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Por SANDRA CORNEJO
“Jamás pensé en hacerme escritora”, revela Moya Cannon en el prólogo de la antología “Aves de invierno y otros poemas” de la editorial Pre-Textos. La poesía simplemente le aconteció, refugio ante la turbulencia de la vida que vendría después. La autora también ha dicho: “ningún escritor elige su tema, el tema lo elige a uno”. Es así como en este libro, integrado por poemas de cuatro libros anteriores (“Oar”, “The Parchment Boat”; “Carrying the Songs: New and Selected Poems” y “Hands”), ella elige -o es elegida por- aquellos tonos que marcaron su infancia en su Donegal natal, último rincón al noroeste de Irlanda y de toda Europa. En ese tiempo, el padre de Cannon, maestro, fue volcando en la niña una cosmovisión singular, al tiempo que la madre aportaba una entusiasta inclinación por la poesía. Ambos suponían la importancia del aprendizaje del gaélico, de modo que el irlandés sería su lengua materna. El inglés vendría poco antes de iniciar la escuela.
Ambos, padre y madre, habitarán luego los poemas de la hija. También lo harán los seres sufrientes y severos de aquel paisaje aislado pero muy cercano a las mareas. Los poemas escritos ya en Dublín, traerían en su imaginería el recuerdo de los años fundantes. Esos símbolos de la infancia (tan destacados por María Zambrano o Antonio Colinas para la hechura de una obra) se harán visibles frente a la fragilidad de los días. Una inclinación hacia la observación y el extrañamiento y una sensibilidad abierta y punzante, llevarán al papel desde entonces palabras como valva, brezo, piedra caliza, remo, marea, granito, barreno, tulipanes, gansos, helada.
La de Cannon no es una poesía simple, si bien franca. Hay en la construcción de su poética un lenguaje moldeándose en capas, una revuelta de asociaciones en torno a un tema o paisaje. La perplejidad por la que es tomada la autora ante la pérdida, el misterio o la fragilidad del ser -y de cada uno de los detalles cotidianos, como un caracol o el polen-, es la misma perplejidad que nos toma a nosotros, sus lectores, ante cada uno de sus poemas. Porque cada uno de sus poemas, además de ser un canto, una historia o un relato; es una pequeña pieza construida con esmero de artesano, cuyo cincel esculpe matices a través del tiempo. Esta “arqueóloga de la emociones” (como la definiera su traductor y amigo, Jorge Fondebrider) dice por ejemplo en su poema “Atención”: “A veces no hay nada,/ absolutamente nada,/ que hacer sino observar/ y esperar/ y dejar que el reloj que divide nuestros días/ nos suelte/ hasta que la mente sea capaz/ de confiar en la tormenta/ de soportar nuestro peso de carne y hueso/ de hacerse cargo de respirar/ el ritmo de la sangre/ un ritmo sostenido/ entre dos respiraciones/ un llanto de recién nacido/ un último resuello”.
Cannon apunta a lo primordial, a esa emoción que al ser traducida en un poema se manifiesta en cierto conocimiento poético, hecho que no sólo hace a la expresión de una identidad personal sino que, en palabras de Robert Duncan, hace a la expresión de una “identidad cósmica”. Ocurre que su poesía, a través de lo propio, habla de lo universal; dice por ejemplo: “el de la muerte es un país privado/ como el del amor” o escribe en “Manos” (al observar unas manos en un vuelo de avión) “como si esto fuera lo que es la vida humana:/ser pasado de mano en mano”. Es así que las aves de invierno no sólo son los gansos de pecho negro que en octubre bajan desde Groenlandia; son, además, aquellos muchachos que en los bancos de las últimas filas de la clase emigrarán indefectiblemente por sustento y futuro. Es así también que, al observar la demolición de una casa, reflexiona sobre el recuerdo de una vieja historia de amor.
La vida en las Islas del norte es una coartada en Cannon para poetizar sobre la vida y la muerte, la vejez o el dolor, un violín, un erizo, un tren o el río de estrellas en un cielo perenne. En ella, la poesía es el sortilegio para “encontrar una gramática nueva”. Al escribir sobre lo propio (y aquí es imposible no mencionar a Seamus Heaney) abre una ventana desde la mismidad a la otredad, ahondando en lo que habita más allá de la frontera personal para deslizarse entre los confines humanos.
¿Qué se aprende en definitiva de la lectura de Moya Cannon? Que la vida subterránea tiene sus propias geometrías, que estamos ávidos y que la criatura herida puede convertirse en una antorcha, más o menos, un mapa ante el dilema del mundo.
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