Sin lugar a dudas, Jalen Brunson hizo todo para que los Knicks vuelvan a ser campeones después de 53 años. Dejó mucho dinero en el camino para que lleguen Karl-Anthony Towns y Mikal Bridges. Fue el capitán de barco perfecto cuando, en años anteriores, se dieron tormentas que hicieron resquebrajar la estructura.
Brunson fue el MVP de las Finales de la NBA. El mejor jugador de la temporada. David venciendo a Goliat, con Victor Wembanyama (San Antonio Spurs) como eje de comparación inevitable.
Es la gran fiesta de los Knicks. Existen los jugadores “termómetros”, que miden la temperatura, y después están los termostatos, que la cambian. Brunson pertenece a esa segunda categoría decisiva. Lo demostró en toda la serie. Y mucho más en el quinto y decisivo juego para romper de una vez por todas el maleficio.
Brunson fue aquel basquetbolista que mejor bajo presión. Promedió 11.2 puntos en el último cuarto en estas Finales. En la Metrópolis de los superhéroes se convirtió en el Superman menos pensado en las hipótesis previas.
Detrás de Brunson, hubo muchos cracks que intentaron devolverle el brillo a New York y no pudieron. Lo logró, quizás, la estrella más subestimada de todas, porque llegó al equipo después de haber sido el “segundo” de Luka Doncic en Dallas Mavericks. Fue criticado por los analistas más ponderados. ya que con su padre Rick, asistente de Tom Thibodeau y luego de Mike Brown, no solo soñaron con este momento: actuaron en consecuencia. Hicieron los deberes a la perfección y se apropiaron, sin saberlo, del mantra de los Spurs: la roca se romperá y no será por el último golpe sino por los cien que lo precedieron.
Brunson ese pequeño hombre grande hizo 45 puntos en el juego que le dio el tercer campeonato de su historia a los Knicks. No solo eso, fue quien condujo la remontada en el “Waterloo” de San Antonio en el cuarto partido y la mente dominante de New York a lo largo de toda la postemporada.
Fue el cuarto jugador de la historia en anotar esa cantidad de tantos en un juego decisivo de Finales, uniéndose a Bob Pettit contra Celtics (1958: Juego 6 con 50 puntos), Giannis Anteokounmpo ante Suns (2021 Juego 6,50 unidades) y Michael Jordan ante Jazz (1998 Juego 6, 45). Brunson también se convirtió en el cuarto jugador de 1.88 metros (6’2”) o menos en ganar el MVP de las Finales, uniéndose Stephen Curry (2022), Tony Parker (2007) e Isiah Thomas (1990).
Los Knicks ganaron porque supieron utilizar las derrotas de años anteriores como escalones hacia la victoria. No fue solo Brunson: un equipo atrás estuvo muy a la altura de las circunstancias. Karl-Anthony Towns fue fundamental con el trabajo en la pintura, siendo clave en los primeros dos juegos. OG Anunoby, el creador de la nueva versión de “La Mano de Dios” en el cuarto juego para ganar, fue una estampilla en defensa (limitó a los rivales a 9-55 en triples con 16%, cuando defendió esos tiros) y un recurso elite en ataque (tiró 48.9% en triples en postemporada). Mitch Robinson controló con precisión a Wembanyama cuando le tocó y cargó siempre al rebote con eficiencia. Josh Hart supo ser determinante en los dos costados, lo mismo que Mikal Bridges en momentos que se requirió equilibrio.
Quizás la clave más determinante, como grupo, estuvo en la actitud. En la determinación, en el coraje, en la madurez para creer que las cosas no terminan hasta que terminan. Los Spurs tomaron ventaja en el marcador en los cinco partidos, y los Knicks se recuperaron y ganaron cuatro de esos cinco para ser campeones. Mucho por demostrar algunos y mucho por aprender otros. Clave Brunson, y fundamental Mike Brown, que le ganó la batalla de coaches a Mitch Johnson para alcanzar su primer título en su segunda aparición en Finales NBA.
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