una forma de indagar, un punto de conexión entre puntos de vista, generaciones diferentes: de un lado Gottlieb, del otro Robert. Un retrato de una historia familiar y también de los intercambios que aparecen entre padres e hijas, intercambios que, cuenta la directora, “surgieron a partir de un viaje que tuve a Israel: a partir de ahí empecé a preguntarme más seguido qué significa Israel, geopolíticamente, qué es ser judío. Yo ya no me sentía judía”.
SUSCRIBITE a esta promo especial