“Parte de la religión” es una idea de esas que salen en los grupos de amigos en un asado: ¿y si hacemos una serie sobre un grupo de amigos en un asado? Algo así, cuenta Santiago Gobernori, cocreador, junto a Mariano Rosales, de la comedia de tres episodios que debutó en Flow, es lo que ocurrió, solo que la idea no nació en un asado sino en un Zoom.
Es que, cuenta Gobernori, durante la pandemia, con el grupo que protagoniza la serie (Nicolás García Hume, Alan Sabbagh, Julián Lucero, Valeria Lois, Malena Medici, Julián Doregger, y los propios Gobernori y Rosales), con quienes antes de la debacle habían trabajado en teatro, se juntaban “a charlar por Zoom y pasar el rato”.
“Y surgió la idea de tratar de hacer algo”, relata. Todavía no se podía filmar, pero empezaron a cranear “algo que fuera factible cuando nos permitieran trabajar”: una serie “sencilla de filmar, y segura”, una serie “a medida” del contexto y de las posibilidades, que contara con pocos actores, que pudiera filmarse al aire libre, donde se pudiera mantener cierta distancia, y que fuera también corta y realizable, que se pudiera filmar en un puñado de sesiones (fueron finalmente tres, una por cada episodio).
Así es que nació esta idea de filmar a un grupo de amigos en un asado. “La línea básica era: un grupo de amigos que se junta a comer un asado y charlan. A partir de ahí empezamos a delinear qué le pasa a cada personaje, y qué personaje podía hacer cada actor. Fuimos al revés de lo habitual: somos siete actores, ¿qué mundo los puede reunir, qué historias podemos hacer?”, explica Gobernori. Toda la producción fue así, de alguna forma, marcada por el contexto: “Parte de la religión” es una microserie en más de un sentido, desde su duración y presupuesto hasta la forma en que fue producida y filmada, con lo mínimo, en mínimo tiempo.
LA TRAMA
El asado era, explica el actor y guionista, la excusa para reunir a los siete actores y sus personajes en un solo lugar donde pudiera desarrollarse una historia: la de Julián, un cura que trabaja en Catamarca pero que está perdiendo la fe (o cambiándola por la fe en los extraterrestres), que se reencuentra con su hermano Santiago luego de la muerte de su padre.
Para recuperar el tiempo perdido deciden hacer un asado en la casa de fin de semana que les prestó un tío de Male, la pareja de Santiago. En ese almuerzo recibirán la visita de Nico y Alan, dos actores de teatro de egos inflados; Lucho y Vale, un amigo de la infancia y su media hermana (con la que tiene un vínculo amoroso), y Mariano, un delivery que nadie pidió y termina siendo invitado a la reunión. Santiago es, entre estos conflictuados personajes, “el típico argentino” algo despreocupado y que no quiere que lo molesten demasiado, entre “personajes bastante díscolos, con unas miserias que están en primer plano”.
En tres frenéticas partes de 20 minutos, se despliegan temas profundos y triviales como ocurre en cualquier asado, desde la fe y la vida extraterrestre, hasta el éxito profesional y el amor. Al dibujar a los personajes, se dibujaron los conflictos, y así fue que esta serie sobre “lo cotidiano” terminó atravesada por una serie de situaciones al borde de lo bizarro.
Comedia para tiempos aciagos como aquellos pandémicos, aunque, reconoce Gobernori, “nosotros nunca vamos a hacer un drama. Somos un grupo que cuando nos juntamos no podemos hablar en serio ni un minuto”.
De hecho, relata, “el rodaje fue una pesadilla, no podíamos dejar de hacer chistes, fue caótico. Es que es un grupo muy arriba, no para: con la pandemia estábamos encerrados y de golpe nos liberaron un ratito para filmar, éramos una máquina de hablar”.
Con esa máquina de hablar, cuenta Gobernori, se ha constituido tras esta primera temporada una especie de pequeña usina para trabajar proyectos en tiempos de crisis: porque, terminado el COVID, “sigue costando filmar en Argentina por los presupuestos”.
“Las plataformas destinan presupuestos a proyectos más rimbombantes, no les parece atractivo un grupo de amigos que se junta a charlar. Además, este año ya se filmó menos que el año pasado, y el año que viene se va a filmar todavía menos. En su momento fue la pandemia, pero ahora vivimos en un contexto que, a los que nos gusta filmar más allá del resultado económico, es fundamental encontrar estos formatos que nos permiten filmar igual, filmar cosas sencillas pero que no por eso sean de menor calidad”, lanza Gobernori.
La cultura teatral de la que es parte, acostumbrado a la autogestión, le permitió formar esta pequeña unidad de producción que ya tiene una segunda temporada escrita, para la que busca financiamiento. La primera fue vendida a Flow, luego de venderse por internet a demanda a quien le interesara. ¿Las plataformas permiten seguir trabajando en tiempos difíciles?
“Es un momento que genera una gran incógnita”, opina al respecto. “Yo no termino de entender si la aparición de las plataformas fue algo positivo o negativo. Hoy cualquier película es accesible, pero siento que hay una cantidad que va en detrimento de la calidad. Y hay algo que nos fue agotando de ver tanto contenido, se fue agotando la novedad, la frescura. Estamos en un momento de cuello de botella, y no sabemos para dónde va a disparar: quizás en algunos años las plataformas sean un lugar aburrido y uno vuelve a buscar la diversidad en el cine. O en el teatro: yo siento que el teatro se resignificó mucho después de la pandemia, mucha gente que no iba al teatro hoy va a encontrar alguien que no te habla con una pantalla de por medio. Uno de los artes más viejos se volvió algo novedoso”.
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