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24.7.2017
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Las razones de la emoción

Por SERGIO SINAY (*)

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Las razones de la emoción

Las razones de la emoción

Mail: sergiosinay@gmail.com

Somos seres emocionales que razonan. Esta breve y clara definición de Daniel Kahneman, psicólogo israelí que en 2002 ganó el Premio Nobel de Economía por sus estudios sobre la toma de decisiones en situaciones de incertidumbre, explica qué nos hace humanos. La conjunción de la emoción con la razón, el funcionamiento integrado de ambas. Kahneman describe en “Pensar rápido, pensar despacio” (su obra esencial y más conocida) los dos sistemas de pensamiento que, según él, determinan las conductas. El que llama “Pensamiento 1” es rápido, reactivo, inmediato, espontáneo, ajeno a la voluntad. Detecta relaciones simples, no va más allá de lo superficial y obvio, no requiere esfuerzo. A veces funciona basado en experiencias ya vividas y de ellas extrae sus conclusiones, y a veces produce lo que Kahneman llama “heurísticas”. Estas son respuestas rápidas y sencillas (no comprobables, pero que suenan lógicas en su formulación) para preguntas complejas. Atajos de la mente. El “Pensamiento 1” está teñido por lo emocional. Al no tener registro de su propia dinámica puede producir una doble ceguera: la de no ver con claridad lo que sucede, seguida de no ver que no vemos.

El “Pensamiento 2”, a su vez, es lento, efectúa cálculos complejos, determina elecciones, requiere tiempo y concentración, compara, evalúa, supervisa los argumentos que parecen lógicos, puede impedir que cometamos errores, corrige sus propias conclusiones y tiene percepción del propio funcionamiento. Es consciente. Podemos llamarlo pensamiento racional.

El “Pensamiento 1” es impulso, el “Pensamiento 2” es autocontrol. Ambos están siempre activados, como humanos forman parte de nosotros. Pero mientras el 1 jamás se desconecta (tiene que ver con nuestros primitivos y necesarios mecanismos de alerta y atención, con nuestro estar en el mundo), el 2 puede permanecer en letargo y acude cuando el 1 no resuelve una situación, cuando se altera nuestra configuración de la realidad y nuestra manera de existir en ella. Se aplica a relaciones complejas, desarrolla procesos, no es un proveedor de respuestas express.

MATRIMONIO NECESARIO

En cierto modo los sistemas de pensamiento descritos por Kahneman son la base para un matrimonio de la emoción con la razón. Cuando la emoción copa todo el escenario quedamos a merced de nuestros impulsos, librados a la posibilidad de gruesas equivocaciones y sus consecuencias, no vemos alternativas, no procesamos ideas. Y si predomina la razón, podemos convertirnos en fríos calculadores, personas utilitarias incapaces de percibir los sentimientos de los otros, ajenos al ejercicio de la empatía.

Somos, recordémoslo, seres emocionales que razonan. La emoción va siempre adelante. La razón acude en su ayuda. Gracias al Sistema 1 tomamos decisiones que, en emergencias, pueden salvarnos la vida. Gracias al Sistema 2 hacemos elecciones que van marcando el rumbo de nuestra existencia. Ambos sistemas están estrechamente relacionados al modo en que gestionamos las emociones.

Las emociones son energía. No las elegimos. Surgen. Nadie elige enojarse, tener miedo, sentir tristeza, avergonzarse, alegrarse. Ocurre que nos enojamos, nos atemorizamos, nos avergonzamos, nos entristecemos, nos alegramos. Son respuestas a una circunstancia detonadora. Las emociones son reacciones. Y estas reacciones nos impulsan a actuar. En efecto, a la presencia de una emoción le sigue una acción. La emoción que sentimos en determinado momento nos lleva a actuar de tal o cual manera. No permanecemos indiferentes a la presencia de la emoción. Ni siquiera quienes luchan por dominar, ocultar, suprimir o cancelar una emoción son inmunes a ella.

Somos, recordémoslo, seres emocionales que razonan. La emoción va siempre adelante. La razón acude en su ayuda. Gracias al Sistema 1 tomamos decisiones que, en emergencias, pueden salvarnos la vida. Gracias al Sistema 2 hacemos elecciones que van marcando el rumbo de nuestra existencia

A propósito de esto es oportuno señalar que ninguna emoción puede suprimirse, dado que su aparición es ajena a nuestra voluntad. Resulta inútil luchar contra el miedo, la ira, la vergüenza o la tristeza, usualmente consideradas como emociones “negativas”. El intento sería una suerte de “guerra civil”, en la que nuestra mente (o una parte de ella) rechaza a un aspecto de nuestro ser (la emoción) y envía tropas a sofocarlo. Nadie se corta los dedos para no padecer sabañones, ni se quita los ojos porque son miopes. En todo caso hacemos lo posible para mejorar nuestra circulación o nuestra visión. Cooperamos con esa parte de nuestro organismo que está afectada. No la llamamos “negativa”. La misma actitud debería prevalecer en la gestión emocional.

No existen emociones negativas. Sí hay modos negativos o disfuncionales de expresarlas o de actuar a partir de ellas. Un enojo expresado oportunamente, con claridad y con argumentos, puede destrabar situaciones confusas, poner un límite, resolver injusticias, reordenar lo que se desmadró. Esto sería un manejo positivo de la emoción. Para ello deberíamos percibir que estamos enojados, preguntarnos qué nos enfurece y qué necesitamos para atender el motivo que detonó la ira. Es decir, necesitaríamos del aporte de la razón, sin desmerecer ni negar la emoción. Disfuncionalmente expresada, esa furia puede terminar en violencia, agresión, destrucción, caos y empeoramiento del hecho que la motivó. Así, también, el miedo puede ayudarnos a fortalecer los recursos y a diseñar mejores estrategias para enfrentar con eficacia la situación que nos atemoriza, es decir puede mantenernos activos y en búsqueda. O, por el contrario, ese mismo miedo, cuando no nos detenemos en registrarlo, escucharlo y encauzarlo, podría paralizarnos, dejándonos sin respuestas o en una actitud que convierta su origen en un fantasma ingobernable.

Las emociones están en nosotros, hay que repetirlo, cumplen funciones y traen mensajes. Escucharlos y entenderlos es un síntoma de madurez emocional. Del mismo modo, la razón es un don con el que contamos, y apelar a ella nos eleva desde un sustrato meramente instintivo y animal (dicho sin ánimo peyorativo) a la condición humana. Esta condición se plasma definitivamente cuando emoción y razón se integran y, asociadas, nos permiten comprender nuestro derrotero existencial.

ANTIDOTO PARA LA VIOLENCIA

Las consecuencias funestas del divorcio entre emoción y razón están a la vista de una manera trágica y dolorosa en estos días, cuando se repite hasta el cansancio la expresión “emoción violenta” como justificación de hechos irreparables. En esa emoción que destruye vínculos, que malbarata proyectos existenciales y que cobra vidas no hay lugar para el menor asomo de razón, de esa razón que nos recuerde que somos humanos, que vivimos con normas, que creamos y aceptamos límites y que el ojo por ojo nos deja a todos ciegos. La emoción violenta, dice el Código Penal, atenúa la pena ante un homicidio, pero no da inimputabilidad. No se pueden retrotraer los efectos que ella provoca. Pero hay algo que podría contribuir a prevenirla. Por ejemplo, el ejercicio de la argumentación, de la reflexión. La alfabetización emocional consistente en aceptar nuestras emociones, aprender a identificarlas y conducirlas a buen destino bajo la rienda de la razón. Esto no se adquiere en un instante. Necesita convertirse en hábito a partir de su ejercicio diario en las abundantes situaciones (mínimas y complejas) que la vida provee. La inteligencia emocional se aprende y actúa como prevención para la salud mental.

 

(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"

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