China arrastra desde hace décadas una larga lista de tragedias vinculadas a la explotación del carbón, en un contexto marcado por condiciones laborales precarias, controles insuficientes y una fuerte presión por sostener la producción energética del país.
El nuevo desastre ocurrido en la mina de Liushenyu, en la provincia de Shanxi, volvió a exponer los riesgos de una actividad que históricamente estuvo atravesada por explosiones de gas, derrumbes y fallas en los sistemas de ventilación.
Uno de los accidentes más graves de este siglo ocurrió en 2005, cuando 214 mineros murieron tras una explosión de gas en la mina Sunjiawan, en la provincia de Liaoning. Ese mismo año, otras 166 personas fallecieron en la mina Chenjiashan, en Shaanxi.
En 2004 también se registraron tragedias de enorme magnitud: 148 trabajadores murieron en la mina Daping, en Henan, y otros 162 fallecieron en una explosión en la mina Muchonggou, en la provincia montañosa de Guizhou.
Otro de los episodios más recordados ocurrió en 2009, cuando una explosión en la mina estatal Xinxing, en Heilongjiang, dejó 108 muertos. Las imágenes difundidas entonces mostraban a los rescatistas intentando ingresar a más de 500 metros de profundidad mientras varias galerías permanecían bloqueadas.
Ese mismo distrito minero había sufrido antes otra tragedia: 171 personas murieron en una explosión en la mina Dongfeng, también en la provincia de Heilongjiang.
Más recientemente, en 2023, un derrumbe en una mina a cielo abierto en Mongolia Interior provocó la muerte de 53 personas.
Aunque en las últimas dos décadas el gobierno chino impulsó medidas para mejorar la seguridad y cerrar pequeñas explotaciones ilegales, los accidentes continúan siendo frecuentes en un sector donde muchas veces se prioriza la producción por encima de las condiciones laborales.
China sigue siendo el principal consumidor mundial de carbón y millones de personas dependen directa o indirectamente de una industria clave para el funcionamiento de la economía del gigante asiático.
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