En un rincón contiguo a una autopista del desierto de Néguev, al sur de Israel, grupos de beduinos organizan desde hace años carreras de caballos, una pasión que consideran parte central de su herencia nómada. Y que no encuentra límites más allá de lo desfavorables que resulten las condiciones climáticas y de terreno para esta actividad.
No hay graderías ni cercas para separar la zona de los espectadores de la pista, solo unos tubos plásticos atados a postes.
Pero a los beduinos que se congregan allí al amanecer de cada viernes el lugar y su pista natural de arena les viene muy bien.
La policía israelí intentó varias veces impedir la actividad, pero “la gente está decidida a continuar”, comenta Saher al-Qarnawi, propietario de un tordillo, al final de una carrera.
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