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Señoritas a la hora del té canasta

Tres lanzamientos de campaña, tres. Cristina en Mar del Plata, el flaco Randazzo, en Bolívar y Massa, en su pago chico de Tigre. Todos el mismo día, pero en diferentes horarios. Tres, que hasta no hace mucho tiempo se repartían mimos y elogios y que ahora trocaron flores por misiles.

Fueron, por si fuera necesario aclararlo, una trilogía de actos peronistas, porque esa es la raíz programática de los candidatos, pero parecieron reuniones del Partido Laborista de Islandia. O escenografías montadas desde Hollywood, para capítulos de House of cards.

Cristina, sobre el escenario de un teatro, sin militancia, sin bombos, sin banderas, sin el cántico que alguna vez supo atronar en el Patio de las Palmeras de la Rosada, el de “aquí están los pibes para la liberación...”. Y lo que es casi peor, con los choripanes escondidos -casi proscriptos- en las afueras del teatro.

Sergio, el de Tigre, se paró sobre una tarima circular y cual moderno pastor evangelista de la tele, profetizó caminando entre la gente que copaba el polideportivo.

El flaco de Chivilcoy -que hizo el acto más peronista de los tres- eligió una tarima cuadrada en el centro de una cuidada escenografía. Tan cuidada que no había plano de la tele que dejara de mostrar la tribuna de los obreros con cascos amarillos. Resulta difícil de creer que tantos obreros de la construcción hayan salido de las obras de Bolívar para concurrir a un acto, todos juntos, con los mismos cascos y en la misma tribuna.

Algo quedó absolutamente claro: hasta ahora, el que ganó fue Durán Barba. Los políticos, al final de cuentas, parecen ser como esos adolescentes que descubren un modelo exitoso, y ahí marchan, uniformados, copiando al que marcó el camino.

La campaña, por lo que se vio ayer, arrancó como si los candidatos fueran señoritas de la alta sociedad invitadas a un té-canasta en el Club Social del pueblo. Todos moderados, educados, sin gritos, ni altisonancias. ¡Quién te ha visto y quien te ve!

Veremos cuánto dura la impostada compostura. Será, tal vez, que uno ya se está poniendo viejo y recuerda los tiempos del ‘83, cuando Don Raúl Ricardo, arrancaba con el recitado del preámbulo de la Constitución Nacional y a medio país se le caían las medias.

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