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21.1.2018
Cuando la ciudad lloro frente a una joya en llamas

Hace 40 años un incendio reducía a escombros el histórico Teatro Argentino

Cuatro décadas atrás la magnificencia del coliseo platense quedaba devastada por las voraces llamas. Fue el 18 de octubre de 1977, exactamente a las 14.30. En minutos el fuego devoró los cortinados y luego se propagó por todo el Teatro. Las pérdidas fueron irreparables. El recuerdo de uno de los días más tristes en la historia de la Ciudad

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En las páginas de EL DIA se reflejó la conmoción que provocó en la Ciudad la destrucción del antiguo Teatro Argentino, tras una trayectoria de 87 años al servicio de la cultura. El teatro constaba de cinco niveles, con palcos y galerías, pudiendo albergar hasta 1.500 espectadores. Aquel día los rescatistas lograron poner a cubierto a las doscientas personas que se encontraban en el interior, aunque las pérdidas materiales fueron irreparables y poco después se dispuso la demolición. En 1999, tras varias demoras y dilaciones en la reconstrucción, se inauguró el nuevo edificio de 51 entre 9 y 10 - archivo

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Por Marcelo Ortale

Aquel día, del corazón de la Ciudad se elevó en el atardecer una columna espiralada de humo ocre o dorado. “Hay un incendio en el Argentino...” fue el mensaje que iba de boca en boca, de teléfono en teléfono. Hubo que ir corriendo por la avenida 51 y ver aquello. Ese humo ya era como el color martirizado del teatro despidiéndose.

Por las ventanas se veía la impotencia y la desesperación de brazos que arrojaban vestidos operísticos o el leve tutu del baile que tardaba más en llegar al jardín. Terciopelos y estucos se convertían en ceniza. Había como un sonido de fondo que se parecía a un bramido manso y los bomberos llegaban, pero el fuego ya arrasaba la sala, el escenario, las bambalinas, el latido más íntimo del querido teatro.

Muchos platenses sufrieron y lloraron ese día. Del volcán del techo crecía una danzante humareda y el silencio era estremecedor. La gente del teatro, los músicos, los coreutas, los bailarines, los operarios, debían abandonar el edificio que ya crepitaba y lo hacían llevando lo último, lo que podían salvar, lo que sirviera para alguna otra vez. Sólo se escuchaba de fondo ese rumor insonoro de las llamas, como el de una rutinaria caldera encendida hace mil años.

Cuando las dotaciones de bomberos apagaron esa catástrofe, quedaba en pie las antiguas y hermosas paredes del edificio casi centenario. “Se puede salvar, lo vamos a recuperar” decía un desconsolado músico de la orquesta. “El fuego destruyó el Teatro Argentino. Sólo la estructura exterior quedó en pie de lo que fue un orgullo para la ciudad”, diría a la mañana siguiente la crónica de EL DIA. Informaba que un reflector había tocado a un cortinado, iniciándose a partir de allí la devastación.

También empezó desde ese día una porfiada lucha por el rescate del viejo edificio del Argentino. Mucha gente se convocó ante la sede y coreó “reconstrucción, reconstrucción”. La estructura había quedado en pie, el foyer estaba intacto, se veía al edificio chamuscado pero ileso.

La construcción del antiguo Teatro Argentino demandó cinco años y se inauguró el 19 de noviembre de 1890

Gente que amaba al teatro, los elencos y el personal que trabajaba, el público que asistía a sus funciones, con el respaldo de dictámenes técnicos de excelencia que avalaban la reconstrucción, dieron batalla en todos los niveles. Pero el gobierno militar desoyó el reclamo y se pronunció a favor de la piqueta, para convertir en polvo aquel sobrio edificio renacentista, diseñado a fines del siglo XIX por el arquitecto Leopoldo Rochi y financiado por la colectividad italiana.

La mayoría de los músicos perdió sus instrumentos, devorados por el fuego. “Intentamos primero hacer un concierto en el Jockey Club, pero no lo autorizó el gobierno de los militares. Era para recaudar fondos y destinarlos a la compra de instrumentos. Finalmente lo hicimos en la iglesia del colegio San José”, reseñó entonces Raúl Carpinetti, ex director de la Cantoría Ars Nova.

Carpinetti recordó que muchos años antes el entonces director del Argentino, Jaime Bauzá, estaba preocupado ante la alternativa de un incendio. “Pero nunca aparecían los recursos presupuestarios para prevenir esa cuestión. Bauzá protestó siempre pero no le hicieron caso”. Por esos tiempos se había quemado el teatro Cervantes, en capital federal, después reconstruido.

Muchos aseguraron desde entonces que el incendio fue intencional. Dejaron unos reflectores cerca al lado de las patas de un decorado. No había telón metálico. “Si no lo quemaron, lo dejaron quemar”, fue una de las conjeturas. El dolor siguió siempre y quienes vivieron y vieron aquello aún lo sienten.

Entidades prestigiosas como el Centro de Ingenieros bonaerense, el Colegio de Arquitectos y otros se pronunciaron con pericias enfáticas a favor de la reconstrucción del Argentino. No verificaron fallas estructurales en el edificio. El gobierno desoyó esos dictámenes.

Todo fue en vano. Pocos días después del incendio, la orquesta y el coro actuaron en los jardines. Se trató, en realidad, de la última y estremecida función del tan querido edificio, despedido por las lágrimas que aún –aunque parezca extraño- siguen apareciendo en los ojos de quienes conocieron al que fue, como bien dijo la crónica de este diario, un orgullo para la ciudad.

 

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