Un periodista alemán descubre que circula en redes sociales un video donde se presenta una noticia con su propia voz y apariencia. Su familia lo ve y cree que es auténtico. Sin embargo, nunca lo grabó.
En Madrid, verificadores de datos reciben cientos de correos electrónicos diarios impulsados por una sofisticada campaña prorrusa que busca utilizar los desmentidos periodísticos para amplificar información falsa. Mientras tanto, en los países bálticos, diplomáticos y especialistas observan con preocupación cómo la desinformación se convirtió en una herramienta estratégica utilizada para erosionar instituciones, debilitar consensos y generar caos político.
Las experiencias, recogidas durante encuentros realizados en distintas ciudades europeas organizados por la Fundación Friedrich Naumann (FNF), reflejan una inquietud compartida entre investigadores, periodistas y funcionarios: Estados Unidos se ha convertido al mismo tiempo en uno de los principales objetivos y amplificadores de una nueva era de descontrol informativo.
Para numerosos analistas, el fenómeno adquirió una dimensión inédita durante la campaña presidencial estadounidense de 2016.
Aquellas elecciones expusieron por primera vez a gran escala cómo las plataformas digitales, la utilización masiva de datos personales y las operaciones coordinadas de influencia podían impactar sobre el debate público. Posteriormente, investigaciones oficiales detectaron maniobras vinculadas a servicios de inteligencia rusos, incluyendo el hackeo de estructuras vinculadas al Partido Demócrata, filtraciones estratégicas de documentos y campañas destinadas a profundizar divisiones políticas y sociales dentro de Estados Unidos.
Desde entonces, la desinformación dejó de ser un fenómeno marginal asociado a teorías conspirativas para convertirse en un desafío político, tecnológico y estratégico de alcance global.
CUANDO LA POLÍTICA SE CONVIERTE EN ESPECTÁCULO
Para varios especialistas europeos, la transformación no se limita a la circulación de noticias falsas. También implica un cambio profundo en la forma de comunicar la política.
El científico cultural Gernot Wolfram, profesor de Gestión de Artes y Medios de la Universidad Macromedia, sostiene que las redes sociales modificaron las reglas del juego al privilegiar las emociones por encima de los contenidos.
“El nuevo enfoque es no hablar tanto de política, sino hablar de emociones”, explicó. Según su análisis, figuras como Donald Trump comprendieron antes que muchos líderes occidentales que el impacto emocional, la provocación y el espectáculo generan más atención que los debates tradicionales sobre políticas públicas.
Wolfram sostiene que esta lógica convierte la política en una especie de ficción permanente, donde la estética, la puesta en escena y la capacidad de generar controversia terminan ocupando el lugar que antes tenían las propuestas concretas.
RUSIA Y LA PROPAGANDA EN ERA DE LOS ALGORITMOS
La estrategia rusa también evolucionó. En lugar de recurrir exclusivamente a la propaganda tradicional, las operaciones contemporáneas utilizan memes, videos virales, humor, cultura pop y contenidos diseñados específicamente para maximizar la interacción en plataformas digitales.
Según investigadores europeos, el objetivo no siempre consiste en convencer a la población de una determinada versión de los hechos, sino en erosionar la confianza general en cualquier fuente de información.
La lógica es sencilla: si todas las versiones parecen manipuladas, una parte creciente de la sociedad concluye que nadie dice la verdad.
En Europa, estas campañas son analizadas bajo el concepto FIMI (Foreign Information Manipulation and Interference), utilizado para describir operaciones coordinadas de manipulación informativa destinadas a afectar procesos democráticos e instituciones sin necesidad de recurrir a acciones militares convencionales.
DEL CONTROL MODERADO AL “LEJANO OESTE” DIGITAL
Especialistas en seguridad digital sostienen que las grandes plataformas tecnológicas redujeron en los últimos años sus esfuerzos de moderación de contenidos.
Si bien durante las elecciones de 2020 redes como Twitter comenzaron a etiquetar publicaciones consideradas engañosas sobre fraude electoral, el escenario cambió significativamente después.
Lukas Andriukaitis, experto lituano en inteligencia de código abierto (OSINT), considera que actualmente existe un entorno mucho más permisivo para las redes de bots y las campañas coordinadas de propaganda. “Después de Trump, esto se volvió mucho más parecido a un Lejano Oeste”, afirmó.
La expansión de la inteligencia artificial agregó una nueva capa de complejidad al problema.
Durante la campaña presidencial de 2024 comenzaron a circular videos hiperrealistas y audios manipulados digitalmente que involucraban a Donald Trump, Kamala Harris y distintos protagonistas de investigaciones judiciales.
Pero el fenómeno no quedó limitado a actores anónimos o campañas clandestinas.
Según observan investigadores europeos, la propia Casa Blanca comenzó a difundir regularmente imágenes generadas mediante inteligencia artificial desde canales oficiales, incluyendo representaciones de Trump vestido como rey, papa o caballero Jedi, así como contenidos satíricos dirigidos contra adversarios políticos.
El fenómeno fue bautizado como “slopaganda”, una combinación entre propaganda política, memes e imágenes producidas por inteligencia artificial.
Para verificadores y periodistas, esto genera un desafío inédito: incluso los contenidos difundidos por organismos oficiales requieren hoy procesos de validación similares a los utilizados para detectar deepfakes o manipulaciones digitales.
ESTADOS UNIDOS, ENTRE VÍCTIMA Y AMPLIFICADOR
Mientras tanto, las operaciones rusas continúan evolucionando. En 2024, el Departamento de Justicia de Estados Unidos identificó la campaña denominada “Doppelgänger”, basada en la creación de sitios falsos que imitaban medios occidentales legítimos para distribuir contenidos manipulados favorables a determinadas posiciones políticas y contrarias al apoyo occidental a Ucrania.
Para gobiernos como los de Lituania, Estonia y otros países bálticos, estas campañas forman parte de una estrategia de guerra híbrida destinada a debilitar a Occidente desde adentro.
Su preocupación no se limita a la política estadounidense. Consideran que la polarización interna de Estados Unidos, combinada con el alcance global de sus plataformas tecnológicas, puede tener consecuencias directas sobre la estabilidad internacional.
Frente a este escenario, países como Lituania desarrollan programas de alfabetización mediática, resiliencia digital y preparación tecnológica desde edades tempranas, al tiempo que incrementan sus inversiones en defensa.
La preocupación de fondo es que la desinformación haya dejado de ser solamente un problema comunicacional para convertirse en una cuestión de seguridad nacional.
Según los especialistas consultados, la principal victoria de las campañas de manipulación informativa no consiste necesariamente en imponer una mentira específica, sino en instalar un clima de desconfianza permanente donde la verdad pierde relevancia.
En un entorno dominado por algoritmos, inteligencia artificial, provocaciones constantes y contenidos virales, distinguir entre información, propaganda y ficción se vuelve cada vez más difícil. Y esa confusión, advierten, representa uno de los mayores desafíos para las democracias contemporáneas.
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