La cumbre del G7 terminó, pero Emmanuel Macron tenía reservado un último movimiento diplomático para conquistar a Donald Trump: una noche de lujo en el Palacio de Versalles. El presidente francés apostó por el escenario más fastuoso de Francia para cerrar una reunión internacional que calificó como un éxito y reforzar el vínculo con un mandatario conocido por su fascinación por la grandiosidad y el oro.
Trump llegó al antiguo palacio de Luis XIV al atardecer y fue recibido con un cálido saludo por Macron y su esposa Brigitte. El programa estuvo diseñado para impresionar: una visita privada por la Galería de los Espejos, una exposición sobre la independencia de Estados Unidos y un concierto en la capilla real. “Versalles es algo impresionante”, comentó el presidente estadounidense, que días antes había resumido su admiración con una frase que hizo sonreír a los anfitriones: “Versalles no es enchapado en oro. Es oro de verdad”.
La recorrida solo se interrumpió para una conversación telefónica con el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, organizada por iniciativa de Macron para mantener el foco en los asuntos internacionales.
Después llegó el banquete en la elegante Galería Baja. El menú incluyó aperitivos con cerdo negro de Bigorre, espárragos blancos con ave, una selección de quesos franceses y pastel de chocolate. Unas treinta personas compartieron la mesa, entre ministros, empresarios y figuras de peso del mundo económico, como Bernard Arnault, Patrick Pouyanné y Rodolphe Saadé.
La cena fue mucho más que un gesto de cortesía. Macron buscó convencer a Trump de permanecer hasta el final de la cumbre del G7, algo que el republicano no suele hacer en este tipo de encuentros multilaterales. El presidente francés defendió la estrategia sin rodeos: “Versalles es un instrumento diplomático y un instrumento de poder”.
La apuesta pareció dar resultado. Trump permaneció hasta el cierre de la cumbre, evitó reavivar su amenaza de imponer aranceles del 100% al vino francés y multiplicó los elogios hacia su anfitrión. Definió a Macron como un “amigo especial” y un “hombre muy amable”, mientras calificó a Brigitte como “una persona fantástica”.
Incluso describió la reunión del G7 como “extremadamente exitosa”.
La fastuosa velada, sin embargo, también despertó críticas en Francia. La oposición acusó a Macron de desplegar una pompa excesiva para agradar al multimillonario republicano. El mandatario respondió que no se trataba de adulación, sino de aprovechar uno de los mayores símbolos históricos del país como herramienta de influencia. En Versalles, sostuvo, la diplomacia también se escribe entre espejos, candelabros y pan de oro.
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