Osvaldo Laport y Diego Velázquez viajaron a un pequeño pueblo riojano para filmar “Hombre muerto”, la historia de un forastero que aterriza en un paraje perdido entre las montañas, paralizado tras el cierre de la mina. El hombre llega ofreciendo una importante paga por un trabajo “especial”: el encargo consiste en matar al propietario de la mina, condición previa a una inversión que traerá “progreso”.
Un western de coyuntura argentina, estrenado este jueves en algunas salas porteñas, que completan otros actores de rostro ajado, de cuerpo marcado, ideales para los paisajes del género (Roly Serrano, Daniel Valenzuela), y que surgió a partir de una idea de Andrés Tamborino, codirector de la película junto a Alejandro Gruz.
“Andrés me contó la historia: el personaje se basa en el papá de una vieja novia, que trabajaba en el circo y había atravesado una vivencia similar”, relata Gruz, en diálogo con EL DIA. A partir de esa historia, un guion, trabajado luego con Gabriel Medina, y, finalmente, el rodaje, para el que se trasladaron a La Rioja, hacia locaciones que, se ríe Gruz, ubicaron en Google Earth.
Una es el pueblo protagonista, que, explica Gruz, “es el pueblo, existe: nosotros pintamos, pusimos algunos carteles, pero ese pueblo existe, a la orilla de unas vías de un tren que ya no existe, hasta construyeron casas con las partes que sacaron de las vías. Es un lugar muy especial, donde viven 60 familias”.
Desde ya, cuenta, no fue fácil filmar. Desamparados, con los presupuestos limitados del cine nacional, para colmo llegaron al pueblo y un brote de COVID lo cerró. “Fue un rodaje hermoso, pero muy difícil”, cuenta Gruz, pero valora que el riesgo y la aventura que se vivieron filmando “se ve en la pantalla”.
Y lo bien que se ve: espectaculares paisajes, atardeceres rojizos ideales para personajes a contraluz, adornan las vicisitudes de Almeida, El Ingeniero, Camilo, el Padre Francisco y el Comisario, representantes de distintos estratos de la sociedad: aparecen en la película, heredera de ese humanismo del western, la mina, el pueblo, el juego, la iglesia, la autoridad, en estos personajes que van desde pobres tipos al dueño del pueblo. El poder en todos sus estamentos.
“La película está ambientada en el posdictadura, donde todavía había resabios de una autoridad ejercida de forma no democrática. Pero bueno, si acercás eso al presente, sí, siempre hay similitudes. De todas maneras, la fábula es atemporal, aunque quisimos ambientarla en esa época puntual”, afirma Gruz.
De todos modos, frena el director, aunque “Hombre muerto” hable de hombres y del poder, es posible que no sea un western. Al menos, no lo pensaron así. “Hoy asumimos que es un poco western, en el Bafici todos decían que era un western. Pero no es un western de caballos y pistoleros, en realidad es una comedia dramática, con duelos, con situaciones que podríamos asimilar con el western”, cuenta.
Es “una fábula”, prefiere definir el cineasta y productor. Una fábula argentina, audaz y delirante, con toques de comedia, “con muchas partes que generan una sonrisa”.
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