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El avance del cambio climático y las consecuencias en el principal pulmón verde de la Región

La sequía y las altas temperaturas de este mes modificaron el hábitat de esta Reserva Natural

Por Redacción

El Parque Pereyra Iraola representa para la Región un núcleo de sanidad ambiental, comúnmente conocido como "pulmón verde", se ubica desde la Rotonda de Alpargatas hasta Villa Elisa y desde el Río de La Plata hasta la Ruta Provincial N° 36.

Cumple un rol muy importante para el control de plagas, de especies y de zoonosis. Ante una profunda sequía y una ola de calor acechante, varias especies se vieron obligadas a modificar su conducta e importantes árboles cayeron, cuando aún tenían muchos años más por vivir.

Frente a esta situación, son los guardaparques quienes se enfrentan a diario el panorama e intervienen con las pocas herramientas que tienen a su alcance. Ante este acontecimiento, Alba Alé, Guardaparque Inspectora, aseguró que los animales entran en un estado de desesperación buscando agua fuera de su hábitat. En algunos casos, para poder subsistir diferentes animales han llegado a las piletas de los barrios lindantes para estar en contacto con el agua.

En la Reserva, que cuenta con más de 10.000 hectáreas de extensión, residen mamíferos, reptiles y aves de origen autóctono, tales como zorros, gatos monteses, coipos, carpinchos y comadrejas. En el caso de las aves, algunas son provenientes de norteamérica que migran hacia esta Región y otras son naturalmente de esta zona, pero se tratan de especies acuáticas y precisan de cursos de agua, que hoy no abundan.

En estos años no hay mejor testigo para hablar del cambio climático, la Reserva evidencia a flor de piel las variaciones de sequía, de humedad y sus diferentes picos. Refiriéndonos a los árboles, Alba asegura que ante las altas temperaturas similares a un clima tropical “las especies de los árboles no pueden nutrirse de las napas y se derrumban estando vivos”.

Allí, se ubica el Agathis alba, comúnmente conocido como “Árbol de cristal” es una especie arbórea proveniente de Malasia y es el único ejemplar que sobrevivió de los 12 que se plantaron allí hace 150 años por Leonardo Pereyra Iraola. En 1992, fue declarado Monumento Natural por la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires.

En ese sentido, los arroyos también se ven atravesados por la sequía, con una cantidad de agua mínima. A pesar de que sus cursos son variables por su estrecho contacto con el Río de La Plata, el agua se encuentra por debajo de los indicadores normales y afecta a la dinámica natural de las especies. Asimismo, los animales buscan los lugares indicados para poder subsistir, pero en el medio corren peligro.

En medio de ese panorama, los guardaparques se encargan de controlar, vigilar y cuidar los recursos del Parque Provincial Pereyra Iraola, pero como les gusta decir a ellos, su rol es “la educación ambiental porque trabajamos con la comunidad”. Del mismo modo, Alba destacó el trabajo en conjunto con la comunidad: “No cuidamos las áreas protegidas solos, si nosotros no logramos que la sociedad se una a nuestro trabajo, estos lugares no van a poder ser cuidados”.

Acompañada por otros cuatro guardaparques, son quienes tienen la autoridad en la Reserva según las leyes que llevan adelante el cuidado de áreas de protección a nivel provincial. Cabe destacar que la sociedad entiende y los reconoce, al contrario de lo que ocurre con las autoridades gubernamentales.

Ante las problemáticas que afectan a la Reserva, afirmó: “La solución en lo inmediato es preservar lo poco que queda, para asegurarle a esas especies que van a seguir teniendo y no van a perder territorio. Lo importante sería que no se avance más sobre humedales o sobre reservas de agua, pero el día que nos haga falta nos vamos a dar cuenta del gran desastre que hicimos como especie”.

Con la complejidad que presenta el parque, es necesario alguien que coordine y acá se evidencia la ausencia total. Si yo no puedo coordinar, tampoco lo puede hacer nadie, y creo que en este momento les conviene que haya un caos y una división interna en el territorio porque hay muchos actores sociales”, indicó ante el presente que deben afrontar.

Igualmente, ante las imposibilidades y una actualidad cada vez más problemática, Alba Alé mantiene su optimismo y esperanza. “Soy optimista, empecé como voluntaria a los 22 años, hoy tengo 54 años y mantengo el mismo pensamiento que antes. Mi familia siempre me entendió, está en la sangre y por eso siempre me han bancado”, argumentó. Alba, además de cumplir su rol como guardaparque, cumple funciones de sindicalista y representante de este tipo de trabajadores para lograr los objetivos primordiales.

Sin embargo, frente a las constantes adversidades que le impone la naturaleza y el humano con sus decisiones y acciones, Alba elige todos los días de su vida su profesión y rememora un dicho común en su ámbito: “No trabajamos de esto, vivimos de ser guardaparques”.

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