"El príncipe de Nanawa": la "Boyhood" argentina que retrata diez años en la vida de un muchacho
| 18 de Noviembre de 2025 | 01:10
Hay personas que, por su locuacidad, por su magnetismo, por algo que no se puede explicar, atraen a la cámara: la cineasta Clarisa Navas encontró a una de esas personas en Ángel, un muchacho al que conoció filmando un documental en Nanawa, en la frontera entre Paraguay y Formosa, y a quien siguió durante diez años.
De horas de encuentros, charlas y filmaciones en la cotidianeidad, la cineasta y el protagonista editaron las casi 4 horas que forman “El príncipe de Nanawa”, una de las grandes películas argentinas del año, que se verá esta noche en el Pasaje Dardo Rocha, desde las 20, en el marco del Fesaalp, gratis. El punto de partida es ese encuentro entre la cineasta y el joven, muy chiquito, a propósito de un documental televisivo: Navas filmó a Ángel, desenvuelto, lleno de palabras, y le prometió volver, mostrarle ese material. Pero ya comenzó a pensar en hacer algo juntos.
“Pero no podía imponerle a un niño una estructura, tenía que conversar con él, ver cómo podíamos hacer una película juntos”, relata, en diálogo con EL DIA. Comenzaron a encontrarse. Ángel, dice Navas, se imaginaba algo más de ficción, actuando, mientras su madre le ponía como condición que le fuera bien en la escuela para participar. Empezaron a filmar desde la intuición, “no hubo algo muy pautado: fue entregarle la cámara a Ángel, que él empezara a grabar su cotidianeidad. Lo que sí quedó claro desde el principio es que cuando esto se editara, él iba a poder elegir qué cosas quería que aparecieran, y qué cosas no”.
El proyecto fue creciendo ese tiempo: “No sabíamos cuándo sería el fin, cuántos años duraría”. Duró diez años: una década en la vida de Ángel, desde la niñez a la adolescencia, en Nanawa, lugar al que Navas se acercaba cada vez que iba a dar clases a la Enerc de Formosa.
- Siempre decir algo de otro es complicado. ¿Cómo se trabajó esa relación entre Ángel y vos?
- La película no quiere decir algo sobre alguien: son imágenes que muestran lo que Ángel quiere decir de sí mismo y su lugar, también nuestro vínculo. No había un cálculo, no es que pensábamos escenas que dijeran tal o cual cosa, fue algo muy espontáneo, la película no quiere narrar la vida de alguien.
- ¿Y qué diferencia hay en ese sentido con tus ficciones, donde sí hay una intención de conducir el relato de parte tuya?
.- Sí, hay una diferencia, aunque mis ficciones tuvieron grandes márgenes de libertad al trabajar con los actores y actrices, queríamos llenar esos personajes de sus vidas y experiencias propias, el guión se alimentó de esas experiencias. No es una idea de dirección que supone cierto control sobre las cosas, sobre los actores, a mí no me gusta trabajar así. Pero es cierto que “El príncipe de Nanawa” es un extremo: no hay guion posible, no hay un guion de nada. Es simplemente intentar timonear un barco a la deriva, son acciones en el momento. En el proceso de montaje afianzamos esa idea: al inicio de la película, hay un programa más claro, pero vamos abandonando ese proyecto con un cauce más claro y nos entregamos a la vida, a la experiencia del tiempo.
- El cine es entre muchas cosas un registro del tiempo, del paso del tiempo, algo que quizás ningún otro arte puede hacer de esa manera. ¿Se convirtió en un propósito, retratar ese paso del tiempo, a medida que el proyecto crecía y pasaban los años?
- Al inicio quizás no era algo que tuviera claro, pensaba que la película iba a ser el recorte de un momento de Ángel. Pero a medida que transcurrió el tiempo apareció esa idea, y apareció muy clara esa idea de que el cine es el único arte que puede dar cuenta de esa experiencia de transformación. Algo que me interesaba también en relación al documental: había trabajado haciendo documentales cortos, para televisión, íbamos un día, un par de días, extraíamos una información y nos íbamos, y pensábamos que ahí había algo de conocer a las personas. Muchos contenidos audiovisuales que circulan pasan por ese lugar, y yo no quería más eso. La película es una gran reacción frente a eso, una afirmación: para conocer algo, hace falta mucho tiempo.
- En tus películas siempre filmás los lugares que habitás. ¿Es difícil hacer un cine que no retrata Buenos Aires, que no se hace desde Buenos Aires?
- Bueno, hoy es difícil hacer cine en cualquier lugar, es complicadísimo. De todos modos, desde mi experiencia, lo que me mueve y me conmueve tiene que ver con lo que sucede en este territorio, en esta región. La elección de trabajar ahí casi no es una elección, es una necesidad.
- Hablabas de las dificultades, generales, de hacer cine en Argentina. También es difícil mostrarlo, a veces es más sencillo llevar el cine nacional a los festivales del exterior que mostrarlo en las salas locales.
- A “El príncipe…” le está yendo muy bien en el Malba, donde se ve hace cuatro meses los domingos. Pero es cierto, la película se está mostrando más en el exterior que acá. El problema mayor que siempre ocurre es el tema de las provincias: los espacios INCAA están devastados, en mi propia provincia, Corrientes, no se consigue sala, no quieren pasar cine nacional. Los festivales que siguen brindan una posibilidad de encuentro con el público que, en ese sentido, se vuelve vital, un espacio de resistencia para seguir mostrando cine. Otro tipo de circulación es muy complicado.
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