En un presente que nos lleva a habitar de manera casi automática, Beatriz Catani propone una dramaturgia de contemplación en “Los Hornos 1103 pasos”, su nuevo proyecto escénico, una experiencia a cielo abierto que se aleja de la sala teatral y del centro con una propuesta que invita a dejar lugar a otra forma de habitar el tiempo y reconectarnos, según aseguró en diálogo con EL DIA.
Inquieta, la dramaturga y directora platense estaba buscando “algo nuevo para trabajar” que los motive, los desafíe, los ponga “en problemas”. Ladeada por su histórico Grupo Patos, empezó a pensar en la posibilidad de crear una obra en un entorno natural. Había algo que la seducía: “Salir no solo de un espacio teatral sino de la ciudad: ir a los bordes, a barrios periféricos y lugares poco habitados”.
Así apareció Los Hornos, específicamente, un lugar que reúne “todo el verde y todo el cielo que se puede conseguir cerca de la ciudad”: a 10 km de plaza Moreno, un descampado y el gran pinar de un convento le hablaron escénicamente, y los vecinos del lugar le susurraron relatos que sirvieron para nutrir una dramaturgia atravesada no solo por el paisaje sino también por la propia historia de la localidad.
Para el espectador, se trata, sin dudas, de una experiencia diferente que les demandará al menos dos horas de recorrido. Las funciones son los domingos 7, 14, 21 y 28 de junio además del lunes 15 (feriado) siempre a las 14 y parten desde un punto de encuentro: 66 y 173. Una esquina en la que se pueden dejar los autos estacionados y en la que hay una parada a la que llegan micros como el 307 E y el 506.
A partir de allí, como en una peregrinación, los espectadores recorrerán una calle de tierra que se interna en el escenario natural donde transcurre la acción. La experiencia se suspende por lluvia y las entradas se pueden reservar por Alternativa Teatral.
PENSAR EN MODOS DE ACTUACIÓN
Catani advirtió que este proyecto les sirvió a ellos como grupo de experimentación y creación para pensar en los modos de actuación: “¿Cómo hacer teatro escuchando al paisaje?, ¿cómo se modifica la actuación, la escritura?, ¿cómo instalarnos y contemplar?, ¿cómo nos afectaría el tiempo?”.
Responder esas preguntas les demandó varias visitas a ese lugar que les ofrecía varios riesgos artísticos. Sin embargo, no tardaron en descubrir que esa incomodidad que sintieron al principio en esos “encuentros en tiempo suspendido” se transformó luego en “una sensación de ligereza, de felicidad”.
Con el apoyo del INT, “Los Hornos 1103 pasos” incluye la actuación de Germán Retola, Juan Manuel Unzaga y Viviana Ghezzi; participación de Fernando Santana, Leticia y Celina Carelli; voces de Alberto Nuñez, María Isabel Silva viuda de Beladsich, Silvia Sirimarco; y asistencia general de Inés Raimondi.
Hablamos con Catani.
-A lo largo de tu trayectoria trabajaste muchas veces sobre los límites del hecho teatral. ¿Qué pregunta artística apareció para que esta vez la búsqueda te llevara fuera de la sala y hasta los bordes de la ciudad?
-Fundamentalmente conectar con un entorno natural, pensar una obra (la actuación, la dramaturgia) desde otro tiempo, un tiempo dilatado, una experiencia de contemplación. Me interesa la relación del ánimo con el paisaje. También los cambios que un entorno natural produce sistemáticamente. Es decir el espacio y el tiempo condicionan la escena. No es el mismo texto (la misma construcción textual) en una sala que en un espacio natural. También es otro espectador. Integrar una obra al paisaje es un intento para posibilitar se perciba ese espacio. Quizás entre textos se escuche viento, un pájaro o lo que sea (y tiene tanto valor como una palabra dicha).
-La obra parece proponer un desplazamiento doble: salir del teatro y también salir del centro. ¿Qué te interesa explorar de esos territorios periféricos que suelen quedar fuera de las representaciones habituales de La Plata?
-Fundamentalmente el entorno, el ritmo, el tiempo, pero ya en el territorio nos contactamos con los primeros vecinos de la zona y sus historias nos atraparon. Por ejemplo, el uso de los antiguos hornos de ladrillos, el kartódromo de los Mouras que funcionó en la zona, también un convento vocacionario. Los hornos de ladrillo que se usaron, entre otras obras, en la construcción de la Catedral y los relatos de María Isabel: una mujer que cuenta, cómo era el procedimiento, la necesidad de mantenerlos encendidos, la imagen las luces (como fogatas) de los hornos en el campo y el trabajo artesanal para mantenerlos y estar atento a taparlos, cuidarlos si en medio de la noche se ponía a llover.
-En tus textos aparece la idea de “escuchar al paisaje”. ¿Qué cosas te enseñó este lugar durante el proceso que no estaban previstas en la dramaturgia inicial?
-Cuando escribí el texto de la escena en sí (digamos la parte teatral) ya tenía en la cabeza el lugar, por eso empecé a pensar en una dramaturgia de la contemplación. Después, caminar por el lugar, conocer algunas historias hicieron crecer el deseo de darle visibilidad, de invitar a vecinos, de conversar e intercambiar con ellos. Hay una diferencia en los ritmos internos, en la transformación que genera en el cuerpo. En la última fase nos reunimos en un patio y ahí entre charlas y té, invitamos a pintar el paisaje (el visto o el vivido internamente) y tanto la charla como las pinturas reflejan algo de ese estado interior.
-Contás que ciertas incomodidades -la distancia, el clima, la intemperie, los tiempos muertos- terminaron produciendo una transformación. ¿Creés que esa experiencia puede funcionar hoy como una forma de resistencia frente a la velocidad y la hiperconexión de la vida urbana?
-Sí, totalmente, esa es la motivación de trabajar en este ámbito, dejar lugar a otra forma de habitar el tiempo. Reconectarnos. Por eso también la caminata de unas cinco cuadras funciona como separador de dos mundos o dos modalidades. Ir por esa calle entre murmullos de historias y sonidos de pasos es como dejar un lugar conocido, cotidiano y entrar a un espacio diferente, con otras lógicas.
-¿Qué esperás que descubra alguien que decide atravesar la ciudad para pasar dos horas en un descampado y un pinar de Los Hornos? ¿Qué experiencia sería imposible de vivir dentro de una sala teatral?
-Hacer esa experiencia, vivir en un paisaje o escuchar ese paisaje en medio de una ficción. Algo que pasa (y que también verifiqué en otras obras en recorridos urbanos) es que un lugar que ya se conoce al estar mediatizado por una ficción, se lo descubre y observa de otro modo, más profundamente. Es como si la escena llevara a prestar atención. Es interesante ver que estamos la mayor parte del tiempo en automático. Prestar atención, conectar con el entorno es algo que está bastante perdido.
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