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23.10.2017
Se sextuplico el numero de migrantes de ese pais a la argentina desde 2014

Para escapar de la crisis cada vez más venezolanos se radican en La Plata

Se estima que ya son alrededor de 800, la mayoría de entre 20 y 30 años

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Por omar gimenez

Cuando salió de Venezuela por primera vez, en 2015 y en el marco de una crisis creciente, David Motta (22) no había considerado a la Argentina como su primera opción. Consiguió que un familiar residente en México le pagara un pasaje aéreo a Estados Unidos y hacía allí se dirigió. Pero la vida en Miami era muy cara para los ahorros que David había reunido. Y empezó a considerar alternativas. Canadá y Australia fueron descartadas también por los altos costos de la vida cotidiana. Entonces, unos amigos que se habían establecido en La Plata le hablaron de la Argentina.

Hoy David ya suma un año viviendo en La Plata. Estudia Ingeniería y se imagina un futuro platense, ya recibido y trabajando como ingeniero en la Ciudad. Preocupado por la situación política, económica y social en Venezuela y sabiendo que su mamá y su hermano menor todavía están allá, quiere que ellos también viajen a La Plata. Una ciudad a la que el propio David todavía se está adaptando, aunque sin mayores dificultades: “la primera impresión que dan los platenses es que son demasiado serios o están como enojados. Pero en cuanto te vinculás te das cuenta que no es así y que son gente muy cálida”, opina.

Como otros venezolanos recientemente radicados en La Plata, David enumera los problemas que le tocó vivir en sus últimos meses en Caracas: la dificultad para conseguir alimentos y productos básicos; las largas colas en los supermercados; la obligación de pagar ernormes diferencias (de hasta el 7.000 %) para comprar esos mismos productos en el mercado negro de los “bachaqueros”; la inseguridad que obligaba a los más jóvenes a quedarse durmiendo en un rincón de las discotecas hasta el amanecer para evitar enfrentar los peligros de la noche.

Ya en la Argentina, las preocupaciones son otras y tienen que ver con los amigos y familiares que quedaron en Venezuela: en el día a día de los emigrados no sólo aparece como prioritario el seguir la realidad política venezolana (la hiperinflación, el desabastecimiento, la inseguridad, las protestas, los muertos, la crisis política y sus repercusiones internacionales) sino también tratar de enviar ayuda económica a los que quedaron en el país caribeño.

El contacto con Venezuela es permanente por WhatsApp, por Skype, por correo electrónico. Y la opción cibernética se hace más importante a medida que, a raíz de la suspensión de vuelos y de los problemas económicos, hasta considerar la posibilidad de volver se hace difícil.

De la mano de esa situación y de la creencia de que la crisis en el país caribeño, sea cual sea su desenlace, tardará años en resolverse, los venezolanos que llegan a La Plata piensan en un proyecto de vida en el país antes que en la posibilidad de volver en el corto o el mediano plazo a Venezuela.

Se estima que, en lo que va del año, 600 venezolanos por semana se radicaron en la Argentina, lo que representa un 20% más de los que habían llegado en 2016 y el séxtuple de los que arribaron a la Argentina en 2014, según los datos manejados por la Dirección de Migraciones del Ministerio del Interior.

De esos datos se desprende, asimismo, que el 74,5% de los que se radican en el país tienen entre 22 y 42 años, y 6 de cada 10 traen estudios superiores.

En La Plata y según los datos que se manejan extraoficialmente entre los emigrados, serían alrededor de 800 los venezolanos radicados, la mayoría en el curso del último año. Casi todos tienen entre 20 y 30 años.

“Es que para una familia o una persona de más edad es más difícil irse. El principal obstáculo es pagar el pasaje aéreo, que es en dólares. Pero para los jóvenes, que son los que tienen que forjarse un futuro y los que quieren disfrutar, por ejemplo, de una salida nocturna, las cosas están muy difíciles en Venezuela. Y son muchos los que tienen entre 20 y 30 años que emigran buscando una vida mejor”, dicen los venezolanos consultados en La Plata

las historias detras de las cifras

“Vinimos justicos”, dice Claudia Morao (21) y no es necesario que lo diga: en su departamento platense apenas hay muebles y se usan cajas de cartón para sentarse cuando las sillas no alcanzan. Pero todos tienen bien claro que las prioridades son otras, al menos hasta establecerse: “lo primero es poder pagar los gastos básicos, el alquiler y la comida y enviarle algo de plata a la familia que quedó en Venezuela. Los muebles no son prioridad”, dice.

Claudia llegó con su novio hace alrededor de cinco mese buscando un futuro mejor, lejos de la inseguridad, la hiperinflación y el desabastecimiento que hoy caracterizan a la vida de todos los días en su Caracas natal.

Cuando se fue de Caracas había cursado dos años de estudios en Aduana y Comercio Exterior y trabajaba ocasionalmente “para comprar alguna ropa”.

Ahora trabaja en una casa de comidas cercana a la terminal de colectivos, después de haber pasado por otros empleos -en un lavadero de autos y en una panadería- y se prepara para empezar a estudiar Administración de Empresas.

Su proyecto es establecerse en la Ciudad porque cree que, cualquiera sea el desenlace de la crisis en Venezuela, la recuperación del país va a llevar mucho tiempo.

Cuenta que la situación es especialmente difícil para los jóvenes y que terminó de tomar la decisión de migrar cuando comenzó a circular el rumor de que con los títulos de la universidad pública en donde estudiaba no iba a poder ejercer fuera del país.

Primero consideró la posibilidad de irse a Chile, pero allí el costo de las universidades resultaba muy caro. Fue entonces que se decidió por la Argentina y por La Plata.

Para Claudia, que mantiene un contacto permanente con su familia en Venezuela a través de WhatsApp, “es en pagar los pasajes donde los jóvenes venezolanos que se quieren ir realmente hacen magia”.

Es que el principal obstáculo que encuentran es que los pasajes tienen precio en dólares y los sueldos venezolanos que perciben los más jóvenes fluctúan entre los 9 y los 12 dólares mensuales.

Entonces, para pagar los pasajes muchos recurrieron a préstamos de familiares o conocidos.

Daniel Guedez (27), otro joven venezolano que llegó a La Plata porque antes había venido su hermana, cuenta que son especialmente los jóvenes los que tratan de buscar un futuro en otro país. Y si bien al principio muchos tropezaron con la oposición de sus mayores, con la profundización de la crisis, sus mismos padres aceptaron que migraran como la mejor opción.

“En mi caso, había tomado la decisión de irme, pero quería recibirme antes. Me recibí de contador y recién entonces empecé un viaje que me llevó primero a Perú, después a Chile y finalmente me trajo a La Plata”, relata.

De sus últimos días en Venezuela recuerda el impacto del desabastecimiento y las dificultades que atravesaba junto a su familia para conseguir alimentos básicos.

“El día que te tocaba comprar, por tu número de documento tenías que empezar a hacer cola a las tres de la mañana. El camión con el suministro llegaba recién a las 12. Y aún así, a veces no conseguías ni la mitad de lo que ibas a buscar”, cuenta Guedez.

David Motta ilustra con otro ejemplo cómo son esas esperas: “una vez mi mamá hizo tres horas de cola para comprar papel higiénico. Y no consiguió”.

Lo que no se consigue en el mercado hay que comprárselo a los “chacoteros” (el mercado negro). Allí, la harina para hacer arepas, que en el mercado cuesta 200 bolívares se puede pagar hasta 14.000 bolívares, dice Motta.

Al problema del desabastecimiento se suma, en la vida cotidiana, el de la inseguridad.

“Los asaltos son cosa de todos los días. La gente lleva el celular escondido en la ropa interior para que no se lo roben, porque reponer un celular robado es casi imposible. Y después de cada asalto el venezolano se muestra aliviado porque al menos no lo mataron”, dice Guedez

Al mismo tiempo, los jóvenes venezolanos que llegan a La Plata dicen que la inseguridad que se vive en nuestro país no es comparable: “ser joven y salir de noche en carro, o aún a pie, en Caracas hoy, es algo complicado. Hay jóvenes que salen y se quedan a dormir en los rincones de las discotecas esperando que amanezca para no enfrentar las calles oscuras. Pero de día tampoco se vive tranquilo. Me pasó estar haciendo un trámite en un primer piso vidriado de la Municipalidad de Caracas a plena luz del día y ver desde allí como tiroteaban a un hombre delante de todos para asaltarlo”, dice Motta.

“Acá puede haber robos. Pero en Caracas hoy tenés que andar con un radar, permanentemente atento”, apunta por su parte Guedez.

La vida lejos de casa también está cargada de nostalgias. Nostalgias por la playa, por el clima caribeño, por los amigos y los familiares que quedaron lejos.

Se hace difícil soportar el frío de algunas jornadas platenses, pero sobre todo la humedad, dice, por caso, Claudia Morao.

Y aunque la aventura de construir un futuro lejos de casa la haya enfrentado a episodios amargos, como el haber sido estafada junto a su novio en el primer taxi que tomaron en Ezeiza, se despide con un “¡Chévere!”. Y el optimismo intacto.

 

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