Las escenas se repiten con una frecuencia inquietante en La Plata y la Región. Amenazas de tiroteos en escuelas, peleas organizadas entre adolescentes para ser filmadas y viralizadas, agresiones entre alumnos que terminan involucrando a padres y hasta episodios con armas dentro de establecimientos educativos. Lo que hace algunos años aparecía como excepcional hoy empieza a formar parte de una preocupante cotidianeidad.
En medio de ese escenario, especialistas, docentes y directivos coinciden en un punto: la crisis de autoridad y la dificultad de muchos adultos para establecer límites claros en la crianza aparece como una de las variables centrales para comprender el fenómeno.
“La falta de límites es la contracara del abandono, aunque muchas veces se disfrace de amor”, plantea, en diálogo con este diario, la licenciada en Psicopedagogía Luján Rulli, integrante de un Equipo de Orientación Escolar de la Ciudad. Su reflexión no apunta únicamente a la disciplina, sino a una cuestión más profunda: la construcción subjetiva de niños y adolescentes en una época donde, según advierte, muchos adultos tienen serias dificultades para asumir ese rol.
“No respetar los límites puede traer consecuencias en distintos ámbitos”, afirman
UNA HERRAMIENTA NECESARIA
Para la psicopedagoga, el límite no debe entenderse como un castigo ni como una práctica autoritaria. Por el contrario, sostiene que es una herramienta constitutiva en el desarrollo de cualquier persona. “El límite permite construir el yo, la subjetividad. Los seres humanos nacemos vulnerables y dependientes de otro. Ir construyéndonos como sujetos es posible gracias a esos primeros límites”, explica.
En ese sentido, remarca que las primeras experiencias de regulación aparecen desde el inicio mismo de la vida, en el vínculo entre el niño y quienes ejercen funciones de cuidado. Allí se empiezan a instalar nociones básicas sobre lo permitido, lo prohibido, la espera, la frustración y la convivencia con otros.
“Más adelante el límite funciona como ordenador del pensamiento. A partir de que se instaló lo permitido y lo que no, eso se puede extender a otros ámbitos de la vida”, señala. Y agrega una idea central para entender el problema actual: “Quien limita también muestra que puede sostener”.
DECIR QUE “NO”
La afirmación adquiere especial relevancia en tiempos donde muchos adultos parecen correrse de ese lugar. Para la especialista, existe hoy una dificultad creciente para decir “no”, sostener decisiones o tolerar el conflicto que inevitablemente genera cualquier límite.
“Actualmente se ve una caída muy grande. A muchos padres les cuesta hacerse cargo. Les cuesta decir que no y eso termina sometiendo a las infancias a lidiar con cuestiones para las que no están preparadas”, sostiene.
El problema, aclara, no pasa por imponer una lógica rígida o represiva, sino por brindar una estructura emocional y simbólica que permita a chicos y adolescentes crecer con referencias claras. “No se trata de controlar todo el tiempo, pero sí de ofrecer una estructura que sostenga. Adultos que puedan cumplir funciones maternas y paternas”, resume.
EL CONTEXTO
La discusión aparece inevitablemente ligada al complejo panorama que atraviesan las escuelas. Durante los últimos meses, distintos establecimientos educativos de La Plata quedaron atravesados por amenazas de tiroteos, conflictos violentos entre estudiantes y episodios que obligaron a activar protocolos especiales.
En algunos colegios se implementaron controles de mochilas, presencia reforzada de preceptores y seguimiento específico de alumnos involucrados en situaciones conflictivas. Las familias, mientras tanto, viven entre la preocupación y la incertidumbre.
El fenómeno de las “peleas pactadas” encendió especialmente las alarmas. Adolescentes que organizan enfrentamientos físicos a través de redes sociales, convocan espectadores y luego viralizan los videos como si se tratara de desafíos o competencias. Aunque muchas veces no existen rivalidades previas, la violencia aparece convertida en espectáculo.
Detrás de esas escenas, especialistas observan una combinación peligrosa: falta de registro del otro, naturalización de la agresión y una creciente influencia de las dinámicas digitales en la socialización adolescente.
“En la violencia aparece muy presente la falta de noción del semejante. El otro deja de ser reconocido como sujeto y aparece la cosificación”, explica Rulli. Esa pérdida de empatía, sostiene, habilita conductas que difícilmente surgirían si existiera un reconocimiento real del otro como persona.
“A los padres, madres de niños y niñas pequeñas les diría que el límite construye y sostiene, que es más fácil decir que si pero mucho más costoso en varios sentidos”
Luján Rulli,
Licenciada en Psicopedagogía
LA ERA DE LAS PANTALLAS
La especialista también pone el foco sobre el impacto de las pantallas y los consumos digitales en la construcción de vínculos. “Hoy predominan formas de socialización atravesadas por juegos en red, redes sociales y contenidos donde la violencia está en todas partes. El cuerpo queda relegado a la virtualidad”, analiza.
El resultado es un escenario donde muchos adolescentes parecen naturalizar situaciones que antes resultaban impensadas. Las amenazas circulan por grupos de WhatsApp, las peleas se organizan por redes y los conflictos se potencian con la lógica de la viralización permanente.
En distintas escuelas de la Región, padres reconocen que los chicos muchas veces minimizan la gravedad de estos episodios. Algunos incluso los viven como parte de una dinámica cotidiana. “Los chicos lo toman como algo natural”, admitía recientemente el padre de una alumna platense tras una amenaza escolar.
Esa naturalización preocupa especialmente a docentes y equipos de orientación. No sólo por la violencia concreta, sino porque revela una dificultad creciente para registrar consecuencias, tolerar frustraciones y construir vínculos saludables.
Para Rulli, allí vuelve a aparecer el rol de los adultos. “Si un chico siente que puede hacer cualquier cosa porque nadie lo limita, en realidad queda sin resguardo”, advierte.
UNA FORMA DE CUIDADO
La idea rompe con una creencia bastante extendida en ciertos modelos de crianza contemporáneos, donde poner límites suele asociarse a prácticas negativas o traumáticas. La especialista propone justamente lo contrario: entender el límite como una forma de cuidado.
“Es mucho más fácil decir que sí”, sostiene. Pero agrega que evitar permanentemente el conflicto puede traer costos mucho mayores a futuro. “Si los padres quieren construir una relación saludable con sus hijos cuando sean adolescentes, tienen que empezar desde chicos. La modalidad de vinculación se construye desde antes del nacimiento y después modificarla es mucho más difícil”.
“No se trata de controlar todo el tiempo, pero sí de ofrecer una estructura”
En paralelo, las escuelas intentan responder a demandas cada vez más complejas. Directivos y docentes reconocen que buena parte del tiempo institucional hoy se destina a gestionar conflictos, contener situaciones emocionales o intervenir en episodios de violencia.
Desde la Asociación de Institutos de Enseñanza Privada de la República Argentina (AIEPA) vienen desarrollando capacitaciones específicas sobre gestión de crisis escolares, prevención de violencia y actuación frente a amenazas.
Su secretario ejecutivo, Martín Zurita, reconoció recientemente que la violencia social atraviesa cada vez más a las instituciones educativas y obliga a destinar recursos y energías a problemáticas que exceden lo pedagógico.
La sensación compartida en muchas escuelas es que la crisis no puede resolverse únicamente dentro del aula. El problema involucra también a las familias, las dinámicas sociales y las formas de vinculación que predominan fuera del colegio.
“Si un chico siente que puede hacer cualquier cosa, en realidad queda sin resguardo”, aseguran
En ese contexto, los especialistas insisten en recuperar una idea básica pero central: los límites no son sinónimo de autoritarismo, sino una herramienta indispensable para la convivencia y el desarrollo emocional.
“No respetar límites puede traer consecuencias en distintos ámbitos. Porque estamos frente a sujetos que no logran limitarse a sí mismos”, explica Rulli.
La preocupación crece especialmente entre quienes trabajan con adolescentes. El bullying, las amenazas y las situaciones violentas aparecen cada vez más vinculadas a dificultades para tramitar frustraciones, aceptar normas o reconocer la existencia del otro.
La escuela, mientras tanto, queda muchas veces en el medio de tensiones sociales mucho más amplias. Intenta contener, ordenar y enseñar en un contexto donde muchas referencias tradicionales parecen haberse debilitado.
Frente a eso, la psicopedagoga plantea una advertencia que también funciona como llamado de atención para las familias: “El límite construye y sostiene”.
En tiempos donde decir “no” parece cada vez más difícil, especialistas coinciden en que recuperar esa función adulta no implica volver a viejos modelos autoritarios, sino asumir una responsabilidad esencial: ofrecer a niños y adolescentes un marco de contención que les permita crecer, convivir y reconocer al otro.
Porque, detrás de cada límite saludable, no hay abandono ni rechazo. Hay presencia.
SUSCRIBITE a esta promo especial