Donald Trump volvió a ocupar el centro de la escena internacional durante la cumbre del G7 en Francia. Entre bromas, gestos de protagonismo y una fastuosa recepción en el Palacio de Versalles organizada por Emmanuel Macron, el presidente estadounidense se movió como una auténtica estrella política, en una cita marcada tanto por los debates geopolíticos como por el despliegue de simbolismo y lujo.
El momento más comentado llegó ayer durante la tercera y última jornada de la cumbre, cuando Trump ingresó último a una sesión de trabajo sobre crecimiento económico. Con los líderes del G7 y de los países invitados ya sentados alrededor de la mesa, el mandatario estadounidense se detuvo unos segundos y lanzó una frase que provocó risas entre los presentes: “I am the boss” (“Soy el jefe”). Luego tomó asiento, sonriente, junto al anfitrión, Emmanuel Macron.
La escena resumió el tono de una cumbre en la que Trump se mostró más cómodo que en otras reuniones multilaterales. Habitualmente crítico de este tipo de foros, esta vez adoptó una actitud conciliadora mientras los demás dirigentes multiplicaban los gestos de cortesía. Incluso respaldó una declaración conjunta sobre Ucrania que, además, elogió el acuerdo alcanzado entre Estados Unidos e Irán bajo el “firme liderazgo” del mandatario estadounidense.
Los homenajes comenzaron dentro de la propia cumbre. El canciller alemán Friedrich Merz le obsequió una camiseta de la selección alemana de fútbol con el apellido Trump y el número 47, en referencia a su condición de 47º presidente de Estados Unidos. Pero el gran acto de agasajo llegó después de la clausura de las reuniones.
Macron decidió llevar a Trump a cenar a Versalles, el palacio que Luis XIV convirtió en símbolo del poder absoluto francés y que el actual mandatario francés utiliza como una de sus principales herramientas de diplomacia. La recepción incluyó alfombra roja, una visita privada a la célebre Galería de los Espejos, espectáculos de fuentes y fuegos artificiales, además de una cena organizada con motivo del 250º aniversario de la independencia de Estados Unidos.
El despliegue parecía diseñado a medida para Trump, conocido por su fascinación por el lujo, la arquitectura monumental y la ostentación. El propio presidente estadounidense dejó en claro su entusiasmo. “Soy fan de los lugares bonitos”, comentó ante los periodistas. Y resumió su admiración por el palacio con una frase que se convirtió en uno de los comentarios más citados de la cumbre: “Versalles no es enchapado en oro. Es oro de verdad”.
La fascinación no sorprendió a los observadores franceses. Trump ha reconocido en varias ocasiones que tomó inspiración de Versalles para diseñar el salón de baile de su residencia de Mar-a-Lago y, durante su segundo mandato, impulsó proyectos arquitectónicos monumentales para la Casa Blanca. Según analistas franceses, Macron conoce perfectamente esa debilidad y decidió explotarla para mantener una relación personal fluida con el líder republicano pese a las diferencias sobre Ucrania, Irán o los aranceles comerciales.
El presidente francés defendió abiertamente la estrategia. Comparó la diplomacia con un partido de fútbol y aseguró que, cuando recibe a otros líderes, intenta darles la mejor bienvenida posible. Para Francia, Versalles sigue siendo una poderosa herramienta de “poder blando”, un escenario pensado desde hace más de tres siglos para impresionar a visitantes extranjeros incluso antes de comenzar cualquier negociación.
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